domingo, 16 de abril de 2017

El que quiere... ¿puede? Luis Fernando,

De pequeño mi madre me solía decir “el que quiere, puede". Y es común ver a muchos cristianos empeñados en “entrenar” su fuerza de voluntad para obrar bien, como si tal cosa dependiera sobre todo de sus capacidades personales. Sus intenciones son buenas, ciertamente. Pero no, no funciona así la cosa. Esto es lo que puede nuestra fuerza de voluntad. Lo explica San Pablo en Romanos 7:
Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no.
Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal.
¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!
Jesucristo es la clave. Sin Él no podemos hacer literalmente NADA (Jn 15,5). Y NADA es NADA. Nada bueno, se sobreentiende. O mejor dicho, nada bueno en relación a nuestra salvación. Sin embargo, “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4,13). Sin Él nada, con Él y en Él, todo.
¿Quiere eso decir que debemos quedarnos parados a la espera de recibir las fuerzas para obrar conforme a la voluntad de Dios?
¡NO! Debemos pedir, implorar, mendigar la gracia que nos transforma. Pero incluso ese pedir, ese implorar y ese mendigar es obra de Dios, que nos hacer querer y poder (Fil 2,13).
La oración es nuestra fuerza y sustento. Los sacramentos, alimento para nuestra alma. Ese es el camino.
Luis Fernando