
ORAR CON EL CORAZÓN ABIERTO
Meditaciones diarias para un sincero diálogo con Dios
La entrega al prójimo se presupone de un cristiano. Pero durante la jornada hay muchas ocasiones que uno tiene ocasión de dar y no ofrece. Sí, la fe mueve claramente a la acción y exige vivir centrado en el prójimo. Un cristiano debería estar allí donde nadie más es capaz de acudir o donde los otros no quieren estar. Pero el amar, compartir, acompañar y proteger a las demás es una realidad cada vez más caduca. Servicio es una palabra que va desapareciendo paulatinamente del corazón humano pues nuestros propios asuntos nos ahogan y estamos demasiado ocupadas en resolver nuestras necesidades personales y nuestros problemas.
Pero profundizas en el Evangelio y hay cientos de situaciones que te salen al encuentro. En la vida hay numerosos sedientos que aparecen en tu vida, como la Samaritana, pero no tienes manos para ofrecerle un cubo para sacar el agua que sacie su sed. Te encuentras gentes desnudas pero no eres capaz de ofrecerle esa túnica que te sobra. Observas a ese que no cumple los mandamientos o no acude a Misa y tu que eres tan perfecto eres capaz de considerarlo un publicano. Y te encuentras con alguien que está hambriento pero no le das ninguna de tus cinco panes y tus tres peces. Y ves a aquel que regresa a casa, sucio y repleto de harapos, arrepentido de sus acciones, pero tu que eres tan cumplidor en tus vida cristiana, actúas como el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. Y cuando ves a alguien cargando la pesada cruz de la vida cambias de lugar para no ser el Cireneo del Evangelio. O te encuentras a alguien como la mujer adúltera, cargada de la losa del pecado, y no tiras la piedra sino que eres capaz de apedrearle con tus juicios, tus comentarios, tu desprecio o tu indiferencia. O ves a un ciego y no eres capaz de darle la luz que necesita. O a un lisiado y no eres capaz de darle la mano para levantarlo. O a un cojo que ha perdido sus muletas y tu que tienes los pies sanos no eres capaz de ayudarle a caminar con paso firme. O alguien sentado en el último lugar en el banquete de la vida y no eres capaz de invitarle a sentarse en los primeros lugares de la fiesta.
El problema es que para servir hay que amar. Hay que abrir el corazón al prójimo. Has de ir al Emaús de la vida y ver que aquel que camina a tu lado, caminando junto a Ti, es el mismo Cristo. Pero claro, tu vas pensando en lo tuyo, en lo que es aparentemente importante para tu vida, para tu devenir personal, para tu éxito profesional, para tus comodidades y no eres capaz de vislumbrar que quien camina a tu vera no es un otro cualquiera, es el mismo Cristo encarnado en el prójimo.
Por eso, cuando no me doy al otro aplico la máxima tan extendida del no es no, o lo que es lo mismo no me ofrezco porque lo único que me interesa es mi yoísmo.
¡Señor, ayúdame a volver siempre mi mirada hacia el prójimo para que pueda verlo como ves Tu a mi, en su plena dignidad, en sus auténticas necesidades, en su circunstancias personales! ¡Señor, ayúdame a mirar el corazón de mi prójimo y no juzgar sus apariencias sino trascender a lo íntimo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tu mirada profunda para ver al que está a mi lado como un ser amado por Ti en el que Tú estás presente! ¡Concédeme, Señor, la gracia de escuchar cada una de sus necesidades como Tu escuchas y atiendes las mías con amor, ternura, compasión y misericordia! ¡Ayúdame, Señor, a acercarme a su sufrimiento como Tú te acercas cada día al mío! ¡Señor, ayúdame a abrir mi corazón y mi mente al prójimo para tratar de entender qué necesita o qué le sucede, para hacer como Tu que abres el entendimiento para comprender mis necesidades y darle sentido a mi vida! ¡Hazme, Señor, dócil a las necesidades del prójimo para ser capaz de acercarme a él con la misma sencillez y humildad con la que Tu te acercabas al que necesitaba de tu cercanía! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón al prójimo para amarle como Tu le amas!
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