domingo, 1 de agosto de 2021

San Alfonso María de Ligorio 1 de Agosto

 


San Alfonso María de Ligorio 1 de Agosto

(† 1787)

 

Nace en Marianella de Nápoles en 1696. Primer vástago de don José de Ligorio y doña Ana Cavalieri, de vieja sangre napolitana. Desde su misma cuna lleva el signo y la misión de su vida. "Este niño llegará a viejo, será obispo y realizará grandes obras por Jesucristo", profetizó de él un santo misionero.

La instrucción y formación de Alfonso es la del noble de su siglo. A los siete años estudia humanidades clásicas. A los doce se matricula en la universidad. A los dieciséis es revestido con la toga de doctor en ambos Derechos. Completan su formación el estudio de las lenguas modernas, la esgrima y las artes, particularmente la música y pintura, que más tarde pondrá al servicio del apostolado. Alfonso encarna el joven noble del siglo, educado para vivir, disfrutar y triunfar en el mundo. Hay en sus obras y vida pasajes que recuerdan este aspecto mundano de su formación. El Santo nos dirá "que en todo esto no hacía más que obedecer a su padre".

La formación religiosa y moral de la niñez y adolescencia la comparten su padre, que le da la seguridad y tenacidad de ideas, la fuerza de la voluntad; su madre, de la cual hereda su exquisita sensibilidad, y el Oratorio de los nobles de San Felipe Neri. Aquí ingresa a los nueve años, haciendo la comunión al año siguiente. Aquí encuentra el ambiente propicio y un director para sus años de adolescente en la persona del padre Pagano. "Cuando un seglar me pregunta cómo se ha de santificar en el mundo, le respondo: Hazte congregante y cumple con la Congregación", escribirá siendo misionero y recordando los años pasados en la Congregación de nobles y de doctores.

Los años que corren entre los dieciséis y veintiséis (1713,1723) marcan su decenio más interesante y crucial. Alfonso entra de lleno en el mundo. Después de tres años de ampliación de estudios empieza su vida de abogado y va conquistando distinguida clientela. Frecuenta el teatro y los salones. Su padre ha creído llegada la hora de casarlo con la hija de los príncipes de Presicio. Es un partido ventajoso que propone a Alfonso mientras éste se mantiene entre indiferente y "lunático". Sigue una vida de sociedad intensa, querida y mantenida por su padre. Todavía vuelve éste a la carga, presentándole ahora la hija de los duques de Presenzzano. Ha decidido encumbrar a su hijo Alfonso, con la gloria de la sangre y de la nobleza. No lo conseguirá Alfonso había vencido por primera vez.

Todo este mundo napolitano, paraíso de diablos, como le llamó un turista de la época, no hizo cambiar en nada la vida de piedad de Alfonso. Nos dice él que, gracias a la visita al Santísimo, pudo dejar el mundo. Jesús sacramentado le enseñó la vanidad de las cosas. "Créeme, todo es locura: festines, comedias, conversaciones..., tales son los bienes del mundo. Cree a quien de ello tiene experiencia y llora su desengaño". Todos los años practica los ejercicios espirituales en completo retiro. Recordará siempre los ejercicios del año 1722, en que el padre Cútica presenta ante los ejercitantes un cuadro impresionante de Cristo crucificado en el que aparecen impresas las manos de un condenado. Frecuenta asiduamente la Congregación de doctores, en la que trabaja enseñando el catecismo y visitando enfermos. Por esta época su sola presencia convierte a un criado de su casa, musulmán. "La fe del señor tiene que ser la verdadera, pues su conducta es la mejor prueba", fue la razón que dio.

A esta edad de veintiséis años ha llegado Alfonso a unas cuantas ideas fijas que le preocupan: el pecado, la conciencia, el mundo, la salvación del alma. Es un introspectivo terrible. Estas ideas ya no le dejarán en toda la vida. Abundan los testimonios de este primer contacto con el mundo que nos lo presentan insatisfecho. "Amigo —dice un día a un compañero de profesión—, corremos el riesgo de condenarnos." Esta insatisfacción y desasosiego culminará en aquel desahogo o comprobación de lo que ya estaba convencido: "¡Oh mundo, ahora te conozco bien!".

En efecto, este mismo año comprueba definitivamente lo que es el mundo. Pierde el célebre pleito entre el duque de Orsini y el gran duque de Toscana. Es un fracaso ruidoso que todo Nápoles vive y comenta. El suceso local de 1723, que diríamos hoy. Alfonso lo siente en lo más vivo. Llora encerrado durante tres días, sin querer probar bocado. Pero de esta encerrona no sale el resentido del mundo, sale el convencido y resuelto a dejar los tribunales y a dar una orientación más alta a su vida. Pasan unos meses de tremenda lucha interior, meses de espera de algo definitivo, porque "así no se puede vivir".

