sábado, 1 de abril de 2017

¿Donde está la felicidad, donde está la alegría? --

Redacción (Lunes, 27-03-2017, Gaudium Press) "Todos quieren ser felices pero no todos desean vivir del único modo como se puede ser feliz", dice San Agustín, citado por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP (1) en su muy ilustrativa obra "Lo inédito sobre los Evangelios", obra que debería ser consulta frecuente de todo predicador.
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Muchos, comenta el fundador de los Heraldos del Evangelio, hacen de la búsqueda del dinero el camino para hallar la felicidad. "Ven el equilibrio financiero como sinónimo de prestigio, poder e influencia en la sociedad, bien como garantía de un futuro despreocupado". Entretanto, estos, a los que el dinero les quitaría las aflicciones, viven preocupados por el dinero, viven intranquilos, y por tanto infelices.
Otros no desean tener innúmeras riquezas, sino que les bastaría una vida medianamente cómoda, y en su consecución "se preocupan excesivamente con los bienes materiales y con banalidades propias a la existencia terrenal". Son la legión de los mediocres, esos que no gustan de pensamientos que vayan un poco más allá de las consideraciones de su estómago, de sus pequeños intereses de supervivencia miope. "Tal mezquindad lo lleva (a este tipo de hombre) a olvidarse de lo efímero de esta vida, y, menospreciando la eternidad, a vivir como si el Creador no existiese".
Para otros la felicidad está en el hallazgo del conocimiento: "Aspirando a dominar asuntos de difícil comprensión para el general de las personas y obstinados por la idea de ser laureados por la erudición, consumen el tiempo en estudios, investigaciones y escritos". Pero el conocimiento debe ser solo un medio para conocer más y más a Dios. Alcanzado el conocimiento deseado, los sedientos de ciencia siguen con sed, pues la inteligencia solo descansa en Dios. "Por eso, muchos intelectuales, incluso siendo aplaudidos por el mundo, terminan sus días en la amargura".
Y aquí podríamos seguir citando y citando caminos que son de infelicidad.
Entretanto, Mons. João Clá recuerda que la felicidad está en darse, en dar de sí, por amor de Dios:
"Si Dios nos concedió el instinto de sociabilidad, y arriba de este la ley moral y la gracia, es preciso estar con una preocupación primodial de hacer el bien a los otros, sin acepción de personas. Esa disposición de alma, de continuo y generoso desvelo con el prójimo, torna nuestras almas transbordantes de alegría".
Al final el dilema, insiste Mons. João Clá, es entre el egoismo pútrido y putrefactor y la generosidad que se consigue con la adoración a Dios: eso es claro y muy probablemente todos lo hemos experimentado en nuestras vidas.
Entretanto, después del pecado original, sin la gracia de Dios, vence en nosotros el egoismo, el pecado. Entonces el dilema termina siendo, entre quien no accede a la gracia de Dios (que con casi siempre total frecuencia es quien no reza), y quien se nutre de la savia divina, de la oración, de los sacramentos.
Al final ese es el dilema: estar a todo momento en actitud de oración, o estar a todo instante en actitud de adoración... de sí mismo.
Por Saúl Castiblanco


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