domingo, 28 de octubre de 2018

San Antonio y el milagro de la mula que adoró al Santísimo Sacramento

san antonio de padua y la mula que adoro el santisimo sacramento


San Antonio de Padua realizó, en nombre de Dios, muchos milagros pero por una Mula demostró la presencia real de Jesús en la Eucaristía  


San Antonio de Padua realizò dos maravillosos milagros en uno: convertir a un pecador obstinado y hacer que todos creyeran en la presencia viva de Jesùs en la Eucaristìa.

Deseosos de novedades y prodigios que satisfagan el ansia de grandes sensaciones, los hombres dan generalmente más importancia a los milagros que benefician el cuerpo, que a la gracia de Dios que salva las almas.

Tal vez por eso, no se dé el debido valor al mayor don que Jesús nos dejó: su presencia real en el sacramento de la Eucaristía.

Con esta dificultad se deparó también San Antonio, en sus prédicas al sur de Francia, en la ciudad de Tolosa. 



San Antonio y el milagro de mula que adoró la Eucaristía.
Un día tuvo delante de sí un pecador de los más duros, y que no creía en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

San Antonio de Padua daba razones, exponía los argumentos, con tanta virtud y sabiduría, que el hombre acabó callándose, sin saber qué decir. Estaba abrumado pero no quería entregarse:

"Sí, veo que tienes razón, pero quiero apenas una cosa... dejemos las palabras y vayamos a los hechos. Si podéis probar, con algún milagro, en presencia de todo el pueblo, que el Cuerpo de Cristo está realmente en la hostia consagrada, ¡yo abandonaré mis errores y me volveré católico!"

"¡Acepto!", dijo San Antonio de Padua, lleno de confianza en la omnipotencia y misericordia de su divino Maestro.

"Entonces haced lo que yo os pido... Tengo en mi casa una mula. Voy a encerrarla y dejarla sin ningún alimento. Después de tres días, llevaré esta mula delante vuestro y de todo el pueblo. Ante ella colocaré avena en cantidad, y vos presentaréis aquello que decís que es el Cuerpo de Jesucristo. Si el animal muerto de hambre, abandona la comida para ir de encuentro a ese Dios que, conforme decís, debe ser adorado por toda criatura, yo de todo corazón creeré en las enseñanzas de la Iglesia Católica".

Pasaron los días y llegó la fecha fijada. El pueblo vino de todas partes y llenó la gran plaza en la cual iba a darse la prueba. Todos esperaban con una expectativa fácilmente imaginable. Cerca de allí, San Antonio de Padua celebraba la Santa Misa en una capilla.

Y he aquí que surge el incrédulo, trayendo su mula y haciendo venir la ración preferida del animal. Una multitud de sus seguidores lo acompañaba seguro de su victoria.

En el mismo momento, saliendo de la capilla, San Antonio de Padua surgió con el Santísimo Sacramento en las manos. Un silencio enorme se hizo... y la fuerte voz del Santo cortó los aires:

"En nombre y por la virtud de tu Creador, que yo aunque indigno, traigo en mis manos, te ordeno, pobre animal, que vengas sin demora a inclinarte humildemente delante del Rey de Reyes. ¡Es necesario que esos hombres reconozcan que toda criatura debe someterse al Dios Creador, que todo sacerdote católico tiene la honra de hacer descender sobre el altar!"

Al mismo tiempo, se ofreció avena a la mula que estaba muerta de hambre...

¡Y el prodigio se dio!: El animal sin dar ninguna atención a la avena que le ofrecían, y atendiendo a las palabras de San Antonio, se inclinó al nombre de Jesucristo, dobló las patas y se postró delante del Sacramento de la vida, en señal de adoración.

Una jubilosa manifestación de los católicos tomó cuenta de la plaza, en cuanto los otros eran objeto de espanto y confusión.

El dueño de la mula, manteniendo la promesa que le hiciera a San Antonio de Padua, abandonó sus errores y se tornó fiel hijo de la Santa Iglesia.

La Eucaristía venció la incredulidad.
Este pobre hombre necesitó un milagro portentoso para creer. Pero milagro mucho mayor operó Jesucristo en su alma. Pues habiendo este pecador perdido la Fe, y estando muerto para la gracia, Dios hizo revivir en él la vida divina reconduciéndolo a la comunión de la Iglesia.

Y la conversión que los argumentos lógicos de un santo no consiguieron obtener, en un instante, Jesús Eucarístico realizó.

Ciertamente, también a ese hombre, Jesús hizo resonar en el interior de su alma palabras de bondad, semejantes a las que Él dijo a una religiosa española, Sor Josefa Menéndez:

Decid a los hombres que en aquella hora (Santa Cena), no pudiendo contener el fuego que me consume inventé esa maravilla de amor que es la Eucaristía. ¡Porque la Eucaristía es la invención del Amor!

Es por amor a las almas que soy Prisionero en la Eucaristía. Allí permanezco para que puedan venir con todas sus amarguras a consolarse junto al más tierno y mejor de los padres y del Amigo que nunca las abandona. ¡Y ese amor que se agota y se consume por el bien de las almas no encuentra correspondencia...!

¡Ah, pobres pecadores! ¡No os apartéis de mí! Noche y día os espero en el Tabernáculo... No os censuraré los crímenes cometidos, no os los enrostraré.

¡No os dejéis arrastrar por mil preocupaciones inútiles y reservad un momento para visitar y recibir al Prisionero del Amor!

¿Cuándo vuestro cuerpo esté enflaquecido o enfermo, no encontráis tiempo para ir al médico que os habrá de curar?... ¡Venid pues, a Aquel que puede dar a vuestra alma fuerza y salud y dad una limosna de amor a este Prisionero Divino que os espera, llama y desea!

Habito entre los pecadores para serles la Salvación, Vida, Médico y al mismo tiempo Remedio en todas las enfermedades generadas por la naturaleza corrompida. ¡Como pago, ellos se apartan, me ultrajan y desprecian...!

Y, entretanto, yo estoy en el tabernáculo toda la noche y espero... Deseo ardientemente que me vengan a recibir... que me pidan consejo y soliciten la gracia que necesitan...

Oh vosotras, almas queridas, ¿por qué sois tan frías e indiferentes a mi Amor?... ¿No tendréis un instante para darme alguna prueba de amor y gratitud?

Yo tengo una sed ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento, y no encuentro casi ninguno que se esfuerce por satisfacer ese deseo y que retribuya ese amor"
Estas palabras, Jesús las dirige a cada uno de nosotros... a Usted, querido lector, que corre los ojos por estas líneas. Es desde el Sagrario de la iglesia parroquial, donde Él está encerrado, día y noche, que también le hace una afectuosa invitación:

"¿No tienes un minuto de tu día para venir a visitarme?".

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