martes, 28 de marzo de 2017

La solidez de una vida espiritual fundada sobre el dogma

Santa Misa
No queremos cansar a nuestros lectores por la recurrencia en nuestros post de personas como el Beato Columba Marmion, Dom Delatte, etc. No obstante, estamos convencidos que la fortaleza de la vida interior de estos grandes maestros espirituales y su irradiación son de una actualidad muy grande para los tiempos que vivimos. La fe se ve agitada como una caña mientras no está cimentada sobre roca. En el caso del P. Abad de Maredsous, Dom Columba, sus escritos nos hacen penetrar en una vida espiritual fundada sobre la firmeza inconmovible del dogma. De esta manera, a pesar de lo que Dios en su Providencia nos regale vivir, nuestra vida interior permanece sólida e inalterable porque está libre de todas las desviaciones de una espiritualidad meramente afectiva o subjetivista ­—como nos previene el P. Javier Olivera Ravasi en su último post http://infocatolica.com/blog/notelacuenten.php/1610201251-la-devotio-moderna-caracteris#more31903 .
No repetimos los datos del Beato Columba porque ya los hemos proporcionado en varios post anteriores, pero sí queremos alertar a nuestros lectores a que por sí mismos lean y recomienden este precioso libro Jesucristo ideal del sacerdote, que, además, cosa del todo inusual, se puede descargar gratuitamente desde la benemérita Editorial Gratis Date http://gratisdate.org/texto.php?idl=50.
El texto que traemos a continuación está tomado de este mismo libro, que aun dirigiéndose en primer lugar a los sacerdotes, es igual y válidamente aplicable a todo cristiano.


Todo el valor de nuestra vida depende de la fe : Sine fide impossibile est placere Deo (Hebr., XI, 6, traducid: Sin la fe, es imposible agradar a Dios). «Si nuestra fe es vana, dice San Pablo en otro lugar, somos con mucho los más desgraciados de todos los hombres»: Miserabiliores sumus omnibus hominibus (I Cor., XV, 19). Y esto es mil veces más verdad cuando se trata del sacerdote, porque, en ese caso, .
Ante todo su mismo sacerdocio es un objeto de fe. Nada se trasluce al exterior que demuestre su eminente dignidad . Nuestro Dios es un «Dios escondido» (Isa., XLV, 15). Su esencia es una luz esplendorosa que no conoce ocaso; pero nosotros no la vemos. Y todo lo que obra en nosotros y por medio de nuestro ministerio constituye un objeto de fe.
¿Qué viene a ser el sacerdote a los ojos de un incrédulo? Un hombre como otro cualquiera, que abusa del candor de las gentes sencillas y que nada tiene de especial sino su sotana. Y frecuentemente se llega a odiarle a causa de Cristo. Por eso, la fe es indispensable para comprender al sacerdote.
Pero entre todos los que deben creer en el sacerdote, a nadie incumbe esta obligación con un motivo más perentorio que al mismo sacerdote. Es absolutamente preciso que la fe mantenga siempre presente a su espíritu la condescendencia infinita con que Dios se ha dignado llamarle a una dignidad tan elevada. Con más razón que los diáconos a los que se dirige San Pablo, el sacerdote debe «guardar el misterio de la fe en una conciencia pura»: Habentes mysterium fidei in conscientia pura (I Tim., III, 9). Nosotros los sacerdotes vivimos en constante contacto con la Eucaristía y esto nos debe obligar a reavivar incesantemente en nuestros corazones la viveza de nuestra fe.
Se puede llegar a perder completamente este don tan precioso . Me acuerdo de un pobre sacerdote, al que fui a visitar por encargo de su obispo. Se estaba muriendo. Cuando yo le recordaba las grandes verdades del cristianismo, me respondió diciendo: «Todo eso no es más que leyenda y poesía». No llegué a conseguir que se reavivara su fe. Aunque no caiga en semejantes extravíos, cualquier ministro de Cristo puede experimentar una disminución en la lozanía, en la alegría y en la unción de su fe.
¡Qué satisfacción más íntima la de poder decir al Señor en el crepúsculo de la vida, como decía San Pablo: Fidem servavi! (II Tim., IV, 7). «He guardado la fe» y he tenido la mirada siempre fija en la eternidad. ¿De dónde nació vuestra vocación sacerdotal? De la fe de vuestra adolescencia o de vuestra mocedad. Cuando es ardiente, la fe nos hace «vivir en Dios»: Viventes Deo (Rom., VI, 11). Sin ella, nada somos; y cuando disminuye, todas nuestras virtudes decaen con ella.
La atmósfera en que se desenvuelve habitualmente el pensamiento tiene una importancia capital para todo hombre .
¿Cuál es la atmósfera adecuada al alma del sacerdote? ¿Será, acaso, la de un ambiente laico, o la de las conversaciones que ocupan la atención de la ciudad, o la de las últimas noticias del periódico, o quizás la de cualquier libro de literatura novelesca?
Ciertamente que no. Lejos de mí pretender que el sacerdote no debe estar al corriente de los acontecimientos; pero sí afirmo que, ante todo, necesita vivir la vida interior , y ésta no se nutre ni se sostiene sino con el alimento de la fe.
Traigamos a la memoria los beneficios de Dios y las luminosas realidades sobrenaturales que la Iglesia dispensa a sus hijos . Nuestra misión consiste en comunicar a Jesucristo a los hombres: «Tanto amó Dios al mundo…»: Sic Deus dilexit mundum (Jo., III, 16). Dios nos pedirá estrecha cuenta del empleo que hemos hecho de los tesoros de salvación que ha puesto en nuestras manos.
Es necesario que la conciencia de nuestras responsabilidades esté siempre presente a nuestro espíritu. La convicción de que no nos pertenecemos constituye la raíz de nuestra conciencia. Digamos, pues, con San Pablo: «Yo, soy de Cristo» (I Cor., I, 12), y añadamos con él: «Me debo tanto a los sabios como a los ignorantes»: Sapientibus et ignorantibus debitor sum (Rom., I, 14). (…) Es de suma importancia que los fieles se den cuenta de que nosotros los sacerdotes vivimos esta vida sobrenatural, puesto que la fecundidad de nuestro ministerio sacerdotal depende de ello en gran parte.
Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del sacerdote, Capítulo IV