viernes, 21 de abril de 2017

Ninguno coma de esta carne si antes no la adoró… Bibliografía 21/04/2017 de FOPSME. P. Claudio Bert


“En el libro del Apocalipsis cuenta San Juan cómo habiendo visto y oído aquello que le había sido revelado, se postró en adoración a los pies del Ángel de Dios (cfr. Ap22, 8). Postrarse o arrodillarse ante la majestad de la presencia de Dios, en humilde adoración, era una actitud de reverencia que Israel tomaba siempre ante la presencia del Señor. Dice el primer libro de los Reyes: “Cuando Salomón hubo acabado de dirigir al Señor esta oración y esta súplica, levantose delante del altar del Señor, donde estaba arrodillado con las manos tendidas al cielo, se puso de pie y bendijo a toda la asamblea de Israel” ( 1 Re 8,54-55). La postura de la súplica del rey es clara: se hallaba de rodillas ante el altar.
La misma tradición puede verse también en el Nuevo Testamento donde v
emos a Pedro ponerse de rodillas delante de Jesús (cfr. Lc 5,8); también a Jairo, para pedirle que cure a su hija (cfr. Lc 8, 41); al samaritano cuando regresa a agradecerle (cfr. Lc 17, 16); y a María, hermana de Lázaro, para pedirle por la vida de éste (cfr. Jn 11, 32). La misma actitud de postración ante el estupor de la presencia y revelación divinas se advierte a lo largo del Apocalipsis (cfr. Ap.5, 8,14 y 19, 4).
También en la Iglesia, la convicción profunda de que bajo las Especies Eucarísticas el Señor está verdadera y realmente presente, y la creciente praxis de conservar la Santa Comunión en los tabernáculos, contribuyó a la práctica de arrodillarse en actitud de humilde adoración del Señor presente en la Eucaristía.
Respecto de la presencia real de Cristo bajo las Especies Eucarísticas, el Concilio de Trento proclamó: “que en el nutricio Sacramento de la Santísima Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, bajo estas especies está contenido verdadera, real y sustancialmente nuestro Señor Jesucristo” (DS 1651). Por esto la Eucaristía, pan transubstanciado en Cuerpo de Cristo y vino en Sangre de Cristo, Dios en medio de nosotros, debía ser recibida con estupor, máxima reverencia y actitud de humilde adoración. El papa Benedicto XVI subraya, recordando las palabras de San Agustín, “nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; peccemus non adorando” ( Enarraciones in Psamos 89, 9) (Ninguno como esa Carne si antes no la adoró. Pecamos si no la adoramos), que “recibir la Eucaristía significa ponerse en actitud de adoración hacia Aquél que recibimos […] sólo en la adoración puede madurar una recepción profunda y verdadera” (Sacramentum Caritatis 66).
En continuidad con esta tradición, es evidente que se volvía coherente e indispensable asumir gestos y actitudes tanto del cuerpo como del espíritu que facilitaran el silencio, el recogimiento, la humilde aceptación de nuestra pobreza de la infinita grandeza y santidad de Aquél que nos sale al encuentro bajo las Especies Eucarísticas. El mejor modo para expresar nuestro sentimiento de reverencia hacia el Señor Eucarístico era el de seguir el ejemplo de Pedro que, como nos cuenta el Evangelio, se arrojó de rodillas delante del Señor y dijo: “Señor, apártate de mí que soy un pecador” (Lc 5, 8).
Ahora bien, se nota que en algunas iglesias tal práctica se hace cada vez más rara y los responsables no sólo imponen a los fieles el recibir la Sagrada Eucaristía de pie, sino que incluso han quitado los reclinatorios de los bancos obligándolos a permanecer sentados o de pie, aun en el momento de la elevación de las Especies Eucarísticas presentadas para la adoración. Es extraño que tales procedimientos hayan sido adoptados, en las diócesis, por los responsables de la liturgia o por los párrocos de las iglesias, sin haber hecho la más mínima consulta a los fieles, a pesar de que, hoy más que nunca, se hable en muchos ambientes de democracia en la Iglesia.
Al mismo tiempo, haciendo referencia ahora a la Comunión en la mano, es necesario reconocer que se trata de una práctica introducida de forma abusiva y apresurada en algunos ambientes de la Iglesia inmediatamente después del Concilio, que ha cambiado la secular práctica precedente, y que se ha convertido en la práctica regular para toda la Iglesia. Se justificaba tal cambio diciendo que reflejaba mejor el Evangelio o la práctica antigua de la Iglesia.
Es verdad que si se recibe sobre la lengua, se podría de recibir también en la mano, ya que esta parte del cuerpo tiene en sí igual dignidad. Algunos, para justificar tal práctica, se refieren a las palabras de Jesús: “tomad y comed” (Mc14, 22; Mt26, 26). Cualesquiera sean las razones para sostener esta práctica, no podemos ignorar lo que sucede a nivel mundial en donde es adoptada: este gesto contribuye a un gradual y creciente debilitamiento de la actitud de reverencia hacia las Sagradas Especies Eucarísticas. La práctica precedente, en cambio, preservaba mejor ese sentido de reverencia. En vez, han penetrado una alarmante falta de recogimiento y un espíritu de general distracción. Ahora pueden verse comulgantes que regresan a sus lugares como si nada extraordinario hubiese ocurrido. Aún más distraídos están los niños y adolescentes. En muchos casos no se nota el sentido de seriedad y silencio interior que deben hacer notar la presencia de Dios en el alma.
Se dan, por otra parte, abusos: unos llevan las Sagradas Especies para guardarlas como souvenir, otros las venden, o, peor aún, hay quien las lleva para profanarlas en ritos satánicos. Estas situaciones han sido constatadas. Incluso después de grandes celebraciones, aun en Roma, se encontraron muchas veces las Sagradas Especies tiradas por el suelo.
Esta situación no nos lleva sólo a reflexionar sobre la grave pérdida de fe, sino también sobre los ultrajes y ofensas hechos al Señor que se digna salir a nuestro encuentro para volvernos semejantes a Él, a fin de que se refleje en nosotros la santidad de Dios. El Papa habla de la necesidad no sólo de entender el verdadero y profundo significado de la Eucaristía, sino también de celebrarla con dignidad y reverencia. Dice que es necesario ser conscientes de la importancia “de los gestos y de las posturas, como es arrodillarse en los momentos prominentes de la oración Eucarística” ( Sacramentum Caritatis 65). Además de ello, hablando de la recepción de la Santa Comunión, invita a todos a “hacer lo posible para que el gesto en su simplicidad corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesucristo en el Sacramento” (Sacramentum Caritatis 50)
(*) Estos párrafos constituyen el prefacio que el Card. MALCOLM RANJITH, Secretario de la Congregación del Culto Divino y de la Disciplina de los Sacramentos, ha prologado a la obra “Dominus est”, del obispo Athanasius Schneeider