sábado, 15 de julio de 2017

La perla del dolor

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La perla del dolor
Dijo una ostra a otra ostra vecina suya: “Siento un gran dolor dentro de mí. Siento que todo es pesado y redondo y sufro mucho”.

Y la otra ostra respondió, con altanera lástima “Gracias a los cielos y al mar, yo no siento ningún dolor dentro de mí. Estoy bien, y sana por dentro y por fuera”.

En aquel momento un cangrejo pasaba por ahí y oyó a las dos ostras, y dijo a la que estaba bien por dentro y por fuera: “Sí; tú estás sana del todo; pero el dolor que soporta tu vecina es una perla de extraordinaria hermosura”.

G.J.Gibrán
NHay muchas clases de dolores, los hay superficiales y existen otros profundos y pesados; aunque no podemos medir ni el gozo ni el dolor, posiblemente uno de los más grandes y terribles sea la pérdida de un ser querido: la madre, un hijo, un amigo.


En esos momentos especiales, en que se junta el cielo y la tierra y todo se torna gris, las palabras humanas no logran ni comunicar la pena, ni arrancar el sufrimiento. Frente a la muerte, sobran todos los argumentos y consideraciones. Es entonces cuando hay que armarse de fe, paciencia y esperar a que el llanto vaya lavando y sanando las heridas causadas por una separación del ser amado.

Solamente la fe en Jesucristo es capaz de dar el consuelo que se busca, de descubrirnos, de alguna forma, como cada “dolor se puede convertir en una perla de extraordinaria hermosura”. Hemos nacido para encontrarnos con el Señor y la muerte es el paso indispensable para que se produzca ese dulce encuentro. Somos ciudadanos del cielo y estamos llamados a vivir eternamente; la muerte nos libera de todas las ataduras con lo terreno y nos permite estar en compañía del Padre y todos los que nos precedieron en la misma fe.

Igmar Bergmann, en la película “Gritos y Susurros”, nos presenta esta bellísima oración en el momento de la despedida de Agnes: “Hermana mía cuando estés junto a Dios, acuérdate de nosotros que aún peregrinamos en este mundo y necesitamos de la luz de Dios en nuestro caminar”. Cada ser querido desaparecido nos pide que no nos abracemos a nuestra pena, que acojamos la luz del Señor, que no lo creamos muerto; el está vivo y desea que nosotros tengamos fe y vivamos a plenitud

“Yo soy la resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. (Jn 11.25)
Para ver el Blog del P. Eusebio: http://lafuentequemana.blogspot.com/