Dios estaba esperándole detrás de todo esto. Un día, cuando visitaba a los enfermos en el hospital de los incurables, oyó una voz, dirigida a él. Le llamaba por su nombre: "Alfonso, deja el mundo y vive sólo para mí". Salió corriendo del hospital. En la puerta vuelve a oír las mismas palabras: "Alfonso, deja..." Rendido a la evidencia exclama: "Señor: ya he resistido bastante a vuestra gracia. Heme aquí. Haced de mí lo que queráis".

En su camino encuentra la iglesia de la Merced. Entra, se arrodilla y hace voto de dejar el mundo. Se dirige luego al altar de Nuestra Señora y en prenda de su promesa deja allí su espada de caballero. Tenía ahora que ganar su segunda batalla con su padre. No sería fácil.

En este momento decisivo se dirige a su director, padre Pagano, quien aprueba su voto de dejar el mundo. ¿Y su padre? Cuando Alfonso, tembloroso, le comunica su resolución, su padre esgrime el mejor argumento: las lágrimas. No lo había usado nunca. Se le echa al cuello y, abrazándole, le dice: "Hijo, hijo mío, ¿me vas a abandonar?" Tres horas duró esta lucha de la sangre y el espíritu. Termina con la victoria del hijo. Alfonso viste el hábito eclesiástico en 1723, a la edad de veintisiete años. Tres años más tarde sube al altar. Estos tres años de estudio ha estado en contacto con excelentes profesores de teología y moral que siempre recordará con afecto, ha trabajado en parroquias y, sobre todo, ha vivido en un ambiente, en la Congregación de la Propaganda, en que se cultivan las virtudes clericales.

Ahora con la ordenación se abre la puerta a la actividad apostólica. Siguen dos años de experiencias y gozos sacerdotales en los suburbios de Nápoles y en los pueblos y aldeas del reino. Su experiencia mejor en este período son las capelle serotine o reuniones al aire libre con gente de los barrios bajos para enseñarles el catecismo. Como miembro de las Misiones apostólicas se lanza en seguida al campo de las misiones y predicación, orientando en esta dirección definitivamente su vida.

Este mismo ambiente misionero precipita su vocación de fundador. En 1732 se encuentra con unos compañeros en las montañas de Amalfi. Aquí capta por sí mismo el estado de abandono religioso de cabreros y campesinos. Y aquí hace suyo el lema evangélico: "He sido enviado a evangelizar a estos pobres".

La intervención sobrenatural se deja sentir otra vez. Dios le quería fundador y maestro de misioneros. Así lo había manifestado a una santa religiosa, la venerable sor Celeste Crostarosa, que vivía en Scala, centro de irradiación de los misioneros. Asesorado por su director y seguido de algunos compañeros, funda el 9 de noviembre de 1732 la Congregación del Santísimo Redentor. Su fin será "seguir a Jesucristo por pueblos y aldeas, predicando el Evangelio por medio de misiones y catecismos". Una tarea exclusivamente apostólica. Excluye desde el primer momento toda otra obra que le impida seguir a Cristo predicador del Evangelio en caseríos y aldeas.

Se abre ahora la época más fecunda y plena de Alfonso. Durante más de treinta años recorre las provincias del reino con sus equipos de misioneros, que distribuye por todos los pueblos. Toma por asalto pueblos y ciudades y no sale de allí hasta después de doce, quince días y un mes, Mantiene con sacerdotes, párrocos, obispos y misioneros una correspondencia numerosa que nos lo hace presente en todas las misiones. No faltan en ella detalles de organización, de enfoque, de preparación de la misión. Le preocupa dotar a su Congregación de un cuerpo de doctrina orgánico y definido de misionar. Lo va perfilando en sus circulares, en el Reglamento para las Santas Misiones, los Ejercicios de la Santa Misión y en sus célebres Constituciones del año 1764, que encauzan la actividad y espíritu misionero alfonsino. Tannoia nos ha dejado en sus Memorias la actividad misionera de San Alfonso año tras año. Resulta sencillamente sorprendente.

