miércoles, 12 de abril de 2017

Desde 1981 -cuando la Virgen María empezó a aparecerse en un pequeño pueblo llamado Medjugorje-, hasta el día de hoy, los milagros y frutos que se registran en torno a las apariciones de Nuestra Madre son incontables, y no dejan duda de que Dios está realizando “algo grande” a favor de sus hijos amados.
Esta experiencia, que puede ser vivida también para quienes no han llegado físicamente a Medjugorje, está trayendo una renovación espiritual a la vida de miles de católicos que antes vivían como dormidos en cuanto a la vida de fe.
Muchos de ellos, son tocados por el Espíritu Santo y comienzan a servir con fervor y un compromiso autentico y duradero en parroquias, movimientos eclesiales, en misiones diversas y ayudando a personas que sufren de diversos dolores y experimentan un sinfín de necesidades.
A mí en lo personal, me da una gran alegría -al predicar en diversos países-, poder constatar como cada vez son más los que van comprendiendo las enseñanzas de la Reina de la Paz, y que descubren el poder de Dios a través de una vida de oración que surge desde el corazón entregado a Dios, al servicio de la Iglesia y de todos los hermanos.
De esta manera, muchos católicos que vivían como dormidos, se están despertando y recuperando el fervor y la alegría de la entrega y el servicio a Dios y a sus hermanos.
El adormecimiento espiritual es uno de los problemas más graves que puede vivir cualquier cristiano, pues -casi sin que nos demos cuenta- nos va sumergiendo en un estado de letargo, tibieza e indiferencia- hacia Dios y hacia el cumplimiento de su voluntad.

Acerca del peligro del adormecimiento y de la tibieza, nos habla claramente el libro del Apocalipsis cuando dice:
“Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!  Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca.
Tú andas diciendo: Soy rico, estoy lleno de bienes y no me falta nada. Y no sabes que eres desdichado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo.
Por eso, te aconsejo: cómprame oro purificado en el fuego para enriquecerte, vestidos blancos para revestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez, y un colirio para ungir tus ojos y recobrar la vista.
Yo corrijo y comprendo a los que amo. ¡Reanima tu fervor y arrepiéntete!” (Ap. 3:15-19)
Mi experiencia de Medjugorje, en las peregrinaciones, en los retiros y en los grupos de oración, es que de Dios y de María, recibimos un colirio espiritual que nos hace recuperar la vista del alma y una llama que vuelve a encender el fervor hacia Dios y su llamado.
El Espíritu Santo y la Reina de la Paz nos ofrecen ese “colirio espiritual”, pero a nosotros nos toca tomarlo y utilizarlo, ya que Dios siempre respeta la libertad humana, por lo que ofrece pero no nos fuerza a hacer nada que nosotros no nos decidamos a hacer.
Esto nos lleva a comprender que, especialmente debemos estar atentos, quienes estamos en relación con Medjugorje: sacerdotes, laicos, religiosas, consagrados, que tal vez organizamos o guiamos peregrinaciones, acompañamos grupos de oración, predicamos, servimos con la espiritualidad de la Reina de la Paz, y cualquier otra tarea de evangelización, ya que no estamos exentos de cometer errores, de establecernos en la terquedad, en la propia estructura de un pensamiento inamovible y de ir deslizándonos por la peligrosa pendiente del adormecimiento que nos lleva a perder el fervor inicial.
Con frecuencia, Mirjana, en los encuentros que tiene con los peregrinos nos dice: “recen también por nosotros, los videntes, pues también corremos el riesgo de equivocarnos”.  La humildad de esa afirmación debe impulsarnos a cada uno de nosotros a no darnos nunca por satisfechos en nuestro deseo de responder a la llamada de Dios y  pedirle la gracia de la fidelidad activa.
Si te sucede que te das cuenta que has dejado enfriar tu primer amor a Dios, a la Virgen, a la Iglesia, a tu comunidad y a la misión a la que Dios te llamó, entonces recuerda las palabras de Dios, que por un lado  te elogia por todo lo bueno que has hecho, pero que también te llama a comenzar de nuevo, con nuevo entusiasmo y fervor:
“Conozco tus obras, tus trabajos y tu constancia. Sé que no puedes tolerar a los perversos: has puesto a prueba a quienes usurpan el título de apóstoles, y comprobaste que son mentirosos.
Sé que tienes constancia y que has sufrido mucho por mi Nombre sin desfallecer.
Pero debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo.
Fíjate bien desde dónde has caído, conviértete y observa tu conducta anterior.” (Ap. 23:2-5)
Es una tendencia muy común en los seres humanos, permitir que la hoguera del amor a Dios se vaya reduciendo a una llamita de sobrevivencia espiritual y apostólica.  Por lo tanto, esforcémonos de orar los mensajes de la Reina de la Paz y transformarlos en acción y vida que reenciendan en nosotros el fervor, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Solo así podemos cumplir el mandato: ‘Oren constantemente’ (Origenes, De oratione, 12,2)”. (CIC 2745).
Somos llamados a construir una cultura de la Reina de la Paz, lo cual es un llamado a superar la sutil tentación diabólica del sueño espiritual, y despertarnos, dejando de lado lo secundario, asumiendo lo esencial, para que llenos del fuego del Espíritu Santo anunciemos en todos los ambientes, que Dios quiere ser el centro de nuestras vidas, pues solo él puede hacer al ser humano plenamente feliz.
Te envío un fuerte abrazo y te pido que reces por mí.
P. Gustavo E. Jamut,
Oblato de la Virgen María