
Hoy contemplaremos los misterios luminosos. Toda la vida de Cristo es luminosa, porque la luz es ante todo un atributo de Dios y Jesús es “la luz del mundo” (Jn 9,5), , la Luz que nos visita de lo Alto (cf Lc 1, 78), la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf Jn. 1, ). Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: en los misterios luminosos Jesucristo se muestra como revelador definitivo de Dios al anunciar el Evangelio del Reino, como lámpara que brilla en las tinieblas y alumbra con singular fulgor las conciencias de los hombres.
Leemos en la Carta Apostólica del Santo Padre: “Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. el anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. la institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual” (RVM 21). Hagamos unas sencillas reflexiones sobre estos misterios, primero mediante una meditación del mismo, y luego indicando brevemente cómo el misterio ilumina la vida presente del cristiano y de todo hombre de buena voluntad.
PROFUNDIZAMOS
Al introducir en la estructura del rosario los misterios luminosos, Juan Pablo II, además de innovar una práctica tradicional de devoción cristiana, ha subrayado uno de los aspectos más nobles y grandiosos de su pontificado: la centralidad de Jesucristo en la teología y espiritualidad, al igual que en la praxis de la vida cristiana. Ha dado, además, forma concreta y original a la estrecha relación que existe entre la vida de Jesús y de María, entre el Evangelio y el Rosario, entre la contemplación del rostro de Cristo por María y, con Ella, por nosotros los cristianos. entre la alabanza a María santísima y la gloria eterna de la Trinidad adorable. El Rosario, “una oración tan fácil y al mismo tiempo tan rica” (RVM 43), constituye un magnífico servicio a la nueva evangelización, a fin de que “el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial” y “el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura” (NMI 29). El Rosario deja tras de sí una estela luminosa de Evangelio, que guía a millones de hombres y mujeres hacia Jesucristo y hacia la santa y adorable Trinidad.
(L’Osservatore romano, edición española)
LOS MISTERIOS LUMINOSOS HOY
Al meditar con los Misterios luminosos del Rosario, nos detenemos en el cuarto misterio para dar luz a nuestra vida. La Transfiguración del Señor es el Misterio de luz por excelencia La gloria de la divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo “escuchen” (cf Lc 9, 35 par) y se dispongan a vivir con él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo”
¡Experimentar a Dios contemplando a Jesús de Nazaret!, he aquí un programa de vida para todo cristiano. Una contemplación del rostro transfigurado de Cristo que brilla en tantos niños inocentes, en tantas miradas luminosas y puras, en tantos cristianos santos, auténticos luceros en el firmamento de la humanidad. Una contemplación que nos hace experimentar la presencia, la cercanía, la belleza y la misma santidad de nuestro Dios. ¡Cuánta luz hay en nuestro mundo, entre las personas que nos rodean, y a veces no la vemos!
Pero el resplandor de Jesucristo en el Tabor está estrechamente unido en el texto evangélico a la transfiguración del Gólgota, tan diversa, tan conmovedora, tan inolvidable. Por eso, no podemos dejar de contemplar el Cristo transfigurado en los rostros macilentos y deplorables de un drogadicto, de un enfermo de sida, de un niño consumido por el hambre, de un hombre destruido por la calumnia y la perversidad de sus semejantes. La transfiguración del Gólgota es la otra cara de la transfiguración del Tabor. Y Cristo hoy sigue transfigurándose ante los hombres en la cumbre de ambas montañas, e iluminándonos como una lámpara colocada sobre un candelero (cf Mt 5, 15)
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