Descubrimos también en esta época al escritor. La pluma es su segunda arma, más poderosa y permanente que la palabra. Está convencido de que el pueblo necesita mucha instrucción religiosa, necesita, sobre todo, aprender a rezar y meditar. Para el pueblo van saliendo las Visitas al Santísimo y Las Glorias de María, libros clásicos en el pueblo cristiano. Siguen la Preparación para la muerte, el Gran medio de la oración, Práctica del amor a Jesucristo e infinidad de opúsculos que va regalando en sus misiones. Con la Teología moral, la Práctica del confesor, el Homo Apostolicus y otros estudios de apologética se descubre San Alfonso como el moralista y el gran maestro de la pastoral de su tiempo. Sólo con un voto de no perder un minuto de tiempo y una gran capacidad de trabajo pudo escribir en estos cuarenta años de su plenitud más de ciento veinte obras.

En 1762 es nombrado obispo de Santa Agueda de los Godos. Su pontificado dura hasta 1775. Durante este tiempo lleva por dos veces la Santa Misión a todos los pueblos de la diócesis. El mismo predica el sermón grande de la Misión, o el de la Virgen. Todos los sábados predica en la catedral en honor de Nuestra Señora. Reforma el seminario y el clero. Para los pobres que le asedian vende su coche y anillo. Prosigue su actividad literaria, dirigida ahora a deshacer los ataques de la nueva filosofía contra la fe, la Iglesia y el Papa. Sus pastorales son modelo de preocupación pastoral por los problemas del clero y de los fieles. Su defensa de la Iglesia es constante y eficaz: habla y actúa en favor de la Compañía de Jesús, asiste por un prodigio extraordinario de bilocación a la muerte de Clemente XIII, atormentado en esta hora. Mientras todas las cortes de Europa presionan y persiguen a la iglesia, no cesará de pedir oraciones a los suyos y repetir: "¡Pobre Papa, pobre Jesucristo!".

Tras repetidas instancias el papa Pío VI le alivia de su cargo pastoral en 1755. Vuelve a los suyos pobre, como pobre había salido, según reza el Breviario. Se recluye en su casa de Pagani para esperar la muerte. La estará esperando todavía doce años entre achaques que van desmoronando su cuerpo. Este período significa el eclipse de una vida entre resplandores de ternura, devoción, ingenuidad inefables. En esta postración obligada siente la sequedad, el abandono de Dios que había sentido de joven. Experimenta también el gozo y la exaltación de las realidades sobrenaturales. Las anécdotas abundan: "Hermano, yo quiero ver a Jesús; bájeme a la iglesia, se lo suplico". Monseñor —dice el hermano—, allí hace mucho calor." "Sí, hermano, pero Jesús no busca el fresco." Otro, día: "Hermano, ¿hemos rezado el rosario?" "Sí, padre." "No me engañe, que del rosario pende mi salvación."

La prueba más dura viene con la persecución y división de su Congregación. El será separado y excluido temporalmente de ella. Mientras se hace la verdad espera repitiendo: "Voluntad del Papa, voluntad de Dios".

Muere en Pagani el miércoles 1 de agosto de 1787, al toque del Angelus. Tenía noventa años, diez meses y cinco días. Tannoia, su secretario, hace de él este retrato:

"Era Alfonso de mediana estatura, cabeza ligeramente abultada, tez bermeja. La frente espaciosa, los ojos vivos y azules, la nariz aquilina, la boca pequeña, graciosa y sonriente. El cabello negro y la barba bien poblada, que él mismo arregla con la tijera. Enemigo de la larga cabellera, pues desdecía del ministro del altar. Era miope, quitándose los lentes siempre que predicaba o trataba con mujeres. Tenía voz clara y sonora, de forma que, aunque fuese espaciosa la iglesia y prolongado el curso de las misiones, nunca le faltó, aun en su edad decrépita. Su aire era majestuoso, su porte imponente y serio, mezclado de jovialidad. En su trato, amable y complaciente con niños y grandes.

Estuvo admirablemente dotado. Inteligencia aguda y penetrante, memoria pronta y tenaz, espíritu claro y ordenado, voluntad eficaz y poderosa. He aquí las dotes con que pudo llevar a cabo su obra literaria y hacer tanto bien en la Iglesia de Cristo" (TANNOIA, Vita, IV c.37).

"En su larga carrera no hubo minuto que no fuera para Dios y para trabajar en su divina gloria. Juzgaba perdido todo lo que no fuera directamente a Dios y a la salvación de las almas" (TANNOIA, ib.).

Este testimonio explica la clave de la vida de Alfonso; la gloria de Dios por la salvación de las almas. Es un hombre que busca en todo lo esencial. Todo lo que no va a Dios y a las almas le estorba. Esto explica sus votos de hacer lo más perfecto y de no perder un minuto de tiempo. Parece que tiene prisa y le falta tiempo para estas dos grandes ideas: Dios y las almas.

