sábado, 19 de mayo de 2018

SAN BERNARDINO DE SIENA - EL NOMBRE DE JESÚS, LUZ DE LOS PREDICADORES





SAN BERNARDINO DE SIENA
De la Carta de Su Santidad Juan Pablo II
con ocasión del VI centenario 
del nacimiento de San Bernardino (6-IX-1980)

En Bernardino tenemos delante un modelo acabado de hombre, de religioso, de apóstol, a quien también nuestro tiempo puede mirar para sacar orientación para las oportunas soluciones a tantos problemas que lo agobian.

2. Ante todo el hombre. De mente abierta a la fascinación de la verdad y del bien, vivamente sensible a las sugestiones de la belleza, Bernardino dio prueba de una singular riqueza de cualidades humanas, fundidas entre sí en un equilibrio tan perfecto, que suscitaba la admiración concorde de los contemporáneos. Esta armoniosa personalidad, por lo demás, no fue sólo el fruto de un venturoso concurso de circunstancias casuales. Había en la base un compromiso ascético, al que sostenía una clara visión antropológica.


El hombre es imagen de Dios, proclama Bernardino, guiado por la Biblia. Como tal, debe conformarse a Dios en todas sus acciones, pero sobre todo en las intenciones profundas de su corazón. «Dios ha creado todas las criaturas para el hombre, y al hombre para sí», repite nuestro Santo con Agustín. Sin embargo, aun siendo el más noble de los animales, es también el más ingrato: «¡Grande es la ingratitud y la ignorancia ciega de los hombres! Los demás animales se domestican con los beneficios: sólo los corazones de los hombres se endurecen y se ciegan con los beneficios de Dios».

Por esto el hombre es una criatura que necesita disciplina más que las otras: «Los hombres son incomparablemente más nobles y más valiosos que los demás animales, pero también están más inclinados al mal y son más nocivos por las malas costumbres y perturban mucho más la paz civil; por tanto deben ser vigilados con mayor disciplina, cuidados y frenados por la justicia». Sin embargo, todo esfuerzo humano resultaría inútil sin la ayuda continua de la gracia de Dios, «porque sin su ayuda no se puede hacer resistencia alguna a la batalla del demonio, del mundo y de la carne».

Para fortuna suya, el hombre no está solo en esta lucha: junto a él está Dios, que no se cansa de ofrecerle el apoyo de su mano salvadora: una mano que, si a veces hiere, sin embargo siempre está movida por el amor.

Este es, en sustancia, el mensaje que Bernardino propone a sus oyentes, articulando su contenido según las exigencias específicas de las diversas clases. Se dirige a los casados, a los jóvenes, a los adolescentes y a los niños, a los mercaderes, a los estudiantes, a los gobernantes, a los súbditos, a los laicos y al clero. Habla tomando sus pensamientos de la Sagrada Escritura, de los ejemplos de los Santos, de los dichos de los poetas: teólogos y juristas, filósofos y artistas están siempre en sus labios, como testimonio del largo aprendizaje que tuvo para prepararse al ministerio de la predicación.

3. De no menor interés es el testimonio que Bernardino nos ofrece como religioso. A los 22 años, después de una experiencia de compromiso social y caritativo con otros pocos jóvenes de Siena, durante la peste que estaba despoblando la ciudad, pidió ingresar en los Hermanos Menores. Eligió el grupo que estaba ya renovando la Orden, con el retorno a la observancia rígida y austera. Lo mismo que de seglar había estimulado a los amigos a las obras de caridad y de heroica asistencia social, así también como religioso supo infundir en los hermanos el ardor de su celo en seguir las huellas del «Poverello» por el camino del radicalismo evangélico. La fascinación de su personalidad conquistaba a cuantos se le acercaban. Cuanto más clara era la presentación que hacía de las exigencias austeras de la regla, tanto mayor era el fervor con que corrían tras el maestro, con el deseo de emular sus virtudes. De este modo el movimiento de la observancia, que comenzó con los hermanos laicos, se convierte con San Bernardino en una nueva fuerza de espiritualidad y de cultura.

