viernes, 14 de julio de 2017

Memoria de María Reina, 22 de agosto 21/08/2014

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María es recibida por su Hijo
El divino Esposo ya estaba pronto a venir para conducirla con él al reino bienaventurado… Ella siente en el corazón un gozo inenarrable por su cercanía, que la colma de una nueva e indecible dulzura. Los apóstoles, viendo que María ya estaba para emigrar de esta tierra, llorando sin consuelo le pedían su especial bendición y le suplicaban que no los olvidara; todos se sentían traspasados de dolor al tener que separarse para siempre en este mundo de su amada Señora. Y ella, la Madre amantísima, a todos y a cada uno los consolaba garantizándoles sus cuidados maternales, los bendecía con su amor del todo especial y los animaba para que siguieran trabajando en la conversión del mundo.
Se dirigió de modo muy particular a san Pedro como cabeza visible de la Iglesia y vicario de su Hijo; a él le recomendó encarecidamente la propagación de la fe, asegurándole su privilegiada protección desde el cielo. Se dirigió con todo su cariño maternal a san Juan, quien como ninguno sufría el dolor de la separación de su Madre santísima. Y recordándole la agradecida Señora el afecto y las atenciones con el que santo discípulo la había cuidado todos aquellos años después de la muerte de su Hijo, le habló así con mucha ternura: “Juan, hijo mío, cómo te agradezco tus cuidados constantes. Bien sabes que te lo seguiré agradeciendo en el cielo. Si ahora te dejo es para rogar mejor por ti. Sigue viviendo lleno de paz hasta que nos encontremos en el paraíso, donde te espero. Ya sé que no te olvidarás de mí; en todas tus necesidades llámame para que venga en tu ayuda, que yo no puedo olvidarme jamás de ti, amado hijo. Te bendigo, hijo mío, y mi bendición te acompañará siempre: que tengas paz, adiós”.
Ya están los ángeles prontos para acompañarla en triunfo al entrar en la gloria. Mucho la consolaban estos santos espíritus, pero no del todo, no viendo aparecer aun a su amado Jesús, que era el amor absoluto de su corazón. Por eso repetía a los ángeles que venían a reverenciarla: “Os conjuro, hijas de Jerusalén, que si veis a mi amado le digáis que desfallezco de amor” (Ct 5, 8); ángeles santos, hermosos moradores de la Jerusalén del cielo, venís con delicadeza a consolarme con vuestra presencia y os lo agradezco; pero entre todos no me consoláis del todo porque aún no veo a mi amado Hijo que venga a hacerme feliz; id al paraíso si tanto me queréis y decid de mi parte a mi Amado que me desmayo de amor. Decidle que venga presto porque me siento desfallecer por las ansias de verlo.

Al fin Jesús llega a recoger a su Madre para llevarla consigo al paraíso. Se refiere en las revelaciones a santa Isabel que el Hijo se apareció a María con la cruz para demostrarle la gloria especial que le correspondía a ella por la redención lograda con su muerte, de modo que por los siglos sin fin ella había de honrarlo más que todos los hombres y ángeles juntos. San Juan Damasceno refiere que el mismo Jesús se le dio en comunión, diciéndole lleno de amor: Recibe, madre mía, por mis manos este cuerpo que tú me has dado. Y habiendo recibido con los mayores transportes de amor aquella última comunión, oró así: Hijo, en tus manos encomiendo mi espíritu; te entrego esta alma que tú creaste tan enriquecida de gracias desde el principio, preservada de toda culpa por pura bondad tuya. Te encomiendo mi cuerpo, del que te dignaste recibir la carne y la sangre. Te encomiendo también estos amados hijos que quedan afligidos por mi partida; consuélalos tú que los amas infinitamente más que yo, bendícelos y dales las fuerzas para realizar maravillas para tu gloria”.
San Alfonso M. de Ligorio
Las glorias de María
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Si el sacerdote puede ser definido en cierto sentido por la necesidad que otros hombres tienen de su acción santificadora en el mundo, esto es menos ostensiblemente verdadero tratándose del monje. Porque aunque es cierto que la presencia de cada hombre santo en el mundo ejerce un efecto santificador, el monje no existe precisamente para que los demás puedan santificarse.
He ahí por qué sería un error creer que la esencia de la vocación monástica sea la oración pública. El monje, ciertamente, ora por los demás hombres y por toda la Iglesia. Pero esa no es toda ni la única razón de su existencia. Todavía se justifica menos la existencia del monje por la enseñanza, el oficio de escritor, o el estudio de las Escrituras o del canto gregoriano, ni por sus labores agrícolas o ganaderas. Hay muchísimas vacas en el mundo sin monjes que las pastoreen.
Es cierto que la vocación monástica da testimonio de la trascendencia infinita de Dios, porque proclama ante el mundo entero que Dios tiene derecho de llamar aparte a algunos hombres para que puedan vivir para Él solo. Pero al entrar en el monasterio el monje debe pensar en algo más que esto. Ciertamente no sería bueno para él estar demasiado consciente del hecho de que su sacrificio pueda todavía tener algún significado para los otros hombres. Si permanece demasiado tiempo pensando en que el mundo le recuerda, esa misma conciencia restablecerá los lazos que se supone han sido cortados para siempre. Porque la esencia de la vocación monástica consiste precisamente en un dejar el mundo y todos sus deseos, ambiciones y preocupaciones, para vivir, no solamente para Dios, sino por Él y en Él, y no por unos pocos años sino para siempre.
Lo que más verdaderamente constituye la esencia del monje es esa ruptura irrevocable con el mundo y con todo lo que éste contiene, a fin de buscar a Dios en la soledad.
El mundo mismo está aún más pronto a comprender esta verdad que el monje que permite que su vocación se empañe con concesiones al espíritu mundano. Los primeros en condenar el monasterio inficionado de mundanería son aquellos que, en el mundo, son los menos monásticos;  porque aún los que han abandonado la religión retienen a menudo una idea elevada y exacta de la perfección religiosa. San Benito vio que era asunto de importancia primordial para el monje “hacerse extraño a las manera de este mundo”. Pero al establecer este principio, el Padre del monasticismo de Occidente no estaba pensando simplemente en la edificación pública: pensaba en la necesidad más urgente del alma del propio monje.
Thomas  Merton, Los hombres no islas