Sus cuadernos espirituales, notas y cartas nos lo muestran preocupado de su perfección. Controla sus movimientos hasta el exceso. Consulta siempre con sus directores las cosas de su alma. Desde su niñez hasta su muerte seguirá fiel al director.

La austeridad y medida exacta de sus movimientos no han secado su corazón y su sensibilidad. Se acerca a Dios con la mente y el corazón. Jesucristo, imagen del Padre, le ofrece la manera de acercarse totalmente a Dios. Recorre todas las etapas de la vida del Señor, lleno de amorosa ternura en las Meditaciones de la Infancia y de la Pasión del Señor. Insiste en la parte que tiene el corazón y los afectos en la vida espiritual, porque el corazón manda. "Amemos a Jesús. ¡Qué vergüenza si en el día del juicio una pobre vieja ha amado a Jesús más que nosotros!" Esta ternura afectiva no tiene otro fin que adentrarnos en Jesús para conocerlo e imitarlo. El amor es en San Alfonso principio de conocimiento e imitación en cuanto el amor nos acucia y estimula a asemejarnos al amado.

Este mismo lenguaje de ternura y confianza emplea con María. Para María compone poesías y canciones de honda inspiración. Nunca, sin embargo, sacrifica la verdad al corazón, Su célebre libro de Las Glorias de María asienta las grandes verdades de la fe sobre María: Madre de Dios, intercesora, medianera, inmaculada, que dan lugar a este lenguaje del corazón. Hace resaltar el aspecto práctico de la devoción a María en la vida de los cristianos. Formula este gran principio: "El verdadero devoto de la Virgen se salva". En sus misiones no deja nunca el sermón de la Señora, "porque la experiencia ha probado ser necesario para inspirar confianza al pecador". Sin duda el mayor secreto de su doctrina y de su pervivencia es el haberla vivido él antes intensamente.

No concibe su vida sino para Dios y las almas. Esta segunda faceta la ha realizado minuto a minuto más de sesenta años. Repite muchas veces como su mayor timbre de gloria haber predicado misiones durante más de cuarenta años. No ha perdonado nada para acercarse a las almas. Le preocupan sobre todo el pueblo abandonado —"en las capitales tienen muchos medios de salvarse"—, los sacerdotes y las almas consagradas.

Habla al pueblo con sencillez. Su oratoria no reviste la ampulosidad de la época. Es digna, clara, ordenada, eminentemente práctica. Enseña el catecismo. Habla de las ocasiones de pecado, las verdades eternas, los sacramentos, los medios de perseverancia. Insiste en que la oración es fácil y que todos pueden rezar. Hay que hacérselo creer así al pueblo. La oración es, además, el medio universal de todas las gracias. Todos tienen la gracia suficiente para rezar y rezando alcanzarán las gracias eficaces para salir del pecado y para perseverar. De ahí su gran principio: "El que reza se salva, el que no reza se condena".

Le preocupan especialmente los sacerdotes y directores de almas. Vive una época de rigor moral que le tortura. Tampoco le convence la demasiada libertad. El viejo problema de coordinar la libertad y la ley —los derechos de Dios y del hombre— no ha encontrado aún solución. Su espíritu ordenador, sintético y práctico encuentra una fórmula: se pueden coordinar la libertad y la ley. El equiprobabilismo es una defensa tanto de la ley como de la libertad. Su honradez y seriedad científica le obligan a perfeccionar su sistema, a compulsar más de ochenta mil citas. Desde 1753, en que aparece su Teología moral hasta su muerte no cesa de corregir su obra. Todos los problemas de moral encuentran en él una solución concreta. Su moral es una unión admirable del teólogo y moralista con el confesor y misionero. Ahora y después de dos siglos se nos hace imprescindible. "Ahí tienes a tu Ligorio", dirá el Papa a un moralista que le presenta un caso difícil.

Esta es la vida de Alfonso de Ligorio. Esta es su obra en la Iglesia de Dios. "Abrió su boca en medio de la Iglesia y le llenó el Señor del espíritu de sabiduría e inteligencia." A pesar del tiempo San Alfonso sigue hablando un lenguaje de confianza en Jesús y María para el pueblo fiel, un lenguaje seguro y definitivo para los conductores de almas en los problemas de conciencia. Y, sobre todo, el lenguaje de las obras. La Iglesia ha consagrado su vida y su obra elevándole a los altares en 1838, nombrándole el doctor apostólico y celoso en 1870 y, finalmente, patrono de confesores y moralistas en 1952. "El que hiciere y enseñare, ése será grande en el reino de los cielos."

