domingo, 9 de abril de 2017

"Yo, para esto he venido..."


Domingo de Ramos, comienza la Semana Santa. Ninguna otra semana del año se califica de este modo: Santa. Y lo es muy propiamente porque, de la mano de la liturgia -con el Triduo Pascual- “entramos” -nos entra por los ojos: lo “vemos"- el misterio de la locura del Amor de Dios por todos y cada uno de nosotros -sus hijos por el Bautismo-, pecadores.

Es el “mysterium amoris” del que nos habla la Escritura Santa; un “misterio” tan insondable y tan por encima de nuestras propias “entendederas", que nos sería imposible creer si no lo “viésemos". Y lo vemos ahí: en el Jueves Santo, con la institución de la Eucaristía; y con el Viernes Santo: su Pasión y Muerte, con la que nos entrega hasta la última gota de su divina Sangre.

Lo que más nos “ciega” para no ver lo que tenemos ahí, delante de nosotros -nos debería bastar con mirar con amor un Crucifijo: es lo que le bastó a Teresa, con bastantes años ya de monja de clausura a cuestas, para convertirse, ni más ni menos, en Santa Teresa, la Santa Reformadora-; lo que más nos ciega, decía, aparte los pecados personales y las estructuras de pecado que hemos montado directa o indirectamente -dejando que las montasen-, es la facilidad con que podemos decir, “¡crucifícale, crucifícale!". Decirlo, y pretender además que no pasa nada.



Como aquel pueblo que, habiendo sido “escogido” por Dios mismo -y lo sabían perfectamente-, pasan, en poquísimos días, del “¡Hosana!” al “¡quita, quita: crucifícale!“. Incluso prefieren a Barrabás por Jesús. Es más: no se cortan un pelo gritando: “¡Caiga su Sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!“. Como aquel pueblo, así también nosotros, en cuanto nos “descuidamos", y “preferimos” -anteponemos- nuestros pecados -y los ajenos- como composición y presupuesto necesario de nuestra vida, personal y socialmente hablando. Es el “misterio de la maldad” -el “mysterium iniquitatis"-: la criatura -el hijo- se alza, contra toda lógica, contra su Padre.

Esta es la gran mentira de la “cultura” -ideología- occidental: que podemos y debemos montarnos la vida “como si Dios no existiese” (Diderot). Lo que ya no nos cuenta Diderot, ni nadie perteneciente a tamaña “cultura” -la nomenklatura: cínica, hipócrita, sin presupuestos morales e inhumanamente cruel con el mismo hombre-, es qué clase de vida es esa en la que todo rastro de “humanidad", por ínfimo que sea, ha de ser arrancado violentamente de la persona y de la sociedad humana.

Y lo primero es arrancarle al hombre a Dios de su propio corazón.

¿Por qué? ¿Por qué se necesita una sociedad anti y contra Dios? ¿Por qué necesita esto el NOM y los vendidos a él, en especial los “poderes públicos” sin los que no podría llevarse a cabo tamaña crueldad, tan falsa, por cierto, como Judas? Porque cuanto menos Dios más embrutecido el hombre y, por tanto, más manejable, por más animalizado.

Los “animalistas", para los que un perro es preferible a una persona; o para los que los toros es “tortura” y el aborto un “derecho” -por poner solo dos notas entre miles-, son el ejemplo visible y visualizado de lo que afirmo.

No cabe mayor “deconstrucción” del hombre que posponerlo a los animales; hasta el punto de haber pasado en un primer momento de conceder a los animales los mismos derechos que tienen las personas, a otorgárselos mayores: “especies protegidas” se les califica, y se gasta una pasta gansa en lograrlo; mientras que el hombre es “especie a eliminar, erradicar y extinguir": cualquier método es bueno, y será, por tanto, “legalizado". Por supuesto: se gasta también una pasta gansa en conseguirlo. Pero si la pasta se mueve -y es este el segundo motivo que "les pone” a todo este personal-, les queda el % correspondiente como sobresueldo fijo y “en negro".

Dios ha hecho las cosas de muy diferente manera; y siempre al servicio -en favor- del hombre. Solo le pide a este, para que haga suyo el orden creado -y “elevado” por la Gracia divina-, QUE CREA. De hecho, ¡cuántas veces, lo único que pregunta Jesús es: “¿Crees esto?". Por eso afirma tajantemente: “El que crea se salvará; el que no crea se condenará". Y precisamente por esto lo pregunta.

Sí. Dios había hecho las cosas de muy distinta forma: por algo era Dios. De entrada, nos había “creado"; y nos había puesto en el vértice de la escala: éramos los dueños y señores del resto creado. Y Adán y Eva lo sabían: se les hacía absolutamente evidente. Pero no Le creyeron. Y pecaron. Ydejaron de ser lo que eran, y transmitieron además las consecuencias a toda su descendencia humana.

Pero Dios, no nos abandonó: no paró hasta salvarnos. Y el “pagano” fue su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su propio Hijo".Y Jesucristo, “nos amó hasta el extremo”: con su Pasión y Muerte. Con esta promesa, que se cumple inexorable, porque “fiel es Dios que ha comenzado una buena obra en nosotros, y la llevará a término”: “el que crea esto…, vivirá".

¿Por qué se nos hace tan fácil rechazar este Amor de Dios que se nos da gratuitamente y a manos llenas? Porque no nos creemos que Jesús haya hecho esto realmente, en primer lugar. Y en segundo lugar, porque no nos creemos que nuestros pecados le hagan repetir a Cristo, realmente, toda su Pasión y Muerte.

Por lo mismo, toda “pastoral” que se zafa de este “realismo", todo edulcoramiento de lo absolutamente “realista” que es nuestra Fe, al desvirtuar la Verdad Revelada, se aparta también de la realidad histórica, y se hace ineficaz espiritualmente hablando. ¿Por qué? Porque se convierte en una mentira, pierde por tanto la sintonía con lo vivido -padecido- realmente por Cristo, y la “religión” pasa a ser, en el mejor de los casos, un placebo sentimental y sentimentaloide.

Pero ya no será -porque ha dejado de serlo- la Palabra y la Gracia que salvan. Esta es la gran tragedia que, en el seno de la Iglesia, se ha gestado desde el año 1970, por señalar una fecha redonda. 

Pero empezó antes: desde el “segundo uno” del posconcilio, con el pretencioso y pretendido “espíritu del concilio", que se convirtió en el “¡ábrete, Sésamo!” de toda aberración teológica y pastoral. De hecho, “anonadó” -convirtió en nada- a tantos y tantos miembros de la Jerarquía católica, la mayoría desaparecidos ya por ley de vida -pero alguno queda-, que se quedaron cual estatuas de sal.

Y el “asunto"aún no ha tocado fondo, ni en la sociedad ni en la Iglesia: seguimos cavándonos la propia fosa, y así no hay forma de salir. Como decía no recuerdo quien: “para salir del agujero, lo primero que hay que hacer es dejar de cavar".