domingo, 2 de abril de 2017

Adoración

Adorar se hace en silencio y en un tiempo. Muchas veces se ora, pocas se adora. Quien adora, calla. Quien adora, ama. Quien quiere expresar la adoración se vuelve torpe. También se vuelve torpe quien quiere expresar el amor. He querido hacerlo y me he sentido torpe. Lo que sigue, pues, es torpeza. Es extraño, sin hilo de discurso. Con vuestra fe llenad lo que falta, borrar lo que sobra, sustituid lo banal.
Palabra y adoración; silencio y tiempo se entrecruzan. Jesús, antes de que estuviera tres años anunciando el reino, antes de que presagiara tres veces que iba a morir, andes de que cayera tres veces en el camino con la cruz, antes de estar tres días en el sepulcro, antes de resucitar al tercer día, antes de sentare en el trono de la trinidad, estuvo treinta años oculto. Me he preguntado si adorando. Sólo sé que fue un tiempo para nosotros pasado en silencio. Después, sólo después, se oyó la palabra.
[…]
Todo tiempo es apto para la adoración. Y todo tiene su tiempo. Un día me aconsejaron leer el Qohelet cuando tuviera de los cuarenta para arriba. Si queréis, también os lo aconsejo yo a vosotros. Pero el Qohelet dice así: “Todo tiene su tiempo. Tiene su tiempo el nacer y el morir, el plantar y el arrancar lo plantado, el matar y el sanar, el destruir y el edificar, el llorar y el reír, el lamentarse y el danzar, el lanzar piedras y el recogerlas, el abrazarse y el separarse, el buscar y el perder, el guardar y el tirar, el rasgar y el coser, el callar y el hablar, el amar y el odiar, la guerra y la paz (Ecl 3, 1-8).”

Y este es precisamente el tiempo apto para la adoración, ya que no hay otro. La adoración se realiza en silencio. En todas las religiones se da un hastío por la palabra y una fascinación por el silencio. No ha habido ninguna palabra auténtica que no haya sido consumada. Y si alguien fue el primero, éste fue Aquel que era la Palabra única y verdadera.
Necesitamos recuperar aquel silencio. Un silencio que levanta la cabeza por encima de la palabra y lo hace con unas fórmulas tan definitivas que no han sido jamás superadas y apenas se han vuelto a alcanzar.
Un silencio invitatorio a la auténtica adoración y oración. Releo en G. Besssière: “Anteayer encontré una nueva manera de rezar que desde hacía tiempo había olvidado. ¿la busqué para encontrarle? En realidad esta oración ha aparecido en mi cara, y me di cuenta después. Es muy sencilla. Consiste en sonreír a Dios, sin más. Mejor hacerlo cuando uno está a solas, para no inquietar a los transeúntes. Descubrí esta oración pobre hace unos diez años, en tiempos de desierto, cuando el silencio me aplastaba. No sabía hacer más que intentar esbozar una sonrisa sin palabra alguna. Por la mañana, al afeitarme comprobaba la sonrisa en el espejo. A veces tenía que ayudarla con la mirada, para descripsarla, suavizarla y ofrecerla. A veces era una oración de desamparo. Anteayer, cuando su retorno a mi rostro me sorprendió, mi sonrisa a Dios no tenía ninguna rigidez.”
Permitidme algunos párrafos de un antiguo: “Es mejor callar y ser que hablar y no ser. Bueno es enseñar cuando se hace lo que se dice. Uno solo es, pues, maestro: el que dijo y se hizo. Pero también lo que hizo en silencio es digno del Padre. El que posee verdaderamente la Palabra de Jesús, puede oír también su silencio, a fin de que sea perfecto, a fin de que actúe por lo que dice y sea conocido por su silencio. Jesús es la palabra salida del silencio. Todos los misterios de Cristo son misterios que hablan en voz alta y que fueron realizados en el silencio de Dios. En aquel silencio se adoraba en espíritu y en verdad” (Ignacio de Antioquía).
Siempre ha habido algo terrible, para mí, que los evangelios han puesto en boca de Jesús. Me refiero al epílogo de tantas conversaciones: “El que tenga oídos para oír, que oiga”.
Hoy lo quisiera cambiar. Pues Jesús podría haber dicho perfectamente: “Si no entendéis mi silencio, no comprendereís mis palabras”.
J. Martorell, o.p. Éxtasis. Meditaciones. Colección Pneuma. Valencia, 1985 pp. 27-30