martes, 11 de abril de 2017

LAS MEDITACIONES DEL VÍA CRUCIS 2017 QUE EL PAPA FRANCISCO PRESIDIRÁ EN ROMA (Estaciones 1-7)

Publicado: 10 Abr 2017 15:03 PDT
El Papa Francisco encargó la preparación de las meditaciones del Vía Crucis del Viernes Santo 2017 a la biblista francesa Anne-Marie Pelletier, que decidió hacer algunas innovaciones en la estructura del mismo

A continuación publicamos el texto completo de las meditaciones que se usarán en el Vía Crucis que presidirá el Santo Padre el día 14 de abril:

Introducción

La hora ha llegado. El caminar de Jesús por los caminos polvorientos de Galilea y Judea al encuentro de los que sufren en su cuerpo y en su corazón, empujado por la urgencia de anunciar el Reino, ese caminar suyo termina hoy, aquí. En la colina del Gólgota. Hoy la cruz cierra el camino. Jesús no irá más allá. Imposible andar más allá.

El amor de Dios alcanza aquí su medida más alta, sin medida.

Hoy, el amor del Padre, que quiere que todos los hombres se salven a través del Hijo, llega hasta el extremo, allí donde nosotros no tenemos ya palabras, donde estamos desorientados, donde la grandeza del plan de Dios supera nuestra religiosidad.

En el Gólgota, en efecto, aunque parezca lo contrario, se trata de vida. Y de gracia. Y de paz. Se trata, no del reino del mal que conocemos demasiado bien, sino de la victoria del amor.

Y precisamente bajo esa cruz, se trata de nuestro mundo, con todas sus caídas y dolores, sus demandas y sus rebeliones, todo lo que hoy clama a Dios desde las tierras de miseria o de guerra, en las familias desgarradas, en las cárceles, en las embarcaciones sobrecargadas de emigrantes…

Tantas lágrimas, tanta miseria en el cáliz que el Hijo bebe por nosotros.

Tantas lágrimas, tanta miseria, que no se han de perder en el océano del tiempo, sino que él las recoge para transfigurarlas con el misterio de un amor que devora el mal.

El Gólgota tiene que ver con la fidelidad indestructible de Dios a la humanidad.
Lo que allí se cumple es un nacimiento.

Debemos tener el valor de decir que la alegría del Evangelio es la verdad de ese momento.

Si no llegamos a entender esa verdad, entonces quedaremos atrapados en las redes del sufrimiento y de la muerte. Y la Pasión de Cristo no dará fruto en nosotros.

Oración

Señor, nuestros ojos no tienen luz. Y, ¿cómo acompañarte hasta tan lejos?

«Misericordia» es tu nombre. Pero este nombre es una locura.

Que se rompan los odres viejos de nuestros corazones.

Sana nuestros ojos para que se llenen de luz con la buena noticia del Evangelio, cuando estemos al pie de la Cruz de tu Hijo.

Y así celebraremos «lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo» (Ef 3, 18) del amor de Cristo, con el corazón consolado e iluminado.

Primera Estación: Jesús es condenado a muerte

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín (22, 66).

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían: «Profetiza». Y los criados le daban bofetadas (14, 64-65).

Meditación

No tuvieron que discutir mucho los miembros del Sanedrín para pronunciarse. Desde hacía ya mucho tiempo la causa estaba decidida. Jesús debe morir.

Así pensaban ya aquellos que querían despeñarlo desde lo alto de la colina, aquel día en que, en la sinagoga de Nazaret, Jesús había desenrollado el libro proclamando en primera persona las palabras del libro de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido, […] para proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18.19).

Desde que curó al paralítico en la piscina de Betesda, inaugurando el sábado de Dios que libera de toda esclavitud, las murmuraciones homicidas se desataron contra él (cf. Jn 5, 1-18).

Y en la última parte del camino, cuando subía hacia Jerusalén para la Pascua, el nudo de la soga se fue estrechando inexorablemente: no escaparía más a sus enemigos (cf. Jn 11, 45-57).

Pero hemos de remontarnos más lejos en el recuerdo. Desde Belén, desde el día de su nacimiento, Herodes había decretado su muerte. La espada de los esbirros del rey usurpador exterminó a los niños de Belén. En aquella ocasión, Jesús escapó a su furia. Pero sólo por un poco de tiempo. Él ya no era más que una vida en suspenso. En el llanto de Raquel por sus hijos, que ya no están, resuena, sollozando, la profecía del dolor que Simeón anunciará a María (cf. Mt 2, 16-18; Lc 2, 34-35).

Oración

Señor Jesús, Hijo predilecto, que viniste a visitarnos caminando entre nosotros y haciendo el bien, devolviendo a la vida a los que habitaban en sombras de muerte, tú conoces nuestros corazones retorcidos.