Pedro R. Santidrián, C. SS. R.

 DOMINICOS 2003

Sabiduría y discernimiento

Alfonso María de Ligorio vivió en los años 1696-1787.

Fue napolitano de nacimiento en ilustre familia. Orientado hacia la carrera de Leyes, en su juventud estudió intensamente.

Dicen las crónicas que, al final de la carrera, y dado el ambiente en que se movía, tenía gran porvenir humano. Por ello, comenzó a ejercer la abogacía con ilusión, y alcanzó notable prestigio. Pero a medida que aumentaba su experiencia y conocía los intereses del hombre y de la sociedad, fue percibiendo muy claro que por aquel camino él no llegaría a sentirse feliz. Algo le inducía a pensar que su vocación definitiva iría por otros derroteros, todavía confusos.

Dejó, pues, obrar a Dios, y, tras madura deliberación, optó por desistir del servicio a la sociedad por medio del bufete de abogados, y se determinó a emprender la carrera sacerdotal. Ordenado sacerdote, y entregado a nuevo proyecto de vida, comenzó a gustar la felicidad, y se puso al servicio de la enseñanza, de la palabra, de la bendición y del libro. Todo a la vez. No era hombre de medias tintas.

Las cosas y su programa de acción apostólica y docente le salieron muy, y su acción contagiosa atrajo hacia él un grupo de maestros y apóstoles. Ellos fueron la semilla de una gran obra eclesial religiosa: la Congregación del Santísimo Redentor, redentoristas, hoy dispersa por todo el mundo.

El magisterio de san Alfonso tuvo una vertiente doctrinal en Teología Moral, pues su juicio de conciencia fue tan certeros que durante muchos años, tratándose de la orientación de las conciencias, su dictamen se tomó como una pauta siempre luminosa, utilizable con provecho por los demás; y tuvo también otra vertiente espiritual, de mística unión con Dios.

En su memoria, rumiemos este párrafito de su Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo:

‘Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Señor, nuestro sumo bien, nuestro redentor.

La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto.

¿Por ventura no merece eso Dios, nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. ‘Considera, oh hombre –así nos habla-, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo’.

9 ideas para no «desconectar» de Dios este verano: cómo descansar y aumentar la relación con Él

 


9 ideas para no «desconectar» de Dios este verano: cómo descansar y aumentar la relación con Él

El verano puede ser un tiempo en el que se corre el riesgo de desconectar de Dios, aunque también es una oportunidad para aumentar la relación con Él

El hemisferio norte está ya inmerso en pleno verano. Se nota en las playas abarrotadas, en las piscinas llenas de amigos y familias, pero también en los pueblos y hasta en la montaña. Es un tiempo de descanso, de recuperarse del acelerado ritmo de vida que se lleva durante el curso y también, como se dice popularmente, para desconectar.

Sin embargo, en las vacaciones de verano se corre el peligroso riesgo de “desconectar” demasiado y guardar en un cajón la relación con Dios. La oración e incluso la misa pueden dejarse de lado durante esta temporada si se da una desconexión demasiado grande.

Por ello, la web Arguments ofrece 9 ideas para que el verano sea un punto y seguido en la relación con Dios y no un punto y aparte.  Puede convertirse incluso en un tiempo para aumentar la fe, seguir formándose y hacer buenas obras. Todo tiempo es bueno si es para el Señor. Estos son los consejos que ofrece esta página de formación católica.

***

1. Descanso sí, pereza no

Hay muchos refranes, reflexiones de santos y consideraciones de grandes pensadores que hablan sobre el peligro que conlleva la pereza. El perezoso no necesita demonio que lo tiente, o como dijo Goethe: “Una vida ociosa es una muerte anticipada”. Y esto es aplicable a la vida interior, a nuestro trato con Dios.

En palabras de San Agustín: “La ociosidad camina con lentitud, por eso todos los vicios la alcanzan”. Y es que “el no hacer nada” nos anestesia, nos atonta y nos adormece por dentro y por fuera.

Todos hemos experimentado alguna vez el mal humor que se nos pone y la flojera que nos entra después de un día tirados en el sofá viendo la tele y haciendo nada; o de haber estado horas y horas haciendo “tumbing” cara al sol en la piscina.

Un hombre en bañador con sombrero en una tumbona playera


A veces podemos caer en la trampa de confundir el descanso con no hacer nada. Y esto es un engaño. San Josemaría decía que “descansar no es no hacer nada; es cambiar de ocupación”. El descanso es muy importante. Somos cuerpo y alma, somos una unidad. Y para poder trabajar, servir a los demás, sonreír, rezar… necesitamos tener energía.

