martes, 28 de marzo de 2017

Un signo de esperanza en un mundo sin salida

La Asunción de María, Bartolomé Esteban Perez Murillo (1618 - 1682)
En el presente post, publicamos la traducción que hemos realizado de la homilía pronunciada por el Reverendo Padre Abad de Notre-Dame de Fontgombault, Dom Jean Pateau, en el día de la Asunción 2016.
Gaudent exercitus Angelorum ( El ejército de los ángeles se alegra)
Querido hermanos y hermanas,
Mis muy queridos hijos,
La solemnidad de este día une dos misterios gloriosos del Santo Rosario : la subida, cuerpo y alma, de María al Cielo y su Coronación en medio de la Corte Celestial.
La vida terrestre de María no ha sido un callejón sin salida . Se acaba con una acogida triunfal. Se abre sobre una nueva vida.
Los artistas han pintado, con gusto sobre los lienzos, el instante en que el Padre Eterno ha depositado sobre la cabeza de su servidora la corona de gloria . Sin embargo, las imaginaciones más fértiles de los hombres siempre estarán por debajo de lo que el Padre ha reservado para aquella que siempre ha dicho: “sí”, para aquella por quien el plan divino de la salvación ha querido realizarse, para aquella que es bendita entre todas las mujeres y de la cual el fruto de sus entrañas es bendito.
Como si el Cielo no pudiera contener más su gloria, a instancias de la fiesta de Navidad, este gozo, esta paz, vienen a desbordarse sobre la tierra . Los mensajeros son los ángeles que se regocijan del triunfo de su Reina.
Cristo ha dicho: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” (Jn 14,6). María ha seguido este camino: “Yo soy la sierva del Señor” (Lc 1,38). María ha creído en la palabra: “Haced todo lo que Él os diga” (Jn 2, 5). De ahora en adelante, María vive de la verdadera Vida.
La fiesta de hoy es, sin ninguna duda, una invitación a unirnos al gozo celestial . ¿Es eso decoroso, cuando el mundo ofrece a todos los hombres un espectáculo de desolación?
A invitación de los obispos de Francia, nos conviene rezar por nuestro país en su fiesta patronal . A la salida de esta Misa, nuestras campanas, como las de las Iglesias de Francia, sonarán para invitar a los hombres a la oración y a la paz. Después de haber despreciado en sus escuelas la enseñanza de la herencia cristiana de libertad, de verdad y de amor, Francia paga el precio de su prevaricación: ¡son sus mismos hijos los que matan!

Otro maestro ha tomado el poder y su divisa es: “Yo soy el callejón sin salida, la mentira, la muerte.” Desde el seno materno hasta el lecho en el hospital, pasando por las plazas públicas, la guerra, la muerte, invaden la tierra. Un medio de pensamiento único, movido por los medios de comunicación, reparte su amargura sobre seres que parecen privados de buen sentido. La confusión, mantenida con complacencia, entre la verdad y la falsedad por aquellos que tienen por deber enseñar la verdad, la promoción de una libertad sin respeto por el débil, relativiza los valores morales que parecen no tener precio sino para los imbéciles. El derecho fundamental de los niños, de los simples, a la verdad es uno de los derechos menos respetados. Informar, enseñar, se ha convertido en el arte de engañar. Osar decir la verdad sobre la familia, sobre la vida en sociedad es la herencia de los idiotas. Aquél que quiere tener un poco de audiencia debe hacerse esclavo de los sondeos, legitimarlo todo, aceptarlo todo. El mundo político, económico, social, a veces también los hombres de Iglesia, son víctimas de ese modo de pensar. Hay que agradar y darse buena conciencia ignorando las víctimas de una sociedad que ya no merece más ese nombre. La constatación es patente y sin discusión: desesperación, callejón sin salida, muerte.
Cuántas vidas humanas prometidas a un porvenir arruinado. ¡Cuántas víctimas inocentes! ¿Quién será entonces el buen Samaritano en nuestra sociedad herida muerte?
Dios, sin descanso, continúa llamando: “¿Dónde estás, hombre?” El recrudecimiento del sufrimiento en este año santo de la misericordia, ¿no será acaso la invitación a una conversión?
Si nosotros somos cristianos, no es porque creemos en algunas historias un poco empalagosas, transmitidas desde hace generaciones , y que tienen la propiedad de hacer olvidar al hombre sus sufrimientos.
Si somos cristianos es porque creemos que Dios es Dios, y que ese Dios ama a todo hombre. Creemos también que Cristo ha muerto para salvarnos de la muerte, ofreciéndonos el camino hacia la vida eterna. Nosotros creemos que hay un Cielo, pero también un infierno.
Entonces, si siempre hay alegría en el Cielo, debe haber también alegría, todos los días, en el corazón del cristiano.
Unirse al gozo del Cielo con ocasión del triunfo de María no basta. Nosotros queremos contribuir a este gozo . El mismo Señor nos invita: “Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de hacer penitencia” (Lc 15,7).
El camino terrestre de María que se acaba en un poderoso Magnificat, el que toma su fuente en la respuesta al ángel de la Anunciación: “Yo soy la Esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.” Contribuir a la alegría del Cielo, es dar la misma respuesta. Es dejarse acoger por Dios pronunciando nuestro “sí” en comunión con los habitantes de la Corte Celestial.
Las grandes obras de Dios quieren siempre pasar por los pequeños “sí” de nuestras pobres humanidades.
Cristo es el camino, la verdad y la vida. ¿Es que yo estoy acaso en ese camino? ¿Es que acaso mi vida es verdadera? ¿Es que mis actos, mis palabras siembran en torno a mí la vida, la verdadera alegría?
Las circunstancias son demasiado graves para refugiarse en el silencio o en la indolencia. “Cada alma que se eleva, eleva al mundo; cada alma que se abaja, abaja al mundo.” No hay medias tintas. La comunión entre los hombres toma su fuente en la comunión con Dios. La verdad sobre el hombre nace de la acogida de la verdad venida de Dios.
Estemos atentos a tomar el tiempo para dejarnos formar por esta verdad recibida a través de las enseñanzas tradicionales de la Iglesia. Seamos para nuestro prójimo los testigos convencidos y convincentes de la verdad que ofrece al mundo no una camisa de fuerza, sino el medio y el tesoro de una verdadera fraternidad.
Una línea separa a los hombres : servidores del Dios de la Vida, o ideólogos hasta la apología de una cultura de la muerte.
Un signo grandioso resplandeció en el Cielo de nuestras almas, una mujer revestida de sol con la luna bajo sus pies… y el nombre de esta mujer es María. Con ella, cantemos nuestro Magníficat por tantos dones de Dios. Pidamos al Señor la gracia de que sean acogidas su mirada, su verdad y su misericordia en el seno de las familias y en las instituciones de nuestra patria. Al final de la procesión del voto de Luis XIII, esta tarde, aquellos que deseen podrán pronunciar el acto de consagración de su familia al Corazón Inmaculado de María.
En un mundo de muerte, seamos en todas partes los ardientes promotores de la Vida, de la Paz, de la Caridad . Vosotros los jóvenes, no dudéis en responder, si el Señor os llama. Por el don radical de vuestra vida, convertíos en servidores del pueblo de Dios en el ministerio ordenado, la vida religiosa o monástica. Tomemos, todos, la fuerza de la oración y el estudio de la verdad.
Gracias a esos pequeños “sí”, gracias a esos granos de magníficat, renacerá y resplandecerá más hermosa sobre la tierra la alegría del Cielo.
Amén.
Dom Jean Pateau, Abad de Fontgombault