5. Bernardino de Siena permanece en la historia de la predicación, de la teología y de la ascética sobre todo como apóstol del Nombre de Jesús. Profundamente afectado por la advertencia de Cristo: «Lo que pidiereis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (Jn 14,13), no se cansa de hacerse eco de ella: pedir al Padre en el nombre del Hijo es reconocer el designio de Dios, que ha querido servirse del Verbo encarnado para salvarnos. Nosotros podemos y debemos santificarnos por medio de la invocación del Hijo, cuya mediación nos abre el camino de acceso al Padre. El nombre de Cristo, pues, significa misericordia para los pecadores, fuerza para vencer en la lucha, salud para los enfermos, alegría y exultación para quien lo invoca con devoción en las diversas circunstancias de la vida, gloria y honor para cuantos creen en Él, conversión de la tibieza al fervor de la caridad, certidumbre de ser escuchado quien lo invoca, dulzura para quien lo medita devotamente, suavidad inebriante para quien penetra su misterio en la contemplación, fecundidad de méritos para quien todavía es peregrino, glorificación y bienaventuranza para quien ya ha llegado a la meta.

6. Tema fundamental de la predicación de nuestro Santo fue también la devoción a la Virgen María, considerada sobre todo como Madre de Dios y Mediadora de perdón y de gracia. San Bernardino medita y saborea las páginas del Evangelio que hablan de la Virgen, conmemora sus fiestas, comenta sus títulos, ilustra sus misterios, comenzando por el de su Inmaculada Concepción, hasta el de su gloriosa Asunción al cielo.

Los ejemplos de la vida de la Virgen le ofrecen el punto de partida para nuevas aplicaciones morales, que propone a las varias clases de personas, pero en particular a los jóvenes y a las muchachas, con tal fervor de sentimientos y con tal vivacidad de palabras y de imágenes, que suscita la adhesión entusiasta del auditorio. A todos pide con insistencia que recurran confiadamente a la materna intercesión de María, cuya palabra puede tanto sobre el corazón de Dios: «Pidámosle, pues, a Ella que ruegue a su dulce Hijo Jesús para que, por sus méritos, nos dé la gracia en este mundo, para que después en el otro nos dé la gloria infinita».

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EL NOMBRE DE JESÚS, LUZ DE LOS PREDICADORES
Del "Quadragesimale" de San Bernardino de Siena

El nombre de Jesús es la luz de los predicadores, pues es su resplandor el que hace anunciar y oír su palabra. ¿Por qué crees que se extendió tan rápidamente y con tanta fuerza la fe por el mundo entero, sino por la predicación del nombre de Jesús? ¿No ha sido por esta luz y por el gusto de este nombre como nos llamó Dios a su luz maravillosa? Iluminados todos y viendo ya la luz en esta luz, puede decirnos el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; caminad como hijos de la luz.

Es preciso predicar este nombre para que resplandezca y no quede oculto. Pero no debe ser predicado con el corazón impuro o la boca manchada, sino que hay que guardarlo y exponerlo en un vaso elegido. Por esto dice el Señor, refiriéndose al Apóstol: Ese hombre es un vaso elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos, reyes, y a los israelitas. Un vaso -dice- elegido por mí, como aquellos vasos elegidos en que se expone a la venta una bebida de agradable sabor, para que el brillo y esplendor del recipiente invite a beber de ella; para dar a conocer -dice- mi nombre.

Pues igual que con el fuego se limpian los campos, se consumen los hierbajos, las zarzas y las espinas inútiles, e igual también que cuando sale el sol se disipan las tinieblas, huyen los ladrones, los atracadores y los que andan errantes por la noche, así también, cuando hablaba Pablo a la gente, era como el fragor de un trueno, o como un incendio crepitante, o como el sol que de pronto brilla con más claridad; y, terminada la incredulidad, lucía la verdad y desaparecía el error, como la cera que se derrite en el fuego.

Pablo hablaba del nombre de Jesús en sus cartas, en sus milagros y ejemplos. Alababa y bendecía el nombre de Jesús.

El Apóstol llevaba este nombre, como una luz, a pueblos, reyes y a los israelitas, y con él iluminaba las naciones, proclamando por doquier aquellas palabras: La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Mostraba a todos la lámpara que arde y que ilumina sobre el candelero, anunciando en todo lugar a Jesús, y éste crucificado.

Por eso la Iglesia, esposa de Cristo, basándose en el testimonio de Pablo, salta de júbilo con el Profeta, diciendo: Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas, es decir, siempre. El Profeta exhorta igualmente en este sentido: Cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su salvación, es decir, Jesús, el Salvador que él ha enviado.

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