sábado, 22 de abril de 2017

Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – Sostenella y no enmedalla



Sagrada Biblia
Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.
Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.
Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.
Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar
“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)
Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.
La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)
“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.
Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.
Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.
Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.
Sin embargo, en muchas ocasiones Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.
Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.
Sostenella y no enmendalla
Resultado de imagen de para juicio he venido yo a este mundo
Y Jesús dijo… (Jn 9, 41)
“Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece.’”
No podemos negar que cuando el Hijo de Dios debía discutir sobre temas espirituales no se mordía la lengua. No podía hacerlo porque diría en una ocasión que no había venido al mundo a derogar la Ley de Dios (¿Cómo iba a ser posible eso?) sino, al contrario, a que se cumpliera la misma y, es más, hasta que se cumpliera el último acento de la misma.
Por eso, no nos extraña nada que se las tuviera muy tiesas con los poderosos de su tiempo. Y no nos referimos a los poderosos de dinero sino a los espirituales porque, para el pueblo judío, eran más que importantes y eran escuchados con mucha atención por las gentes sencillas del pueblo escogido por Dios.
Pero Jesucristo decía las cosas, sencillamente, como eran. No quería disfrazar nada porque, además, convenía que eso fuera así.
El caso es que Jesús acababa de decir que había venido al mundo para que los no veían, vieran y los que veían, no vieran. Y ellos, fariseos y demás, preguntaron si ellos también eran ciegos. Y lo eran y, a la vez, no lo eran.
No lo eran en el sentido de que ellos se consideraban los mejores conocedores de la Ley de Dios y de las normas que debían cumplirse. Sin embargo, sí lo eran desde el mismo punto de vista del Creador: ellos estaban muy equivocados al respecto de lo que creían que sabían. Y a eso se refiere Jesús.
Sí, ellos eran, estaban, más que ciegos y, al parecer, no querían ver porque, humanamente, no les convenía. Espiritualmente, sí pero humanamente… nada de nada. Eran demasiado egoístas como para darse cuenta de sus fallos y errores espirituales.
Ellos sabían mucho de pecados. No de que los tuvieran, que también, sino de lo que suponían los mismos o, mejor, de lo que ellos creían que suponían (en esto también andaban bastante equivocados). Y Jesucristo lo sabe perfectamente. Por eso les habla, precisamente y no por casualidad, del pecado.
Jesús sabe que quien no sabe porque no sabe, no puede ser considerado pecador. Es una ignorancia que impide caer en tal falta ante Dios. Por eso, en el momento de su muerte, pediría a su Padre que perdonara a los que no sabían lo que hacían porque eran ignorantes de las consecuencias de sus actos.
Por eso, quien está ciego, espiritualmente hablando, no puede incurrir en pecado para lo cual, por lo menos, se ha de saber qué es y qué consecuencias tiene el mismo. Entonces, quien así es… nada puede temer ante Dios.
Pero ellos… ellos sí sabían; ellos no ignoraban la gran mayoría de realidades espirituales. Ellos, al fin y al cabo, no podían considerarse ciegos cuando, en realidad, lo eran.
Sin embargo, sostener que no eran ciegos suponía que estaban incumpliendo la verdadera Ley de  Dios de forma consciente. Y eso era más que grave porque Jesús sabe que, entonces, en tales circunstancias, sus pecados no se borraban sino que continuaba estando ahí, manchando su alma.
Ellos, como bien sabemos, no hacían demasiado caso a las palabras del Maestro. Preferían, seguramente, sus seguridades espirituales antes que corregirse y convertir su corazón. Pero ya sabemos las consecuencias que, en esta materia, tiene sostenella y no enmendalla. Buenas, no son.