sábado, 11 de agosto de 2018

SANTA CLARA, MODELO DE POBREZA Y HUMILDAD (II)




SANTA CLARA, MODELO DE POBREZA Y HUMILDAD (II)
De la carta de la Conferencia episcopal de Umbría (11-VII-1993)

LA MUJER NUEVA

Clara se presenta como una personalidad fuerte, ejemplo de femineidad auténtica y madura. Suscita admiración en sus contemporáneos, que la veneran como «la mujer nueva del valle de Espoleto» (BulCan 11), e incluso como «huella de la Madre de Dios, nueva guía de las mujeres» (LCl Pro).

Es mujer pobre y humilde, libre y valiente, hermana y madre de numerosas compañeras; es más, se siente, esposa, madre y hermana del mismo Señor Jesucristo, «adornada por el estandarte luminoso de la virginidad inviolable y de la pobreza santísima» (1CtaCl 13). Vive todas las dimensiones de la femineidad en un nivel más alto.

La virginidad consagrada, en cuanto entrega total de sí y comunión de caridad con Cristo, es matrimonio espiritual verdadero y fecundo. Ciertamente virginidad y maternidad no se oponen, sino que se explican y complementan recíprocamente. Son dos dimensiones de la femineidad y como dos caminos que la mujer recorre para realizarse a sí misma en la gratuidad del don. La gratuidad no es sólo del amor virginal, sino que permanece fundamento del mismo amor conyugal y materno. Por tanto, en ambas modalidades del amor no puede faltar la gratuidad, si no se quiere que fracasen la vocación virginal y la conyugal. Y aunque «la virginidad en el sentido evangélico comporta la renuncia al matrimonio y, por tanto, también a la maternidad física, la renuncia a este tipo de maternidad, que puede comportar incluso un gran sacrificio para el corazón de la mujer, se abre a la experiencia de una maternidad en sentido diverso: la maternidad "según el espíritu"» (Mulieris dignitatem, 21).



Virginidad y matrimonio son dos formas de amor oblativo. Ambas se ven amenazadas por la actual mentalidad individualista y consumista. La misma dignidad de la mujer, tan enfatizada, es con frecuencia mal entendida. Clara, con su virginidad fecunda, indica la belleza del don de sí, que da sentido y valor a la dignidad y vocación de la mujer.

POBREZA ALTÍSIMA

Clara perseguía el firme propósito de observar «perpetuamente la pobreza y la humildad» (RCl 12,13), según el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia: ¡la nada de las cosas y del yo, por el todo de Dios!

Su elección se inspiraba en el amor a Cristo: «Esperaba conformarse en perfectísima pobreza con el Crucificado pobre, de manera que ninguna cosa transitoria separara a la amante del amado y retardara su marcha hacia el Señor» (LCl 14). De hecho, corría «libre y ligera, sin carga, detrás de Cristo» (LCl 13).

La pobreza es libertad para estar disponibles para Dios y para el prójimo. Hoy, con demasiada frecuencia, se confunde la libertad con la afirmación egoísta de sí mismo y con la posesión de muchos bienes materiales. Pero en nuestro tiempo tampoco es rara la invitación a la austeridad y al ahorro, no por motivos éticos ni religiosos, sino de economía. De todas maneras, se nos invita a la sencillez y sobriedad de vida. Y si la pobreza es libertad, recordemos que es camino seguro hacia la solidaridad y el amor. Y camino hacia la paz. Entonces comprenderemos que el amor universal de Francisco, así como el de Clara, hunde sus raíces en la pobreza perfectísima y altísima.

LA ALEGRÍA PERFECTA

Clara y sus primeras compañeras, con el espíritu de la perfecta alegría franciscana, afrontaban las pruebas no sólo con paciencia y valentía, sino también con alegría. «No temíamos ninguna pobreza, fatiga, tribulación, humillación y desprecio del mundo, porque, al contrario, considerábamos todo eso como una delicia» (RCl 6,2).

Causa asombro la actitud de la santa durante su larga enfermedad. «Durante veintiocho años de debilidad continua, jamás se oye una murmuración, ni un lamento, sino que siempre sale de su boca una conversación santa, siempre el agradecimiento» (LCl 39).

Este testimonio es más actual hoy que nunca, porque tenemos la tentación de valorar excesivamente la salud, la eficiencia y la belleza del cuerpo, pero no sabemos dar un sentido al sufrimiento.

El cristiano no deja de mirar de manera realista el dolor, la enfermedad y la muerte como un mal. Sin embargo, siempre considera la vida como un don precioso de Dios y encuentra en el sufrimiento la ocasión privilegiada para crecer en humanidad y robustecer la fe, la esperanza y la caridad. También se ofrece a sí mismo a Dios por los demás, en unión con Cristo crucificado y resucitado. En efecto, sabe que el dolor tiene un valor redentor.

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