viernes, 28 de abril de 2017

Mi límite es el infinito


ORAR CON EL CORAZÓN ABIERTO
Meditaciones diarias para un sincero diálogo con Dios

Regreso ayer de un viaje relámpago en avión con una compañía low-cost invitado por una empresa. Mientras descendemos hacia el aeropuerto comienza una fuerte tormenta. Vamos poco a poco taladrando los densos nubarrones. El ambiente es gris y perturbador. Si observas por las pequeñas ventanas del avión, en un permanente balanceo, la catarata de agua de lluvia se une con las olas de mar bravío a poca distancia ya del avión. El martilleo del agua cayendo sobre la estructura del aeroplano con la luz resplandeciente de los rayos iluminando el camino hacia el aeropuerto no es una situación muy aleccionadora. Uno tiene ganas de llegar al destino, y mientras el avión penetra tierra firme miras por la ventana y vas viendo como las minúsculas casas que conforman aldeas, pueblos y la gran ciudad se van haciendo cada vez más grandes. Los predios agrícolas son a la vez más claros. A mayor cercanía, mayor es la seguridad. Hay que viajar en avión en momentos de turbulencia para ser claramente consciente de nuestra pequeñez y fragilidad. Visualizar objetivamente la miseria de nuestra nada.

El hombre está hecho para la seguridad perfecta, para los espacios grandes e inmensos, para los horizontes que no tienen fin porque su límite es el infinito. Ese es el destino del hombre. El Infinito, escrito en mayúsculas porque es el viaje lleno de turbulencias que uno debe realizar para alcanzar la felicidad eterna.



¡Señor, aspiro con mi pobreza y mi pequeñez a la vida eterna! ¡Eso me exige cambiar, Señor! ¡Me exige, Señor, tener un corazón limpio, comprensivo, servicial, generoso, desprendido, humilde, solidario, magnánimo, paciente, amoroso, sencillo, caritativo, humilde y misericordioso! ¡Un corazón que ame como tu amaste! ¡Aspiro a conocerte mejor y que te conozcan a ti que has resucitado para darme la vida! ¡Espíritu Santo, ayúdame a salir de mi mismo y empezar a ser otro! ¡Concédeme la gracia de vaciar de mi interior lo viejo para que nazca en mi el hombre nuevo que siente del fuego tu gracia y los bienes que tu otorgas! ¡Ayúdame a que mueran mis ideas «siempre estupendas», mis yoes innegociables, mis proyectos, mis normas establecidas, mis principios «inviolables» para dejar que entren en mi los auténticos de Cristo! ¡Señor, transforma y cambia mi corazón intoxicado por el pecado, contaminado por las tentaciones, turbado por los ruidos exteriores y límpialo con la Gracia del Espíritu Santo! ¡A los pocos días de haberme alegrado por tu Resurrección ayúdame, Señor, a resucitar como tu a la luz de tu verdad y aspirar a la vida eterna!