jueves, 20 de abril de 2017

Una esperanza en medio de la tragedia humana


ALFA Y OMEGA 

La confesión sorprendió a todos. «Ayer llamé por teléfono a un joven con una enfermedad grave para darle un signo de fe». Pero el Papa, que buscaba consolar, terminó conmovido por una simple constatación del enfermo: «A mí no me preguntaron si quería asumir esto». Ese episodio resumió todo el mensaje de Francisco en esta Pascua. Ante la tragedia del mundo, ante la violencia y la sinrazón, la Iglesia anuncia un mensaje sencillo pero poderoso a la vez: Jesús ha resucitado. Por ello existe un horizonte, existe esperanza
El Pontífice dijo palabras improvisadas el Domingo de Resurrección ante miles de personas congregadas en la plaza de San Pedro. No estaba previsto que predicase. Ya tenía preparada su bendición urbi et orbi, que pronunciaría después de la Misa. Pero algo lo impulsó a hablar y contó la anécdota de aquella llamada del Sábado Santo que lo conmovió. «Llamé para dar un signo de fe a un joven culto, un ingeniero. Le dije: “No existen explicaciones para lo que te sucede; mira a Jesús en la cruz, Dios hizo esto con su Hijo. No existe otra explicación”. Él me respondió: “Sí, pero preguntó a su Hijo, y su Hijo dijo sí. A mí no me preguntaron si quería asumir esto”. Esto nos conmueve. A ninguno de nosotros nos preguntan: ¿Estás contento con lo que ocurre en el mundo? ¿Estás dispuesto a llevar esta cruz? Pero la cruz sigue adelante. Y la fe en Jesús cae», constató.


Es el misterio del mal en el mundo. El mal que toca muy de cerca. Si Cristo ha resucitado, ¿cómo pueden suceder tantas desgracias, enfermedades, tráfico de personas, guerras, destrucciones, mutilaciones y odio?, cuestionó Francisco. Y él mismo respondió, advirtiendo que la resurrección «no es una fantasía», sino la historia de la piedra descartada que se convirtió en el fundamento de toda la existencia humana. Es la ambivalencia de la cruz: la muerte que da sentido a la vida.

Esa dualidad, muerte y esperanza, pareció marcar los oficios de Semana Santa presididos por el Papa. El mal y el bien se fundieron en la Misa in coena domini que celebró la tarde del Jueves Santo en la cárcel de Paliano, a las afueras de Roma. Allí, saludó, uno por uno, a cerca de 70 detenidos, dos de ellos en régimen de aislamiento y otros diez que padecen tuberculosis. La mayoría de ellos son «colaboradores de la justicia», es decir arrepentidos con beneficios judiciales. Muchos de ellos son exmafiosos.

Volvió a lavar los pies a mujeres

El Papa Francisco mantuvo la tradición que él mismo inauguró en 2013: lavó los pies también a las mujeres. En este caso fueron nueve hombres y tres mujeres. Durante la homilía aseguró que Cristo lavó los pies de sus discípulos para demostrar que él era Dios y estaba dispuesto a amar hasta el final.

«Hoy, cuando llegué, había mucha gente que saludaba. “Eh, que viene el Papa, el jefe de la Iglesia…”. Pero cuidado, el Jefe de la Iglesia es Jesús. Aunque el Papa es la imagen de Jesús y yo quisiera hacer lo mismo que Él hizo», aclaró. Las imágenes de Francisco con los encarcelados conmovieron. Este hombre de 80 años no tuvo problemas para arrodillarse, lavar, secar, besar y sonreír.

El mismo jueves el Papa tuvo tiempo de almorzar con diez sacerdotes de Roma en el apartamento del sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, Giovanni Angelo Becciu. Después pasó a saludar al Papa emérito, Benedicto XVI, al convento Mater Ecclesiae, en el que reside. Le felicitó por partida doble: por la Pascua y por su 90 cumpleaños.

Esperanza y vergüenza

El Viernes Santo lo vivió con intensidad. Por la tarde, la adoración a la santa cruz comenzó con Francisco postrado en el suelo en gesto de humildad. Lo hizo de cuerpo entero, revestido de rojo. No tomó la palabra, tan solo escuchó al predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa. El sacerdote capuchino citó al Cristo de San Juan de la Cruz, obra del pintor surrealista Salvador Dalí, para explicar el impacto de la crucifixión también en la actualidad, en una «sociedad líquida», en el tiempo de la «nube atómica». «Hay esperanza, porque encima de ella está la cruz», apuntó.