Jesús también descansaba con los apóstoles y se los llevaba a un lugar apartado a reponer fuerzas, para luego poder seguir predicando y haciendo milagros.

Por eso es importante dormir las horas necesarias, comer, estar con los amigos y cambiar de aires de vez en cuando. Descansamos para poder servir más y mejor a los demás. Por eso el descanso, así planteado, no es en absoluto algo egoísta, sino todo lo contrario.

Y como todo en esta vida, a descansar también se aprende. El verano, con la reducción del horario laboral y las vacaciones, se convierte en un momento estupendo para esto.

2. Hazte un horario, pero un horario 'que mole'

Hay un refrán que dice: “El tiempo es oro”; pero para los cristianos es mucho más, ¡el tiempo es gloria! Es el medio que Dios nos da para amarle y dejarnos amar por Él. Son muchos los que no conocen a Cristo todavía. Esto no nos puede dejar indiferentes. Antes hemos hablado de la importancia del descanso, de la necesidad de cambiar de ocupación, y del riesgo y la trampa de confundirlo con no hacer nada, con dejarnos llevar por la pereza.

Por eso, hacernos un horario en verano, nos ayudará a no dejarnos llevar por la apetencia y el capricho del momento -que se venga y se vuelve un tirano-. Tan importante es tener una hora para levantarnos (que ahora se entiende que será más tarde que durante el curso), como de acostarnos (que también quizás sea más tarde porque nos quedamos viendo una serie, hablando en familia de sobremesa o tomando algo con los amigos, etc.).

Ya que tenemos más tiempo, porque en verano se reduce la carga de trabajo, podemos aprovechar para echar una mano en casa, dedicar un tiempo a hacer orden un poco más a fondo, algún arreglo pendiente… Por supuesto, sacar ratos para quedar con amigos que de normal quizás no tenemos tanto tiempo para estar con ellos. Leer, ver una película, oír música, pintar, hacer deporte, ir a dar un paseo, ver una exposición… y cómo no, aprovechar para dedicar más tiempo a nuestra familia y a Dios.



Una mujer joven reza

3. Pon a Jesús en el centro de tu día

Cuando queremos a una persona queremos vernos, hacer cosas juntos, hablar y compartir lo que nos preocupa e ilusiona… en definitiva, estar juntos. El amor y el cariño crecen con el trato, y eso, exige tiempo. No es cuestión solo de cantidad, sino también de calidad. Podemos estar con alguien pero tener la cabeza en mil cosas, estar a la vez pendientes del móvil… Con el Señor nos puede pasar lo mismo. Para quererle más y caer en la cuenta de todo lo que nos quiere, tenemos que ponernos a tiro, dedicar un tiempo a estar con Él y hablar de nuestras cosas, y cuidar que ese tiempo, no nos lo robe ni el móvil, ni el acelere interior, ni otras distracciones.

Por esto te animamos a que te concretes un tiempo cada día para hablar con Jesús, para rezar. A veces nos puede parecer que nuestra oración es una farsa, se nos van los sentimientos y pensamos que estamos perdiendo el tiempo, que no sirve de nada… Pero solo dejarnos tocar por su mirada, nos va cambiando el corazón. Así lo cuenta Dimitri Conejo en la entrevista que le hicimos a cerca de su conversión. Te recomendamos que si no lo has hecho, la leas despacio. Seguro que en algún momento te sientes identificado con lo que cuenta.

Si puedes, acude de vez en cuando a una iglesia a rezar. En muchas ciudades suele haber una capilla de «adoración perpetua«, es decir, con el Santísimo Expuesto en la Custodia. ¿Por qué no ir una vez a la semana a estar un rato con Él?

Cuando no puedas, puedes hacer la oración en tu cuarto o viendo el mar o dando un paseo.

Dios está en todas partes. Solo tienes que recogerte y ponerte en presencia suya.

Te puede ayudar recitar esta breve oración: «Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí; que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada; San José, mi padre y señor; Ángel de mi guarda; interceded por mí«.

Y por supuesto, participa de la Santa Misa siempre que puedas, no solo los domingos. Ahí Jesús se nos da con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Y no esperes para confesarte ofender y caer en faltas graves. Descubre la ayuda de la Confesión frecuente.

