jueves, 10 de agosto de 2017



PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: -Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna (Mc 10,29-30).

Pensamiento franciscano:

El tercer día antes de la muerte de Clara, la testigo estaba sentada junto a su lecho con otras hermanas. Y sin que nadie le hablase, Clara comenzó a encomendar su alma, diciendo así: «Vete en paz, pues tendrás buena escolta; porque el que te creó previó antes que serías santificada; y, después que te creó, infundió en ti el Espíritu Santo; y luego te ha cuidado como la madre a su hijo pequeñito». Y una hermana le preguntó con quién hablaba y a quién decía aquellas palabras, y Clara respondió: «Hablo a mi alma bendita» (Proceso, 11,3). Según Celano, la Santa había añadido: «Tú, Señor, bendito seas porque me creaste» (LCl 46).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre, por Jesucristo, su Hijo, que enriqueció a santa Clara con los dones y carismas del Espíritu Santo.

-Por la Iglesia, siempre en trance de renovación y de reforma: para que sea dócil a los impulsos del Espíritu.

-Por los religiosos y religiosas de vida contemplativa: para que en su vida y en sus obras sean ejemplo atrayente de sabiduría evangélica.

-Por las hijas espirituales de santa Clara: para que permanezcan fieles al carisma de su santa Madre y difundan su perfume donde se encuentren.

-Por toda la Familia Franciscana: para que alienten y no defrauden a quienes buscan a Cristo por el camino de Francisco y de Clara.

-Por los enfermos, los ancianos y los abandonados, los pobres y toda clase de indigentes: para que el ejemplo de Clara les lleve a unir sus sufrimientos a los de Cristo paciente.

Oración: Escucha, Señor, nuestras súplicas, que hoy te presenta santa Clara, abogada e intercesora nuestra. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SANTA CLARA, MODELO DE POBREZA Y HUMILDAD (I)
De la carta de la Conferencia episcopal de Umbría (11-VII-1993)

UNA PRESENCIA ESCONDIDA


Dios nuestro Padre, en su providencia misteriosa y misericordiosa, a principios del siglo XIII, quiso suscitar en su Iglesia, por medio de san Francisco de Asís, una nueva familia religiosa, precisamente «para seguir la pobreza y humildad de su Hijo amado y de su gloriosa Madre la Virgen» (TestCl 46).

En 1212, la noche del domingo de Ramos, Clara escapa de su casa y se dirige rápidamente a la iglesita de Santa María de los Ángeles. Aceptada por Francisco, se consagra a Dios en una vida de pobreza y humildad. Después de un breve período, se enclaustra en San Damián y allí permanece hasta su muerte; cuarenta y dos años de vida escondida, de contemplación y entrega total.

No permanece sola. Pronto la siguen numerosas jóvenes de todas las condiciones sociales; constituyen con ella una nueva familia religiosa que al principio toma el bello nombre de «Hermanas pobres» y seguidamente se convierte en la orden de las Clarisas y se difunde ampliamente en Umbría, en Italia y en el mundo.

UN TESTIMONIO LUMINOSO

Las monjas viven apartadas, pero actúan eficazmente en la Iglesia y en la sociedad con su testimonio. «Clara se escondía, pero todos conocían su vida. Clara permanecía en silencio, pero su fama gritaba». Clara «impregnaba con el perfume de su santidad todo el edificio de la Iglesia» (BulCan 4-5).

La contemplación de Dios y la práctica de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia son signos de existencias humanas que prefiguran y anticipan la vida eterna, la meta última y común de todos los hombres. Aunque esos consejos no son para todos en la modalidad radical de la vida consagrada, indican a todos la dirección hacia la cual es preciso caminar; invitan a seguir a Cristo seriamente, a crecer hacia la perfección de la caridad. Por esta razón, Clara es modelo no sólo para las mujeres que la siguen en la clausura, sino también para quienes han recibido una vocación diferente. Es un «libro de la vida», un «espejo de vida» (BulCan 14), que nos interpela a todos, poniendo en tela de juicio nuestro modo de vivir.

El testimonio de Clara irradia algunos grandes valores, que nuestro tiempo necesita con urgencia: la comunión con Cristo, la pobreza evangélica, la femineidad auténtica, la fraternidad, la serenidad en el sufrimiento, la intercesión por los demás y la atención a la sociedad.

