jueves, 6 de abril de 2017

VISIÓN DE ETERNIDAD – ALBERTO HURTADO S.J.

alsol

Pedimos heroísmo a los cristianos, y ¡tanto heroísmo! ¿En qué se basa esta exigencia?
En la visión de eternidad de la vida. Uno es santo o burgués, según
comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en este mundo, para quien su vida sólo
está aquí. Todo lo mira en función del placer. La vida para él es un limón que hay que
exprimir hasta la última gota; una colilla de cigarro que se fuma con fruición, sin pensar
que luego quedará reducido a una colilla; un árbol cuyas flores hay que cortar pronto…
Burguesa es la mentalidad opuesta en todo al cristianismo: es resolver los problemas
con sólo el criterio de tiempo. ¡Aprovecha el día! Goza, goza.
El mundo de lo sensible, en el cual nos movemos, acentúa esa sed de gozo,
ofreciéndonos atractivo en todo lo que nos rodea: el cine, el gran predicador del
materialismo y de la vida fácil; la propaganda del placer y del lujo que cubre los muros
y va por las ondas: Todo nos predica el materialismo. Y no es raro que nosotros
caigamos también en ese materialismo práctico. Levantarnos pensando en el negocio, el
examen o el placer…, y todo el día sucesión de actos que van allá mismo: al dinero, al
placer, o a lo que allá lleva. Hasta soñamos con eso.

De aquí que el mundo moderno se mueve, se agita, pero ha perdido el sentido de lo
divino. Despertemos en nosotros ese sentido de lo divino que se fundará en un
conocimiento exacto de mis relaciones con Dios. ¡Dios! ¡Cómo ensancha el alma
ponerse a meditar estas verdades, las mayores de todas! Es como cuando uno se pone a
mirar el cielo estrellado en una noche serena. La razón nos lleva a Dios. Todo nos habla
de Él: el orden, la metafísica, el acuerdo de los
sabios, los santos y los místicos. Él es el que es: “Yo soy el que soy”.
La naturaleza de Dios: Santo, Santo, Santo; armonía, orden, belleza, amor. Dios es
Amor; Omnipotente. Puede esperar: es eterno. Pensemos cuando el mundo no existía…
Imaginemos el acuerdo divino para crear… El primer brotar de la materia. La evolución
de los mundos. Los astros que revientan. Los millones de años. “Y Dios en su
eternidad”. ¡Todo dependiendo de Dios!, y, por tanto, ¡la adoración es la consecuencia
más lógica, la manifestación de mi dependencia total!
La oración, que a veces nos parece inútil, ¡qué grande aparece cuando uno piensa que es
hablar y ser oído por quien todo lo ha hecho! A Dios que no le costó nada crear el
mundo ¿qué le costará arreglarlo?, ¿qué le costará arreglar un problema cualquiera?
Tanto más cuanto que nos ama: ¡Nos dio a su Hijo! (Jn 3,16). A veces me desaliento
porque no comprendo a Dios, pero, ¿cómo espero comprenderlo, yo que ni comprendo
sus obras? Consecuencia: mucho más orar que moverme. Además que en el moverme
hay tanto peligro de activismo humano.
¿Y yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo en la eternidad. Después de mí, la
eternidad. Mi existir un suspiro entre dos eternidades. Bondad infinita de Dios conmigo.
Él pensó en mí hace más de cientos de miles de años. Comenzó, si pudiera, a pensar en
mí, y ha continuado pensando, sin poderme apartar de su mente, como si yo no más
existiera. Si un amigo me dijera: los once años que estuviste ausente, cada día pensé en
ti, ¡cómo agradeceríamos tal fidelidad! ¡Y Dios, toda una eternidad!
¡Mi vida, pues, un disparo a la eternidad! No apegarme aquí, sino a través de todo mirar
a la vida venidera. Que todas las criaturas sean transparentes y me dejen siempre ver a
Dios y la eternidad. A la hora que se hagan opacas me vuelvo terreno y estoy perdido.
Después de mí la eternidad. Allá voy y muy pronto. Cuando uno piensa que tan pronto
terminará lo presente uno saca la conclusión: ser ciudadanos del cielo, no del suelo.
En el momento de la muerte, “aquello que está escondido aparecerá”; todo el mal y todo
el bien, todas las gracias recibidas. “¿Qué diré yo, entonces?”. Esto tan pronto se
presentará. Al reflexionar en mi término, en mi destino eterno, no puedo menos de
pensar… ¿Cuál es mi fin? ¿Adquirir riquezas? No. ¡Cuántos no podrían alcanzar su fin!
¿Alcanzar comprensión de los seres que me rodean? ¿En guardarlos junto a mí?… Todo
esto es digno de respeto, pero no es mi fin. El fin de mi vida es Dios y nada más que
Dios, y ser feliz en Dios. Para este fin me dio inteligencia y voluntad, y sobre todo
libertad (la inteligencia y la voluntad sin libertad serían cosa inútil).
La norma que me puso fue la santidad que consiste en que conozca a Dios. ¿Me
preocupo de conocerlo? ¿Cultivo mi espíritu? En que lo ala
be. ¿Cómo rezo?
¿Alabanzas, Salmos, Gloria al Padre? Servirlo las veinticuatro horas del día, sin
jubilación, con alegría y generosidad. Y luego, salvar el alma (EE 23).
“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violenci
a, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11,12). “¡Qué estrecha es la puerta que lleva a la Vida y
pocos son los que la encuentran” (Mt 7,14). “Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo” (Mc 8,34). ¡Salven el alma! nos dicen los santos: la tierr
a pasa, pero el cielo no.
¡Vivir, pues, en visión de eternidad! Cuánto importa refrescar este concepto de
eternidad que nos ha de consolar tanto. La guerra, los dolores, todo pasa ¿Y luego?
Nada te turbe, nada te espante, ¡Dios no se muda!. Y después de la
breve vida de hoy, la eterna. ¡Hijitos míos! No se turben. En la casa de mi Padre, hay muchas habitaciones
(Jn 14,2). La enseñanza de Cristo está llena de la idea de la eternidad.
Consecuencia de mi visión de eternidad: Acordarme frecuentemente que “somos
ciudadanos del cielo” (Fil 3,20). “Donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón”
(Mt 6,21). Alegrarme de tener que ir allá. No temo la muerte porque es el momento de
ver a Dios. Sé que mis males tienen término y que mis aspiraciones lograrán su objeto.
De aquí paciencia. ¿Quién es Jesucristo? El que ha tomado sobre sí todo el dolor del
mundo. De aquí, generosidad, desprendimiento, heroísmo. ¿Qué es lo que alienta a las
hermanitas de los pobres? El cielo. El monje que tenía una ventanita chica abierta al
cielo. En sus tristezas, miraba por ella y se reconfortaba.
De aquí la íntima comprensión que nada hay más grande que tratar con Dios, que Dios
es la gran realidad, en cuya comparación las otras realidades no merecen tal nombre. El
que trata con Dios, trata con la auténtica, gran realidad. ¡De aquí el santo, el pacificado,
el sereno, el alegre, iluminando su vida con el recuerdo del cielo!