Si pones la lucha lejos del muro, le será más complicado al enemigo poder entrar en la fortaleza de tu corazón. La Confesión perdona y borra los pecados; pero también nos ayuda y nos da la gracia para hacer cosas buenas, de amar más y mejor. Y por último, búscate un buen director espiritual, que te acompañe, oriente y ayude a discernir por dónde te va llevando el Señor y qué quiere de ti.

4. Date a los demás

Lo que más descansa sin duda alguna es no pensar en nosotros mismos. Cuanto más amamos a los demás, menos tiempo tenemos para pensar en nuestras preocupacioncillas, en nuestras cositas, en si me hacen caso, me miran o no me miran, me valoran o me tienen en cuenta.

Un joven ayuda a una anciana


Quien tiene un amigo tiene un tesoro, ¡cuídalos! A veces por la incompatibilidad de horarios, el trabajo y demás, no podemos estar todo lo que nos gustaría con nuestros amigos. Pero el verano es un momento fantástico para ello, para hacer planes juntos, descansar con ellos y compartir aficiones. Y por qué no, también para rezar juntos.

Hay amigos, y amigos. Muchas veces llamamos amigos a simples conocidos, a gente con la que coincidimos, pero eso no es una verdadera amistad. Amigo es aquel que está a las buenas y a las malas; con el que siempre puedes contar; el que te dice verdades como puños, también cuando a veces no quieres escucharlas, pero sin dejarte en la estacada; el que saca lo mejor de ti; alguien con quien reír, llorar y soñar; en definitiva, amigos son los que te ayudan a esculpir en ti el rostro de Cristo.

Aprovecha para estar pendiente de los que han tenido un año difícil, están más cansados o tienen alguna preocupación.

5. Santos de copas


“Santos de copas son los cristianos por los que el mundo clama: Cristianos que no llevan cruces vistas colgando del cuello, pero que aman sirviendo hasta que duele. Que no llevan el Evangelio en la boca, sino inyectado en vena; que no menosprecian las diversiones y placeres del mundo, sino que son los que más los disfrutan. Cristianos que no juzgan a los equivocados, sino que se arrodillan a sus pies para aliviarles y sanar sus heridas.

Santos de copas son los que no llevan cara de sufrimiento, sino que se muestran escandalosamente alegres. Los que no buscan a Dios en las sacristías y acciones evangelizadoras, sino en su puesto de trabajo y en las fiestas, con una copa en la mano.

Dios —el Padre, Cristo y el Espíritu— es alguien que ocupa el centro de sus vidas». Así los describe en el libro Santos de copas  José Pedro Manglano.

¿Quién dijo que ser cristiano es aburrido; que es para gente amargada, que no sabe disfrutar ni pasárselo bien? Jesús era divertido, tenía amigos con los que compartía ratos entrañables, iba a bodas y se alegraba con las alegrías de los demás.

Grupo de amigos jóvenes toman cerveza y ríen


Hay ambientes y ambientes. Estar en un lugar donde a nuestro alrededor la gente está ofendiendo a Dios, aunque nosotros no hagamos “nada malo”, no debería ser el mejor sitio para estar. Empezando porque no es muy coherente y siguiendo porque de alguna manera, el hecho de estar ahí “como si nada”, también nos hace daño aunque no lo percibamos de primeras así. Nos vamos insensibilizando el alma, perdiendo finura y cariño por el Señor. Y esto es algo que es fácil que lo hayamos experimentado en algún momento. Ese amargor o vacío por dentro tras una noche en una discoteca donde la gente bebía sin control, fumaba de todo y manoseaban al personal. Divertirse sí, y cuanto más mejor, pero siempre con Él; que donde estemos, el Señor en nuestra alma en gracia pueda estar a gusto, pueda sonreír.

6. No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma

"Lo que se necesita para ser feliz no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado", San Josemaría. Todos queremos ser felices. Todos queremos amar y ser amados. No hay nada que nos llene más. Amamos con cuerpo y alma. Por eso, cuando con el cuerpo decimos una cosa, pero con el corazón otra, algo va mal… tenemos un problema. Estamos dañando nuestra capacidad de amar; estamos poniendo en juego nuestra felicidad. Es la mayor de las mentiras.

El verdadero amor hace de la vida de la otra persona algo sagrado. Yo te respeto. Yo no quiero usarte. Por eso la castidad, la pureza, son dos virtudes que tenemos que pedir todos los días.

7. Lee para formarte y tener criterio propio

La lectura es a la inteligencia lo que el ejercicio es al cuerpo. San Bernardo decía que "la lectura y la oración son las armas con que se vence al demonio y se conquista el cielo". Explica todo esto con una bella comparación sobre el pasaje de San Mateo: "Buscad y hallaréis". “Buscad leyendo, –explica el santo,– y encontraréis meditando. La lectura pone el alimento en la boca para masticarlo por la meditación”. "Cuando oramos, le hablamos a Dios; cuando leemos, le oímos", San Jerónimo.