LA COMUNIÓN CON CRISTO

Cristiano es quien ha sido conquistado por Cristo, cree en él, muerto y resucitado, Señor y Salvador, y pertenece a él porque posee su Espíritu. Con él vive una relación de amistad profunda y de comunión y diálogo continuo, de amigo a amigo y en la obediencia a su palabra.

Clara tiene un amor apasionado por Cristo; está completamente arrebatada por su fascinación. Lo ensalza como esposo incomparable: «Su poder es más fuerte, su generosidad mayor, su belleza más seductora, su nombre más dulce, y todo favor suyo más exquisito» (1CtaCl 9); «su amor hace feliz, su contemplación reconforta y su benignidad colma. Su suavidad penetra totalmente al alma, y el recuerdo brilla dulcemente en la memoria» (4CtaCl 11).

Clara vive la oración contemplativa, dejándose transformar «totalmente… en imagen de su divinidad» (3CtaCl 13). Tenía confianza absoluta en su esposo divino, incluso en situaciones dramáticas, como cuando, postrada ante la Eucaristía en el refectorio de San Damián, mientras los sarracenos estaban a la puerta, «con lágrimas habló a su Cristo: -Señor mío, ¿acaso quieres entregar en manos de los paganos a tus siervas indefensas, a las que he educado en tu amor?» (LCl 22). E inmediata y milagrosamente fue escuchada, con la liberación.

Es verdad que «el que sigue a Cristo, hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre» (GS 41).

Clara nos invita a no dejarnos arrollar por el dinamismo exasperado que conduce a vivir con superficialidad y sin pensar, sino a encontrar pausas de silencio, reflexión y oración.

Un poco de clausura hace bien a todos: no por nada Jesús recomendó retirarse a orar en el propio aposento, en secreto, «después de cerrar la puerta» (Mt 6,6). Y, si no es posible la clausura de las paredes, siempre es posible la clausura del corazón y no puede faltar en la vida del cristiano.

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ATIENDE A LA POBREZA, LA HUMILDAD
Y LA CARIDAD DE CRISTO
De la carta IV de Santa Clara
a Santa Inés de Praga (4CtaCl 9-34)

Feliz ciertamente aquella a quien se le concede gozar de este banquete sagrado, para que se adhiera con todas las fibras del corazón a Aquel cuya hermosura admiran sin cesar todos los bienaventurados ejércitos celestiales, cuyo afecto conmueve, cuya contemplación reconforta, cuya benignidad sacia, cuya suavidad colma, cuya memoria ilumina suavemente, a cuyo perfume revivirán los muertos, y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial: Él es el esplendor de la eterna gloria, el reflejo de la luz eterna y el espejo sin mancha.

Mira atentamente a diario este espejo, oh reina, esposa de Jesucristo, y observa sin cesar en él tu rostro, para que así te adornes toda entera, interior y exteriormente, vestida y envuelta de cosas variadas, adornada igualmente con las flores y vestidos de todas las virtudes, como conviene, oh hija y esposa carísima del supremo Rey. Ahora bien, en este espejo resplandece la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como, con la gracia de Dios, podrás contemplar en todo el espejo.

Considera, digo, en el principio de este espejo, la pobreza de Aquel que es puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh asombrosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es acostado en un pesebre. Y en medio del espejo, considera la humildad, al menos la bienaventurada pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que soportó por la redención del género humano. Y al final del mismo espejo, contempla la inefable caridad, por la que quiso padecer en el árbol de la cruz y morir en el mismo del género de muerte más ignominioso de todos.

Por eso, el mismo espejo, puesto en el árbol de la cruz, advertía a los transeúntes lo que se tenía que considerar aquí, diciendo: ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor! (Lam 1,12); respondamos digo, a una sola voz, con un solo espíritu, a quien clama y se lamenta con gemidos: ¡Me acordaré en mi memoria, y mi alma se consumirá dentro de mí! (Lam 3,20). ¡Ojalá, pues, te inflames sin cesar y cada vez más fuertemente en el ardor de esta caridad, oh reina del Rey celestial!

