miércoles, 5 de abril de 2017

Jesús Sacramentado, entre niños y Pariahs

I.-
En pasadas crónicas, hicimos alguna referencia a la acción de los poderes de las tinieblas en el Himalaya. En estas líneas, diremos también una palabra sobre la contracara de esta tremenda lucha espiritual, que a diario se experimenta en los confines del orbe infiel.
En el extremo opuesto de la acción abisal, está el suaviter et fortiter del obrar del Dios Omnipotente que, por nuestra salud, se encarnó y murió en Cruz. La acción divinal es esencialmente inabarcable e incomprehensible, pero algo de ella nos es manifiesto, como ser los hechos que motivan esta crónica y que podemos bautizar con la expresión “Teofanía eucarística sobre los pequeños”.

II.-
Mas, ¿de qué divina manifestación hablamos? Contémoslo en dos líneas.
Todos los días, aunque no hace tanto, luego de la Santa Misa de las seis y media de la mañana, exponemos el Santísimo Sacramento (que luego de la sacra hora es consumido pues la canónica burocracia aun nos deniega permiso de reservar al Dios vivo en el sagrado Tabernáculo).

Esa hora de contemplación del Dios hecho pábulo entre las supremas cordilleras, no sólo nos da fuerzas para la jornada misional sino que, cual epílogo de la Misa, constituye el vero foco de la vida pues la contemplación prima sobre la acción, mal que les pese a los cantores de aquella herejía llamada activismo. Nada, ni siquiera la mismísima actividad apostólica es más importante que la divina contemplación, la cual, a su vez, cuando es desbordante, llama a ser transmitida, todo lo cual ubica al alma en la plenitud de la vida cristiana tal como puede ser alcanzada in hoc lacrimarum valle.
III.-
Mas, en el territorio de nuestra base misional, el divino Redentor presente bajo el accidental velo de las especies, no sólo regocija a los que tratamos de ser apóstoles, sino a niños de la escuelita católica y a los pariahs que, con puntual tesón, martillan la roca junto a nuestra improvisada capilla.
Al promediar la hora adoratriz, salimos afuera, saludamos a los desdeñados aces del martillo y ellos, con gozo feliz, entran ante la sagrada presencia del Altísimo, imitándonos al intentar las primeras genuflexiones de sus vidas. Conscientes de la imponente sobrenaturalidad de la sacramental epifanía, guardan monacal silencio, ostentan humildísima pose y, con religioso ademán, arrodillados, quedan fascinados por el fulgor de la custodia habitada por el Redentor y reciben con inocultable paz la bendición del Dios oculto bajo las apariencias del pan.
Mientras tanto, varios niños, de edades diversas, luego de haberse metido varias veces a espiar al Señor y a Sus adoradores, se aquietan y reciben la Bendición Eucarística, solemnizada por el brillo de los primeros rayos del sol y por el tintineo de una campana que, con gozo, uno de ellos porta. Entre los dinámicos párbulos, hay una niña que se destaca por su perfecta y delicada piedad externa. Es la hija de un pariah. Ella se regocija de estar junto al Señor. Sólo ella y Dios saben que pasa entre ellos dos, pero algo sucede.
Al comienzo de estas líneas hablamos de lucha y no exageramos. No es algo sólo teórico. Es también algo muy tangible. En breve, el dueño de la tierra de la escuela, dada en préstamo a las Hermanas, es un budista envenenado.
Él, temeroso de que estas tierras abjuren del panzón Buda para pasar a estar bajo el visible patrocinio del Salvador, con vehemencia protestó ante el Gobernador, diciendo que el ofreció el terreno para la escolarización de los niños y no para la plegaria de los pariahs.
¡Que Dios lo humille y convierta!

Desde los campamentos del Dios vivo,

Padre Federico, S.E.
Misionero en la Meseta Tibetana
17/III/17, Fiesta de San Patricio,
Impar apóstol de infieles