domingo, 23 de julio de 2017

«Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!»

Orar con el corazon abierto

ORAR CON EL CORAZÓN ABIERTO
Meditaciones diarias para un sincero diálogo con Dios

Santa María Magdalena, una de las discípulas más fieles de Jesús, tuvo el privilegio de que el Señor la escogió para convertirse en testigo de su Resurrección. Ella la anunció a los apóstoles. Es, también, ejemplo de auténtica evangelizadora que anuncia, con decisión, el gran mensaje de la Pascua.
Con frecuencia me pregunto si mi fe fuese más firma y viva, si realmente conociera esa bondad infinita del Señor, si la conociera como lo hizo María Magdalena, seguramente mi confianza por Jesús sería ilimitada, infinita, valiente y viva. Lo cierto es que Cristo ha hecho por mí —en realidad por cualquier ser humano— lo mismo que hizo con la Magdalena. Lo mismo. Nació en un pobre pesebre de Belén, en el frío y el silencio de la noche; en el seno de una familia humilde obligada a huir a Egipto; viviendo durante años una vida anónima con las pesadas cargas del trabajo cotidiano; con años de predicación agotadores, llenos de sufrimiento y alimentado con el polvo del camino, enfrentado a muchos por las verdades que anunciaba; con una cruenta Pasión por la rabia y la envidia de sus enemigos y una dramática muerte en la Cruz, vergüenza y locura según el prisma desde el que se mire. Pero todo ello tenía un fin: abrirme el camino hacia la vida eterna.

El encuentro con la Magdalena al tercer día de su Resurrección, ese encuentro personal, lo puedo tener yo cada día con el Señor. En la oración y en la Eucaristía. Jesús se hace diariamente manjar para mi corazón. Es el gran milagro del amor de Cristo por el ser humano. Y ahora me pregunto: ¿No basta con este milagro cotidiano para creer en su amor y su misericordia infinitas? ¿Por qué este gesto trascendente no me es suficiente para dejarme conquistar por su confianza? ¿Por qué soy tan incrédulo como Tomás que necesito poner los dedos en las llagas de su costado y menos confiado que la Magdalena que corrió al sepulcro convencida del milagro de la Resurrección?
María Magdalena, mujer de corazón abierto, supo desde el primer encuentro con Jesús lo mucho que había hecho por ella. Yo también lo podría repetir cada día: «Señor, ¡cuánto has hecho y haces por mí!». Esto es, de por sí, un gran acto de confianza. Eso es lo que desea escuchar de mi corazón, como lo escuchó de la Magdalena. Por eso no debo temer nunca hablar al Señor de amor. ¡Jesús ha actuado así para conquistar plenamente mi corazón! ¡Desea inundarlo de Su amor para arrojar de su interior mi amor propio! Por eso hoy, en esta festividad de santa María Magdalena, quiero decirle al Señor que lo amo con locura aunque por mi frialdad, mi orgullo, mi soberbia y mi autosuficiencia mi amor por Él no sea perfecto. Que deseo besar sus pies, bañarlos con mis lágrimas y limpiarlos con mis cabellos. Es decir, abandonar mi vida en Jesús, con confianza plena.

Orar con el corazon abierto

¡Señor, concédeme la gracia de ser como María Magdalena, esperanza de los cristianos y auténtica valedora de la confianza del pecador! ¡En un día como hoy te pido Santa María Magdalena que escuches mis ruegos para que intercedas ante Dios para que me otorgue la gracia de la serenidad de espíritu, la humildad, la sencillas y el arrepentimiento sincero de mis pecados! ¡Como tu hiciste, María Magdalena, que mi vida esté llena del amor a Jesús y tome conciencia de que no debo nunca más pecar! ¡Señor, tócame con tu misericordia como tocaste a María Magdalena; hazme fiel a ti como lo fue ella, coherente con su vida después del arrepentimiento como lo fue ella y aceptador de su santa voluntad como lo hizo ella! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser contemplativa como María Magdalena, y ser capaz de reconocer siempre al Señor en mi vida para exclamar como ella aquello tan hermoso de «¡Maestro!»! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de ser ejemplo para los demás como lo fue la Magdalena que no se amilanó por sus pecados pasados ni por las opiniones de los que le rodeaban! ¡Ayúdame a que crea siempre en las promesas de Jesús como lo hizo ella y ser testigo de la Resurrección de Cristo en esta sociedad que tanto necesita de su presencia! ¡Envíame, Señor, como hiciste con María Magdalena a anunciar tu Buena Nueva a mis hermanos! ¡Y, Señor, ante los tantos defectos de mi carácter, dame la audacia de ponerme a tus pies y pedirte que se realice en mi la nueva creación como hiciste con María Magdalena!