Nosotros decimos que amamos el bien y queremos la vida. Pero somos pecadores y cómplices de la muerte.

Nos proclamamos discípulos tuyos, pero emprendemos caminos que se pierden lejos de tus designios, lejos de tu justicia y de tu misericordia.

No nos abandones a nuestra violencia.

Que tu paciencia con nosotros no se agote.

Líbranos del mal.

nuestro Padre

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme!»

Segunda Estación: Jesús es negado por Pedro

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo: «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo». Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué me hablas». Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente (22, 59-62).

Meditación

Alrededor de un fuego, en el patio del Sanedrín, Pedro y alguno más buscan calentarse en aquellas frías horas de la noche, atravesada por un febril ir y venir de gente. Dentro, la suerte de Jesús está a punto de decidirse en el cara a cara con sus acusadores. Pedirán su muerte.

Como una marea que sube, la hostilidad va creciendo a su alrededor. Con la misma rapidez con que arde la estopa, el odio crece y se multiplica. Muy pronto una muchedumbre vociferante exigirá a Pilato la gracia para Barrabás y la condena de Jesús.

Es difícil declararse amigo de un condenado a muerte sin sentirse estremecido por el miedo. La fidelidad intrépida de Pedro sucumbe ante las palabras recelosas de la sierva, la portera de la casa.

Reconocerse discípulo del rabí galileo sería darle más importancia a la fidelidad a Jesús que a la propia vida. Cuando se exige tener un valor semejante, la verdad no encuentra fácilmente testigos… Los hombres están hechos de tal manera que muchos prefieren la mentira a la verdad; y Pedro pertenece a nuestra humanidad. Traiciona por tres veces. Después se cruza con la mirada de Jesús. Y sus lágrimas caen amargas y sin embargo dulces, como agua que lava la suciedad.

Muy pronto, después de algunos días, cerca de otro fuego, en la orilla del lago, Pedro reconocerá a su Señor resucitado, que le confiará el cuidado de sus ovejas. Pedro aprenderá el perdón sin medida que el Resucitado proclama sobre todas nuestras traiciones. Y empezará a vivir una fidelidad que, desde ese momento, le llevará a aceptar su propia muerte como una ofrenda unida a la de Cristo.

Oración

Señor, Dios nuestro, tú has querido que fuera Pedro, el discípulo renegado y perdonado, el que recibiera el encargo de guiar a tu grey.

Graba en nuestros corazones la confianza y la alegría de saber que, contigo, podemos atravesar los precipicios del miedo y la infidelidad.

Haz que, instruidos por Pedro, todos tus discípulos sean testigos de tu mirada sobre nuestras caídas. Que nunca nuestras resistencias y nuestras desesperaciones hagan que la Resurrección de tu Hijo sea en vano.

nuestro Padre

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo resucitado para vida nuestra,

te rogamos, ten piedad de nosotros.

Tercera Estación: Jesús y Pilato

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran (15, 1.3.15).

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!» (27, 24).

Lectura del libro del profeta Isaías

Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes (53, 6).

Meditación

La Roma de César Augusto, la nación civilizadora, cuyas legiones se proponen la misión de conquistar a los pueblos para llevarles los beneficios de su justo orden.
Roma, presente también en la Pasión de Jesús en la persona de Pilato, el representante del Emperador, el garante del derecho y de la justicia en tierra extranjera.

Y, sin embargo, el mismo Pilato, que afirma no haber encontrado ninguna culpa en Jesús, es el que ratifica su condena a muerte. En el pretorio, donde Jesús es procesado, la verdad resplandece: la justicia de los paganos no es superior a la del Sanedrín de los Judíos.

Verdaderamente este Justo, que extrañamente atrae sobre sí los propósitos homicidas del corazón humano, reconcilia a judíos y paganos. Pero lo lleva a cabo, por ahora, haciendo que los dos sean cómplices en su muerte. Sin embargo, llega la hora, es más, está ya cerca, en que este Justo los reconciliará de otro modo, por medio de la Cruz y de un perdón que alcanzará a todos, judíos y paganos, los curará de sus cobardías y los librará de su violencia.

La única condición para tener parte en este don será confesar la inocencia del único Inocente, el Cordero de Dios inmolado por el pecado del mundo; renunciar a la presunción que murmura dentro de nosotros: «Soy inocente de la sangre de este hombre»; declararse culpables, con la seguridad de que un amor infinito nos envuelve a todos, judíos y paganos, y de que Dios nos llama a todos a ser sus hijos.
Oración

Señor, Dios nuestro, ante Jesús entregado y condenado, no sabemos hacer otra cosa que disculparnos y acusar a los demás. Durante mucho tiempo los cristianos hemos cargado sobre tu pueblo Israel el peso de tu condena a muerte. Durante mucho tiempo hemos ignorado que todos debíamos reconocernos cómplices en el pecado, para poder ser salvados por la sangre de Jesús crucificado.

