miércoles, 11 de julio de 2018

EL EVANGELIO DE SAN FRANCISCO: POBREZA Y ALEGRÍA



EL EVANGELIO DE SAN FRANCISCO:
POBREZA Y ALEGRÍA
por Victoriano Casas García, OFM

Aproximarse a Francisco de Asís y al movimiento franciscano que de él parte, es quedar gozosamente conmovido al encontrarse con una de las cimas más transparentes del Evangelio, acogido y escuchado, vivido y actuado, anunciado y proclamado.

La vida de este hombre pequeño, Francisco, fue corta en el tiempo: cuarenta y cuatro años (1182-1226). Con todo, fue tan intensa y tan genuina, que él marcó para siempre, con su originalidad, integridad y vitalidad, la espiritualidad cristiana. Al tratarse aquí de una experiencia, no es fácil describirla, pero lo que sorprende en él es la radical armonía entre la escucha del Evangelio, la vida según el Evangelio y su anuncio tanto a cristianos como a no cristianos.

Con apenas veinticinco años, un día, participando de la Eucaristía en la capillita de Santa María de los Ángeles, la Porciúncula, en Asís, él se sintió, a la vez, visitado y fulminado por el Evangelio: «No os procuréis oro, ni plata... ni alforja para el camino... Al entrar en una casa, saludadla con la paz; si la casa es digna, vuestra paz vendrá a ella...». Este tesoro y esta perla poblaron de tal gozo el corazón y la vida de este joven inquieto, que exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica» (1 Cel 22).


Como un grano de mostaza se fue alzando en él este germen de Evangelio a lo largo de su vida. Ya al final de ella, echando una mirada retrospectiva a todo el camino andado, escribe en su Testamento: «Después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio». Con esta noticia y propuesta abre Francisco la Regla de los Hermanos Menores: «La regla y la vida de los Hermanos Menores es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo».

Pocos son los escritos de Francisco; sin embargo, todos ellos se encuentran adornados de textos sobre todo del Evangelio. Él no fue un estudioso, y por eso su acercamiento a la Sagrada Escritura no fue desde la mentalidad del que investiga, sino desde la del creyente que busca con humilde y confiada paciencia la voluntad de Dios. Esta fue su actitud constante a lo largo de su vida. La hermenéutica bíblica de Francisco es existencial, es decir, vuelta a la praxis y a la experiencia.

En los comienzos de su conversión él no tuvo interés por predicar y tanto menos por reformar la Iglesia. Su preocupación central fue descubrir lo que Dios quería de él. Francisco ciertamente preguntó y buscó; con todo, la única respuesta que aquietó sus aspiraciones la encontró en el Evangelio. Con los brazos abiertos y el corazón desnudo y pobre él se situó ante el Evangelio, escuchándolo, meditándolo, asimilándolo, sin predeterminarlo, sin discriminarlo, sino con sencillez, como los niños. La revelación del Evangelio para él es la persona de Cristo, su vida, su comportamiento, y seguidamente lo que Él enseñó y mandó a sus discípulos. Aquí residen la armonía y la globalidad evangélicas de la experiencia de Francisco.

El despojamiento, la kenosis, el rebajamiento de Cristo es lo que ha tocado el corazón de Francisco. Al hacerse hombre, ésta fue la condición que asumió Jesús, el Señor. Y ésta es la motivación para la pobreza radical de Francisco y sus hermanos.

Fue su identificación con Cristo lo que llevó a Francisco a una vida según el Evangelio. El anuncio y el testimonio de esta experiencia lo convirtieron en un hombre del Evangelio. Su penetración de Cristo fue tan incomparable que nadie como Francisco en transmitirnos la memoria y la imagen pura de Jesús. Acercándonos a este hombre evangélico tenemos la fuerte e indeleble impresión que es a Cristo a quien encontramos. En Francisco se renovó para el mundo la presencia transparente y diáfana de Cristo. Francisco no puede ser entendido sino desde Jesús. Cristo lo poseyó de tal modo que se convirtió en un símbolo vivo y cercano de Él. La comunión de fe, de vida y de obediencia llevaron a Francisco a experimentar lo escrito por el apóstol: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

Francisco propone a todos el Evangelio como fundamental y constante norma de vida. Así, a los Hermanos Menores: «... guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que firmemente prometimos» (2 R 12,4). Así, a Clara y a sus hermanas: «Ya que os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio...» (FVCl). A los seglares que desean vivir este camino, él los introduce en el Evangelio: «Puesto que soy siervo de todos, a todos estoy obligado a servir y a suministrar las odoríferas palabras de mi Señor» (2CtaF 2). El Evangelio, escuchado y aceptado, es capaz de cambiar y transformar la vida. Esto es lo que han de testimoniar también los seglares franciscanos: «Somos madres (del Señor) cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a la luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros» (2CtaF 53).

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