lunes, 30 de abril de 2018

Esclavos de nuestras máscaras

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En el mundo actual las apariencias forman parte de nuestra vida. Estamos llenos de máscaras y nos volvemos esclavos de ellas. La mayor parte de las veces para ser aceptados socialmente o para complacer a los demás. También para evitar que nos hagan daño o para protegernos de los que nos provocan dolor. Y, así, nuestra vida comienza a ser artificial, poco auténtica, más pensada en los demás que en nosotros mismos. “Si quieres impresionar, ten siempre una buena apariencia”, decía el director de recursos humanos de una empresa en la que trabajaba hasta el punto que daba incluso sesiones de cómo comportarse, cómo vestirse y cómo hablar en los diversos ambientes con la única excusa de ofrecer una buena imagen no tanto personal sino de la empresa.
Las máscaras no reflejan nuestro yo; y el peso de llevar una máscara en todo sitio y lugar produce pesadumbre e insastifacción. Pese a que el mundo actual establece que la imagen lo es todo, la realidad no es la misma cuando se trata de nuestra relación con Dios. No existe nada que podamos esconder a Dios de nuestra imagen y apariencia. Dios todo lo sabe de nosotros y Dios todo lo ve de nosotros. Y es en la intimidad de la oración donde podemos desnudar nuestra alma, desprendernos de nuestras máscaras, donde no caben las apariencias porque entramos en un trato de familiaridad e intimidad con Él.

La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital el no tener que colocarse la máscara cada día para fingir lo que no se es!

¡Señor, cuánto te agradezco que aceptes mi debilidad aún sabiendo cuáles son mis carencias! ¡Señor, ayúdame a ser sincero y auténtico para tener cada día la posibilidad real de tener un encuentro de amor contigo. Tú sabes que trato de ser fiel a mi fe, que confío en tu providencia y misericordia, y que te amo con todo mi corazón. Envía tu Espíritu Santo para que ilumine y guíe siempre mi oración! ¡Espíritu Santo dame el don de la inteligencia y la sabiduría para saber interpretar todos los acontecimientos de mi vida, comprender cuál es la voluntad de Dios y no la mía! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ser siempre auténtico, a no esconderme detrás de un yo ficticio que me genera frustraciones y ayúdame también a ser como Dios quiere que sea! ¡Señor, Tu me conoces mejor que nadie, Tu me aceptas con mis fallos y mis virtudes, Tu que eres la infinita misericordia, ayúdame a ser siempre auténtico, a liberarme de esas máscaras que me alejan de Ti y de los demás y no permitas que mi ego, mi soberbia, mis vicios, mi materialismo, mi vanidad, mis rencores y mis penurias me alejen de Ti! ¡María, Señora de las grandes virtudes, ayúdame a vivir tu misma autenticidad Tu que viviste momentos de gran turbación y diste un fiat lleno de amor a Dios!

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