SANTA CLARA DE ASÍS Y LA EUCARISTÍA (III)
por René-Charles Dhont, ofm
DEVOCIÓN A LA SANTA RESERVA (I)
Clara vive en la época en la cual se despliega pujante en el pueblo de Dios el culto a Cristo presente en la Eucaristía. Este culto, tras un desarrollo ininterrumpido desde los orígenes, alcanza un lugar importante en la vida espiritual de la Iglesia. Sus manifestaciones se multiplican. «Puede afirmarse, escribe H. Thurston, que a partir de 1200 el pensamiento y el culto de la Eucaristía se convierten en casi toda la Iglesia en objeto constante e inmediato de solicitud». Ello inducirá al papa Urbano IV a aprobar oficialmente, en 1264, la fiesta del Cuerpo de Cristo, a instancias de santa Juliana de Montcornillon.
La abadesa de San Damián, que siempre quiso vivir en plena comunión de fe con la Iglesia y de vida con el Pueblo de Dios, no podía permanecer indiferente a ese progreso que hallaba, además, un amplio eco en las aspiraciones de su corazón y en el ejemplo de san Francisco.
Su fe y su recurso al Señor, presente bajo las apariencias del pan consagrado, nos son revelados en un momento grave de su existencia y de la existencia de sus hermanas. En 1240, soldados musulmanes venidos para sitiar Asís, invaden el monasterio. Entre el pánico general, sólo la abadesa conserva la sangre fría. No hay posibilidad alguna de socorro humano; pero queda Dios. Y Clara se dirige a Cristo en la Eucaristía, como recuerda una testigo en el Proceso de canonización:
«Una vez entraron los sarracenos en el claustro del monasterio, y madonna Clara se hizo conducir hasta la puerta del refectorio y mandó que trajesen ante ella un cofrecito donde se guardaba el santísimo Sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. Y, postrándose en tierra en oración, rogó con lágrimas diciendo, entre otras, estas palabras: "Señor, guarda Tú a estas siervas tuyas, pues yo no las puedo guardar". Entonces la testigo oyó una voz de maravillosa suavidad, que decía: "¡Yo te defenderé siempre!". Entonces la dicha madonna rogó también por la ciudad, diciendo: "Señor, plázcate defender también a esta ciudad". Y aquella misma voz sonó y dijo: "La ciudad sufrirá muchos peligros, pero será protegida". Y entonces la dicha madonna se volvió a las hermanas y les dijo: "No temáis, porque yo soy fiadora de que no sufriréis mal alguno, ni ahora ni en el futuro, mientras obedezcáis los mandamientos de Dios". Y entonces los sarracenos se marcharon sin causar mal ni daño alguno» (Proceso 9,2).
De manera semejante, dice el relato paralelo de Celano que los sarracenos cayeron sobre San Damián y entraron en él, hasta el claustro mismo de las vírgenes; entonces las damas pobres acudieron a su madre entre lágrimas. «Ésta, impávido el corazón, manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la puerta y la coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí la cápsula de plata, encerrada en una caja de marfil, donde se guarda con suma devoción el Cuerpo del Santo de los Santos» (LCl 21).
Así pues, en un momento dramático para la comunidad, Clara recurre a Cristo presente en el Santísimo Sacramento. Manda que lo coloquen entre las hermanas y los soldados y dirige a Él su oración. Él responde a su confianza. De Él viene la salvación.
La respuesta de Cristo debió marcar profundamente en el futuro la piedad eucarística de San Damián. No podían olvidar las hermanas que un día les había llegado la salvación de Cristo escondido en la «píxide de plata recubierta de marfil».
Otro hecho refuerza esta intuición. En 1241, Vital de Aversa asedia Asís, amenazando destruir la ciudad. Clara moviliza a sus hermanas a la oración y a la penitencia, a fin de obtener la protección del Señor sobre la ciudad en peligro. También en este caso las impele a dirigir sus ruegos a Cristo presente en la Eucaristía. Y de tal modo lo cumplieron, que al día siguiente, de mañana, huyó aquel ejército, roto y a la desbandada» (Proceso 9,3). Sin duda, la experiencia de la presencia protectora del año anterior permanece viva en todas las memorias. Su oración eucarística es escuchada de nuevo.
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