jueves, 23 de febrero de 2023

HACIA DIOS POR LA PENITENCIA (V) por Kajetan Esser, OFM

 


HACIA DIOS POR LA PENITENCIA (V)
por Kajetan Esser, OFM

Vida «sin nada propio» (II)

Evidentemente, el camino que lleva a la experiencia de Dios pasa por la penitencia. Difícilmente podríamos expresarnos mejor que el mismo Francisco: «Dichosos los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Son verdaderamente de corazón limpio los que desprecian lo terreno, buscan lo celestial y nunca dejan de adorar y contemplar al Señor Dios vivo y verdadero con corazón y ánimo limpio» (Adm 16). «Dijo Francisco una vez que el clérigo encumbrado, cuando venía a la orden, debía renunciar, en cierto modo, a la ciencia misma, para ofrecerse, expropiado de esa posesión, desnudo en los brazos del Crucificado... Quisiera que el hombre de letras me hiciese esta demanda de admisión: "Hermano, mira que he vivido por mucho tiempo en el siglo y no he conocido bien a mi Dios"» (2 Cel 194). Sólo después que se haya apartado de todo bien propio, comenzará a conocer en verdad a Dios, a amarlo y servirlo.

Toda esta doctrina de san Francisco patentiza en qué medida «la vida sin nada propio» es condición elemental para el verdadero conocimiento y percepción del amor de Dios. ¿Cómo concretizar todo ello en la vida? Nos lo explicará seguidamente: «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Hay muchos que permanecen constantes en la oración y en los divinos oficios y hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero por sola una palabra que parece ser injuriosa para sus cuerpos y por cualquier cosa que se les quite, se escandalizan y en seguida se alteran. Estos tales no son pobres de espíritu» (Adm 14).

La vida de penitencia está expuesta en la práctica a un peligro que Francisco señala con claridad: el de convertir las obras de penitencia y mortificación en propiedad personal, negando a Dios el servicio que le corresponde y rindiendo culto al propio «yo». Al analizar detalladamente este proceso, Francisco se revela buen conocedor de hombres y almas: «La carne es el mayor enemigo del hombre: no sabe recapacitar nada para dolerse; no sabe prever para temer; su afán es abusar de lo presente. Y lo que es peor -añadía-, usurpa como de su dominio, atribuye a gloria suya los dones otorgados al alma, que no a ella; los elogios que las gentes tributan a las virtudes, la admiración que dedican a las vigilias y oraciones, los acapara para sí; y ya, para no dejar nada al alma, reclama el óbolo por las lágrimas» (2 Cel 134). Bien desenmascarada queda aquí la espiritualidad egoísta, que se complace en sí misma, «la piedad carnal», como la llama Francisco: «El espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho por tener palabras, pero poco por tener obras, y busca no la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres» (1 R 17,11-12).

En todas estas formas no figura el «vivir sin nada propio» como protección de la vida en penitencia; lo que en ellas se busca es «apropiarse», y no la gloria de Dios. «Restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos, y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, posea, a Él se le tributen y Él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las acciones de gracias y la gloria; suyo es todo bien; sólo Él es bueno» (1 R 17,17-18). Así, pues, sólo una actitud real de pobreza y un espíritu de agradecimiento consigue devolver a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21), armonizando de esa manera la colaboración humana y la acción salvadora de Dios. Queda así superado todo tipo de espiritualidad voluntarista.

Francisco alude luego a otra forma del espíritu de propiedad: «Guárdense de mostrarse tristes exteriormente o hipócritamente ceñudos; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor y alegres y debidamente agradables» (1 R 7,16). La vida en penitencia y propia negación lleva consigo el peligro de buscar fachadas exteriores (Mt 6,1-18); en cuanto se presta atención a lo exterior, inmediatamente amenaza el peligro de inautenticidad e hipocresía. Tratará por eso a toda costa de preservar de él a sus hermanos. Deben procurar mantener siempre en ellos el gozo del Espíritu, siguiendo el camino de la penitencia en perfecta alegría (Adm 5). En este toque de atención queda patentizada la originalidad verdaderamente evangélica de la doctrina de san Francisco sobre la penitencia.

[K. Esser, Temas espirituales. Oñate 1980, pp. 57-59


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