Además, contemplando sus indecibles delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando a causa del deseo y amor extremos de tu corazón, grita: ¡Llévame en pos de ti, correremos al olor de tus perfumes (Cant 1,3), oh esposo celestial! Correré, y no desfalleceré, hasta que me introduzcas en la bodega, hasta que tu izquierda esté debajo de mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente, hasta que me beses con el ósculo felicísimo de tu boca.

Puesta en esta contemplación, recuerda a tu pobrecilla madre, sabiendo que yo he grabado indeleblemente tu feliz recuerdo en la tablilla de mi corazón, teniéndote por la más querida de todas.

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MENSAJE DE JUAN PABLO II A LAS CLARISAS (9-VIII-03)
en el 750 aniversario de la muerte de Santa Clara (III)

Clara estaba convencida de que el amor mutuo edifica la comunidad y produce un crecimiento en la vocación; por eso, en su Testamento exhortaba: «Y amándoos mutuamente en la caridad de Cristo, manifestad externamente, con vuestras obras, el amor que os tenéis internamente, a fin de que, estimuladas las hermanas con este ejemplo, crezcan continuamente en el amor de Dios y en la recíproca caridad» (59-60).

7. Santa Clara percibió este valor de la unidad también en su dimensión más amplia. Por eso, quiso que la comunidad claustral se insertara plenamente en la Iglesia y se arraigara sólidamente en ella con el vínculo de la obediencia y la sumisión filial. Era muy consciente de que la vida de las monjas de clausura debía ser espejo para las demás hermanas llamadas a seguir la misma vocación, así como testimonio luminoso para cuantos vivían en el mundo.

Los cuarenta años que vivió dentro del pequeño monasterio de San Damián no redujeron los horizontes de su corazón, sino que dilataron su fe en la presencia de Dios, que realiza la salvación en la historia. Son conocidos los dos episodios en los que, con la fuerza de su fe en la Eucaristía y con la humildad de la oración, santa Clara obtuvo la liberación de la ciudad de Asís y del monasterio del peligro de una inminente destrucción.

8. No podemos dejar de destacar que a 750 años de la confirmación pontificia, la Regla de santa Clara conserva intacta su fascinación espiritual y su riqueza teológica. La perfecta consonancia de valores humanos y cristianos, y la sabia armonía de ardor contemplativo y de rigor evangélico, la confirman para vosotras, queridas clarisas del tercer milenio, como un camino real que es preciso seguir sin componendas o concesiones al espíritu del mundo.

A cada una de vosotras santa Clara dirige las palabras que dejó a Inés de Praga: «Feliz ciertamente aquella a quien se le concede gozar de este banquete sagrado, para que se adhiera con todas las fibras del corazón a Aquel cuya hermosura admiran sin cesar todos los bienaventurados ejércitos celestiales» (4CtaCl 9-10).

Este centenario os brinda la oportunidad de reflexionar en el carisma típico de vuestra vocación de clarisas. Un carisma que se caracteriza, en primer lugar, por ser una llamada a vivir según la perfección del santo Evangelio, con una clara referencia a Cristo, como único y verdadero programa de vida. ¿No es éste un desafío para los hombres y las mujeres de hoy? Es una propuesta alternativa a la insatisfacción y a la superficialidad del mundo contemporáneo, que a menudo parece haber perdido su identidad, porque ya no percibe que ha sido creado por el amor de Dios y que él lo espera en la comunión sin fin.

Vosotras, queridas clarisas, realizáis el seguimiento del Señor en una dimensión esponsal, renovando el misterio de virginidad fecunda de la Virgen María, Esposa del Espíritu Santo, la mujer perfecta. Ojalá que la presencia de vuestros monasterios totalmente dedicados a la vida contemplativa sea también hoy «memoria del corazón esponsal de la Iglesia» (Verbi Sponsa, 1), llena del ardiente deseo del Espíritu, que implora incesantemente la venida de Cristo Esposo (cf. Ap 22,17).

Ante la necesidad de un renovado compromiso de santidad, santa Clara da también un ejemplo de la pedagogía de la santidad que, alimentándose de una oración incesante, lleva a convertirse en contempladores del rostro de Dios, abriendo de par en par el corazón al Espíritu del Señor, que transforma toda la persona, la mente, el corazón y las acciones, según las exigencias del Evangelio.