domingo, 6 de agosto de 2017

La Gloria del Tabor



LA GLORIA DEL TABOR

Por Antonio García-Moreno

1.- “Seguía yo mirando en la visión nocturna…” (Dn 7, 13) Nos refiere el profeta Daniel que en el año primero de Baltasar tuvo un sueño, que luego puso por escrito. Habla de cuatro terribles fieras que hacían grandes daños. También contempló a un anciano, sentado en un trono radiante ante el que servían millares de millares, y millones de millones. Las bestias fueron aniquiladas y arrojadas al fuego. Se habla también de los libros que fueron abiertos ante el tribunal. Son alusiones al triunfo de Dios y del juicio universal.

En este encuadre aparece en medio de la noche la visión del Hijo del hombre que llega sobre las nubes del cielo y es presentado ante el trono. El Anciano de muchos días lo recibe y le entrega “el señorío, la gloria y el imperio”. Ante él se postrarán todos los pueblos. Estas visiones son augurios sobre la figura de Jesucristo que, en más de una ocasión, alude a su condición de Hijo del hombre. Un título cristológico de gran riqueza teológica, que Jesús no duda en aplicarlo a sí mismo. De esa forma anunciaba su condición mesiánica. El mismo Jesús dirá que se la ha da todo poder en el Cielo. Por otro lado este título expresa la doble naturaleza divina y humana de Cristo, siendo hombre y Dios al mismo tiempo, hijo de Santa María y de Dios padre. El Verbo eterno hecho carne efímera.

2.- “…Como quienes han sido testigos oculares de su majestad” (2 P 1, 16) Pedro era consciente de la misión que Cristo le encomendó. Llevaba clavada en el alma aquella escena a la orilla del lago, cuando Jesús le pregunta dos veces si le ama y una si le quiere. Parecía que Jesús dudase de su amor y entrega. Era un recuerdo doloroso, pero al mismo tiempo gozoso. Era cierto que él había renegado de Cristo, pero fue perdonado y, además, recuperó la primacía del Colegio apostólico... Pasaron varios años, la Iglesia estaba ya implantada y en una fase de crecimiento. Habían surgido las primeras desviaciones, aquellos primeros brotes de teorías extrañas de interpretaciones desviadas, poniendo en duda diversas cuestiones. El que había sido elegido como piedra de fundamento, para la solidez del edificio de la Iglesia, actuará con fortaleza y hablará con claridad.

En efecto, Pedro afirma con energía que cuanto se narra en el Evangelio no es producto de fábulas o invenciones humanas. El contempló en el Tabor el esplendor deslumbrante del rostro de Cristo. Escuchó la voz del Padre aquellas palabras que nunca olvidaría y que le van a fortalecer siempre en el amor a Cristo, también cuando le llegue su personal pasión y muerte, cuando sea encarcelado y venga el momento en que, como le dijo el Señor otro le llevará donde no quiera, atadas las manos para ser crucificado boca abajo en el Gianícolo... Muy cerca, en la colina vaticana, le sepultaron y, desde entonces, su sepulcro ha sido el centro de la Iglesia católica y romana.

3.- El Tabor se alza en la llanura de Galilea con menos de quinientos metros desde su base. Es uno de los recuerdos gratos y emocionantes del peregrinaje a Tierra Santa. Grato por la amplía y sugerente panorámica que se divisa desde la cima, y recuerdo emocionante por el riesgo de subir y bajar por esos taxis, cuyo conductores árabes son tan buenos peritos al volante, como audaces y osados al tomar las curvas...

En la altura y la soledad hay silencio, un aire limpio y un sol claro. Hay, sobre todo, una atmósfera de cercanía e intimidad con Dios. Allí se palpa y se ve la grandiosidad y la belleza del Señor. Que bien se está aquí, piensa más de uno... Silencio, soledad, amplio horizonte, aire puro, circunstancias que podemos buscar y encontrar en nuestros campos y bosques, junto a nuestras riberas y orillas. Paz en el alma, donde casi se nota el roce de Dios. Basta con callar y mirar, sobre todo hacia dentro... Madre mía, gracias, por mostrarnos de vez en cuando un retazo de la gloria del Tabor...