

Publicado el 11 agosto, 2018 por Jorge N. Mariñez T
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El pasaje de hoy, “la primera parte del discurso del Pan de la vida”, se refiere más bien a la fe en Cristo. El domingo próximo sí pasará a lo que es más específicamente eucarístico: comer y beber la Carne y la Sangre del Señor Resucitado.
Elías es uno de los grandes profetas de Israel. Pero a Elías le tocan tiempos difíciles. Se ha consumado la división del reino de David. Y el reino separado va de mal en peor.
El pueblo decepcionado vuelve la espalda a Dios y busca consuelo en los “baales”. Elías es el encargado por Dios para mantener en la fe a su pueblo, pero la palabra del profeta se estrella contra las intrigas de Jezabel, casada con el poder.
Elías es el prototipo de hombre desanimado. abatido por la adversidad y la persecución. Anda huyendo de la cólera de Jezabel, cuando se le aparece un ángel. Al despertar, se encuentra una comida preparada: un pan cocido en las brasas y una jarra de agua. Vuelven a repetirse aquí las intervenciones de Dios durante el Éxodo, cuando alimentó a su pueblo con el maná y las codornices (Ex 16, 9-16).
Este alimento se le ofrece a Elías para que pueda proseguir su camino. Elías, reconfortado, marcha durante cuarenta días y cuarenta noches, hasta llegar al Horeb, el monte de Dios. Camina para encontrar al Señor.
En el desierto de la soledad, en el desierto de la desolación se puede escuchar la voz de Dios. Un ángel despierta al profeta y le invita a comer y beber, porque el camino es superior a sus fuerzas. Elías recupera las fuerzas con aquel elemental alimento, pan y agua, pero sobre todo recuerda el ánimo tras el consuelo de Dios.
El gran profeta Elías, defensor infatigable de la pureza de la fe en Yahvé, Dios de Israel, alzó su voz contra la idolatría de su pueblo; pero su voz de fuego despertó también, e inevitablemente, las iras de la impía reina Jezabel.

images-4Dice el texto que los judíos «murmuraban», en clara alusión a esa rebeldía constante que fue la característica de los hebreos en el desierto cuando se resistían a los caminos de Yavé y añoraban la abundancia de Egipto y sus ídolos.
La primera lectura nos narra una de las escenas más maravillosas y excepcionales del profeta Elías, el prototipo del profetismo del Antiguo Testamento, quien en tiempo de Ajaz y la reina fenicia Jezabel, su esposa (en el reino del norte, Israel), luchó a muerte por el yahvismo (la religión judía) que la reina quería “sincretizar” con sus creencias paganas.
El profeta Elías, un defensor a ultranza del monoteísmo (sólo existe un Dios, Yahvé, y ninguno más) y de sus exigencias éticas, se enfrenta con la reina y sus lacayos.
Elías va al encuentro de las verdaderas raíces del yahvismo, como podemos encontrar en Ex 19. El ángel de Dios le anima, le pone un pan y agua para que prosiga en esta huida, como Moisés, hacia el monte de Dios (en el Horeb), para beber en la verdadera fuente del yahvismo.
La segunda lectura prosigue con la exhortación a la vida nueva que lleva consigo el sello del Espíritu que deben poseer los cristianos. Lo que el autor pide, como consecuencia de esta identidad cristiana en el Espíritu, es determinante para conocer lo que hay que hacer como cristianos; es lo que se llama la praxis: evitar la agresividad, el rencor, la ira, la indignación, las injurias, y toda esa serie de maldades o miserias.

La alternativa es ser imitadores de Dios, es decir, bondadosos, compasivos y perdonadores. No es un imposible lo que se propone en el sentido de que Él sea nuestra vara de medir, sino tener los mismos sentimientos que Dios, como Padre, tiene con todos nosotros; así los debemos tener los unos con los otros.
Jesús habla del pan de vida en tres sentidos distintos o, mejor, en tres niveles distintos de un mismo significado. En primer lugar, llama pan de vida a la palabra de Dios; esto es, a la palabra que él anuncia como enviado de Dios. El que coma de este pan, el que crea, vivirá y no morirá para siempre. La palabra de Dios, el evangelio, es proclamación y promesa al mismo tiempo.
En segundo lugar, Jesús dice que él mismo y no otra cosa es el verdadero pan de vida bajado del cielo. Porque él es también la Palabra de Dios en persona. De manera que en cada una de sus palabras y de sus obras él mismo es el que se ofrece como alimento a los creyentes, como vida de nuestras vidas.
Por último, Jesús dice que el pan de vida es su cuerpo. Más exactamente: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Fijémonos bien en estas palabras. No dice solamente “mi carne”, sino “mi carne para la vida del mundo”.
Por lo tanto, el pan de vida es el cuerpo de Cristo que se entrega para que todos tengan vida. Y esto significa que comulgar es para los discípulos de Jesús -debe ser- recibir a Jesús e incorporarse a la vez a la causa de Jesús: “para la vida del mundo”.
El evangelio de hoy pretende seguir afinando nuestro concepto de fe. La semana pasada hemos reflexionado acerca de lo que significa hoy creer en Cristo como Pan de Vida eterna; y hoy el mismo evangelista se encarga de poner sobre el tapete la más común objeción o murmuración contra la fe en Jesucristo.

El contraste entre la Ley del AT y la persona de Jesús es una constante en el evangelio de Juan. Es la misma oposición que Jesús encuentra cuando fue a Nazaret y sus paisanos no lo aceptaron (Mc 6,1ss). Las protestas de los oyentes le da ocasión al Jesús joánico, no de responder directamente a las objeciones, sino de profundizar más en el significado del pan de vida (que al final se definirá como la eucaristía).
La presencia personal de Jesús en la eucaristía, pues, es la forma de ir a Jesús, de vivir con El y de El, y que nos resucite en el último día. El pan de vida nos alimenta, pues, de la vida que Jesús tiene ahora, que es una vida donde ya no cabe la muerte. Y aunque se use una terminología que nos parece inadecuada, como la carne, la «carne» representa toda la historia de Jesús, una historia de amor entregada por nosotros. Y es en esa historia donde Dios se ha mostrado al hombre y les ha entregado todo lo que tiene.
El pan de vida, hace vivir. Esta es la consecuencia lógica. Casi todos los autores reconocen que estamos ya ante la parte eucarística de Jn 6.
P. Jorge Nelson Mariñez Tapia.
Fuentes:J. Alzadabal/Adrien Nocent/ Santos Benetti/ Miguel de Burgos, OP/ Biblioteca Católica Digital (Mercaba)
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