Concédenos reconocer en tu Hijo al Inocente, el único de toda la historia. Él, que ha aceptado hacerse «pecado en favor nuestro» (cf.  2 Co 5, 21), para que por él tú pudieras encontrarnos de nuevo, humanidad recreada en la inocencia con la que nos creaste, y en la que nos haces hijos tuyos.

nuestro Padre

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Cuarta estación: Jesús rey de la gloria

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y convocaron a toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: «¡Salve, rey de los judíos!» (15, 16-18).

Lectura del libro del profeta Isaías

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado (53, 2-4).

Meditación

Banalidad del mal. Son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia.

Sin refugiarse en su propia condición divina, Jesús se incluye en el terrible cortejo de los sufrimientos que el hombre inflige al hombre. Conoce el abandono de los humillados y de los más marginados.

Pero, ¿de qué nos sirve el sufrimiento de otro inocente más?

Aquel, que es uno como nosotros, es antes de nada el Hijo predilecto del Padre, que con su obediencia cumple toda justicia.

Y, de repente, todos los signos se invierten. Las palabras y los gestos de burla de sus torturadores nos desvelan —oh absoluta paradoja— una insondable verdad, la de la auténtica y única realeza, que se ha manifestado como un amor que no quiere conocer nada más que la voluntad del Padre y su deseo de que todos los hombres se salven. «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, […]. Entonces yo digo: “Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad”» (Sal 40, 7-9).

Esta hora del Viernes Santo nos lo proclama: hay una sola gloria en este mundo y en el otro, la de conocer y cumplir la voluntad del Padre. Ninguno de nosotros puede ambicionar una dignidad más alta que la de ser hijo en aquel que se ha hecho obediente por nosotros hasta la muerte en cruz.

Oración

Señor, Dios nuestro, te pedimos que en este día santo en el que se cumple tu designio destruyas nuestros ídolos y los del mundo. Tú que conoces su poder sobre nuestras mentes y nuestros corazones.

Destruye nuestras falsas figuras del éxito y de la gloria.

Destruye las imágenes que siempre resurgen en nosotros de un Dios a medida de nuestros pensamientos, un Dios distante, tan alejado del rostro que se ha revelado en la alianza y que se manifiesta hoy en Jesús, más allá de cualquier previsión, por encima de toda esperanza. Él, que confesamos como el «reflejo de [tu] gloria» (Hb 1, 3).

Haz que entremos en el gozo eterno, que nos hace aclamar a Jesús, revestido de púrpura y coronado de espinas, como el rey de la gloria que canta el salmo: «¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria» (24, 9).

nuestro Padre

«¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria.

Quinta estación: Jesús con la cruz a cuestas

Lectura del libro de las Lamentaciones

Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor que me atormenta, con el que el Señor me afligió el día de su ardiente ira (1, 12).

Salmo 146

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios […]. El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, […] el Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda (5.7-8.9).

Meditación

Por el áspero camino del Gólgota, Jesús no ha llevado la cruz como un trofeo. En nada se asemeja a los héroes de nuestra fantasía que triunfantes derriban a sus malvados enemigos.

Camina paso a paso, el cuerpo siempre más pesado y más lento. Siente su carne destrozada por el leño del suplicio, las piernas debilitadas bajo la carga.

De generación en generación, la Iglesia ha meditado sobre esta vía llena de tropiezos y caídas.

Jesús cae, se levanta, vuelve a caer, retoma el agotador camino, probablemente bajo los golpes de los guardias que lo escoltan, porque así es como son tratados, maltratados, los condenados en este mundo.

Él, que levantó a los cuerpos postrados, que enderezó a la mujer encorvada, que arrancó del lecho de la muerte a la hija de Jairo y puso en pie a los afligidos, hoy está ahí, hundido en el polvo.

El Altísimo está en el suelo.

Fijemos la mirada en Jesús. A través de él, el Altísimo nos enseña que es, al mismo tiempo —increíblemente—, el más Humilde, dispuesto a descender hasta nosotros, incluso más abajo si fuera necesario, de modo que ninguno se pierda en los bajos fondos de su propia miseria.

Oración

Señor, Dios nuestro, tú desciendes a la profundidad de nuestra noche, sin poner límites a tu humillación, porque es allí que encuentras la tierra a menudo ingrata, y a veces devastada, de nuestra vida.