Esperanza y vergüenza fueron las palabras clave del vía crucis en el Coliseo romano. Una ceremonia blindada por la Policía y el Ejército, como todas las que celebró el Pontífice en estos días santos. Con un fondo de sutil temor al terrorismo. Fue un vía crucis con toque femenino. La biblista francesa Anne-Marie Pelletier, encargada de redactar las meditaciones, introdujo nuevas estaciones en el texto del camino al Calvario. Así, aparecieron pasajes como Jesús es negado por Pedro, Jesús y las hijas de Jerusalén y Jesús en el sepulcro y las mujeres.

Al final, el Papa clamó vergüenza por la sangre derramada cada día de mujeres, niños, inmigrantes y personas perseguidas por el color de su piel, por su pertenencia étnica y social, por su fe en Cristo. Vergüenza por las imágenes de devastación, de destrucción y de naufragio. Por los hombres y mujeres «quebrados por la guerra».

«Vergüenza por todas las veces que nosotros, obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas escandalizamos y herimos tu cuerpo, la Iglesia […]. Vergüenza por nuestro silencio ante las injusticias, por nuestras manos perezosas al dar y ávidas de arrancar y conquistar. Por nuestra voz chillona al defender nuestros intereses y tímida al hablar de los intereses de otros. Por nuestros pies veloces en el camino del mal y paralizados en el del bien», precisó.

Pero también empujó a la esperanza. La esperanza de la cruz, capaz de transformar los corazones endurecidos y convertirlos en corazones de carne que sueñen, perdonen y amen. «Transforma esta noche tenebrosa de tu cruz en alba refulgente de tu resurrección», pidió.

Mujeres que sostienen el peso de la injusticia


El Papa, en una imagen del Jueves Santo en la prisión de Paliano, a las afueras de Roma. Foto: CNS
Una noche tenebrosa que dio paso a la vigilia pascual, a la bendición del fuego nuevo en el atrio de la basílica de San Pedro y al cirio que iluminó el templo a oscuras. Durante la celebración, el Papa bautizó, confirmó y dio la comunión a once catecúmenos, seis varones y cinco mujeres, entre ellos la española Alejandra Cacheiro Bofarull, de 19 años.

El Papa centró su reflexión en las mujeres que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío. Mujeres abrumadas por la muerte de Jesús, pero que aguantaron y resistieron al sabor amargo de la injusticia como tantas madres de la actualidad, abuelas, niñas y jóvenes que resisten el peso y el dolor de la injusticia inhumana. «En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; […] el rostro de tantas madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe anhelos bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien», agregó.

Bendición urbi et orbi

Pero la resurrección trae esperanza, aclaró Francisco. Esperanza concreta para los lugares martirizados de la tierra y para las situaciones que atormentan al ser humano. De ellas pasó revista, en su bendición urbi et orbi del Domingo de Resurrección.

Asomado al balcón central de la basílica de San Pedro, instó a llevar alivio a Siria, «martirizada por la guerra y el horror». Apremió a buscar la paz en Ucrania, Sudán del Sur, Somalia y la República Democrática del Congo. Imploró por las víctimas de los trabajos inhumanos, del tráfico de personas, de la explotación y discriminación, de las graves dependencias y de quien tiene el corazón herido por las violencias que padece dentro de los muros de su propia casa.

Lamentó las tensiones políticas y sociales en América Latina que, en algunos casos, han sido sofocadas con la violencia. Y solicitó que «se construyan puentes de diálogo, perseverando en la lucha contra la plaga de la corrupción y en la búsqueda de soluciones pacíficas válidas ante las controversias, para el progreso y la consolidación de las instituciones democráticas, en el pleno respeto del estado de derecho».

Y concluyó: «Este año los cristianos de todas las confesiones celebramos juntos la Pascua. Resuena así a una sola voz en toda la tierra el anuncio más hermoso. Es verdad, ha resucitado el Señor. Él, que ha vencido las tinieblas del pecado y de la muerte, de paz a nuestros días. Feliz Pascua».

Andrés Beltramo Álvarez
Ciudad del Vaticano