Te suplicamos que ayudes a tu Iglesia para que sepa mostrar cómo el Altísimo y el más Humilde son en ti un único rostro. Concédele que lleve la buena noticia del Evangelio a todos los que tropiezan y caen, que no hay caída que pueda apartarnos de tu misericordia; que no hay extravío ni abismo suficientemente profundo en el que no puedas encontrar a quien se ha perdido.

nuestro Padre

He aquí que vengo para hacer tu voluntad.

Sexta estación: Jesús y Simón de Cirene

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús (23, 26).

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

«Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» (25, 37-39).

Meditación

Jesús tropieza por el camino, la espalda aplastada bajo el peso de la cruz. Pero es necesario continuar, caminar, seguir caminando, porque la meta del pelotón de soldados, que apremia a Jesús, es el Gólgota, el siniestro «lugar de la Calavera», fuera de los muros de la ciudad.

En ese momento, pasa por ahí un hombre, de brazos fuertes. Parece ajeno a lo ocurrido aquel día. Está volviendo a casa, sin saber lo que le ha sucedido al «rabí» Jesús, cuando los guardias le ordenan que lleve la cruz.

¿Qué sabría de aquel condenado que los guardias empujaban al suplicio? ¿Qué conocería de aquel que «no parecía hombre» (52, 14), como el siervo desfigurado de Isaías?

Nada se nos dice de su sorpresa, de su posible rechazo inicial, del sentimiento de compasión que lo invadió. El Evangelio sólo ha conservado la memoria de su nombre, Simón, oriundo de Cirene. Pero el Evangelio ha querido hacernos llegar el nombre de este libio y su humilde gesto de ayuda para enseñarnos cómo Simón, aliviando el dolor de un condenado a muerte, ha aliviado el dolor de Jesús, el Hijo de Dios, con el que se cruzó en su camino, en esa condición de esclavo que había asumido por nosotros, por él, por la salvación del mundo. Sin que él lo supiese.

Oración

Señor, Dios nuestro, tú nos revelaste en cada pobre que está desnudo, prisionero, sediento, tú nos visitas y que en él es a ti a quien acogemos, visitamos, vestimos, calmamos la sed: «Fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 35-36). Misterio de tu encuentro con nuestra humanidad. Así llegas a cada hombre. Ninguno está excluido de este encuentro, si acepta ser un hombre de compasión.

Como una ofrenda santa, nosotros te presentamos todos los gestos de bondad, de acogida, de dedicación que cada día se realizan en este mundo. Dígnate reconocerlos como la verdad de nuestra humanidad, que habla más fuerte que todos los gestos de rechazo y de odio. Dígnate bendecir a los hombres y a las mujeres de compasión que te dan gloria, aun cuando no saben todavía pronunciar tu nombre.

nuestro Padre

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo resucitado para nuestra vida,

Te rogamos, ten piedad de nosotros.

Séptima estación: Jesús y las hijas de Jerusalén

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, […] porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?» (23, 27-28.31).

Meditación

El llanto que Jesús confía a las hijas de Jerusalén como un gesto de compasión, este llanto de las mujeres no falta nunca en este mundo.

Baja silenciosamente por las mejillas de las mujeres. Y, probablemente más a menudo, de forma invisible en su corazón, como las lágrimas de sangre de las que hablaba Catalina de Siena.

No es que las lágrimas correspondan de forma exclusiva a las mujeres, como si su destino en la historia fuese el de llorar, pasiva e impotentemente, mientras que son los hombres los que la escriben.

En efecto, sus llantos son también, y sobre todo, aquellos que ellas recogen lejos de toda mirada y de todo reconocimiento, en un mundo en el que hay mucho que llorar. El llanto de los niños aterrorizados, de los heridos en el campo de batalla que llaman a su madre, el llanto solitario de los enfermos y moribundos en el umbral de lo desconocido. El llanto de perdición que corre por el rostro de este mundo, que fue creado en el primer día por lágrimas de alegría, mientras el hombre y la mujer exultaban de júbilo.

Y también Etty Hillesum, mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de la vida, nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la miseria de sus hijos. En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: «Voy a tratar de ayudarte», le dice. Qué audacia tan femenina y tan divina.

Oración

Señor, Dios nuestro, Dios de ternura y de piedad, Dios lleno de amor y fidelidad, enséñanos, en los días felices, a no despreciar las lágrimas de los pobres que claman a ti y que nos piden ayuda. Enséñanos a no pasar indiferentes junto a ellos. Enséñanos a tener el valor de llorar con ellos. Enséñanos también, en la noche de nuestros sufrimientos, de nuestras soledades, de nuestras desilusiones, a escuchar la palabra de gracia que tú nos revelaste en el monte: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5, 5).

nuestro Padre

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo Resucitado para vida nuestra,


Te rogamos, ten piedad de nosotros

Fuente: ACI Prensa