Mujer con gran sombrero de paja lee tumbada en la playa

Si no vives como piensas, acabarás pensando como vives. Y si no piensas por qué vives así, acabarás dejándote arrastrar por lo que hace la mayoría, por tu capricho, por la rutina… El mundo está necesitado de personas con convicciones personales profundas. ¿Quieres vencer el pecado, saber santificar el sufrimiento, vivir cristianamente? Lee la vida de los santos. Te sentirás movido por estos héroes y, consciente o inconscientemente, tratarás de imitar sus virtudes de fortaleza, trabajo, obediencia y respeto de sí y de los demás.

8. Disfruta y cuida de la “casa común”

El hombre, para ser “Señor del mundo” debe tratar a cada ser según su propia naturaleza y no bajo guía, solamente, de los intereses humanos.

El cuidado del regalo de la creación es una tarea que compartimos todos. Para los cristianos “nada de este mundo nos resulta indiferente”, y nos sentimos “llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud”. El mundo es nuestro hogar, y tenemos que cuidarlo para dejarlo mejor que lo encontramos a las futuras generaciones.

Se puede cuidar del mundo y de los seres creados de muchas formas: reciclando, gastando solo el agua necesaria, no coger siempre el coche para todo y disfrutar de ir andando o en bici a los sitios, no tirando basura al suelo cuando vas a la playa o al campo, acompañando a personas mayores y cuidando a los enfermos…

9. A Jesús se va y se vuelve por María

Donde está María está Jesús. Deja tus propósitos en manos de la Virgen. Acude a Ella cuando necesites recomenzar; te desanimes porque no te salen las cosas; no sepas ni qué decirle a su Hijo; tengas miedo; cuando estés contento para darle gracias y cuando te sientas triste, para que desate los nudos de tu vida. Es el Remedio de los remedios.

Una Madre nunca desoye a un hijo, nunca mira para otro lado o se hace la indiferente. No hay nadie más empeñado en que seas feliz que Ella. Lo hace todo más fácil. Pégate a su lado este verano, y verás cómo lo convierte en el mejor verano de tu vida.

(Tomado de Arguments y adaptado para ReligionEnLibertad en julio de 2019)

«Señor, danos siempre de ese pan (…) Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,24-35)



 «Señor, danos siempre de ese pan (…) Yo soy el pan de la vida»  (Jn 6,24-35)


+ Rev. D. Joaquim FONT i Gassol

(Igualada, Barcelona, España)

Hoy vemos diferentes actitudes en las personas que buscan a Jesús: unos han comido el pan material, otros piden un signo cuando el Señor acaba de hacer uno muy grande, otros se han apresurado para encontrarlo y hacen de buena fe -podríamos decir- una comunión espiritual: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,34).

Jesús debía estar muy contento del esfuerzo en buscarlo y seguirlo. Aleccionaba a todos y los interpelaba de varios modos. A unos les dice: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna» (Jn 6,27). Quienes preguntan: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» (Jn 6,28) tendrán un consejo concreto en aquella sinagoga de Cafarnaúm, donde el Señor promete la Sagrada Comunión: «Creed».

Tú y yo, que intentamos meternos en las páginas de este Evangelio, ¿vemos reflejada nuestra actitud? A nosotros, que queremos revivir esta escena, ¿qué expresiones nos punzan más? ¿Somos prontos en el esfuerzo de buscar a Jesús después de tantas gracias, doctrina, ejemplos y lecciones que hemos recibido? ¿Sabemos hacer una buena comunión espiritual: ‘Señor danos siempre de este pan, que calma toda nuestra hambre’?

El mejor atajo para hallar a Jesús es ir a María. Ella es la Madre de Familia que reparte el pan blanco para los hijos en el calor del hogar paterno. La Madre de la Iglesia que quiere alimentar a sus hijos para que crezcan, tengan fuerzas, estén contentos, lleven a cabo una labor santa y sean comunicativos. San Ambrosio, en su tratado sobre los misterios, escribe: «Y el sacramento que realizamos es el cuerpo nacido de la Virgen María. ¿Acaso puedes pedir aquí el orden de la naturaleza en el cuerpo de Cristo, si el mismo Jesús nació de María por encima de las leyes naturales?».

La Iglesia, madre y maestra, nos enseña que la Sagrada Eucaristía es «sacramento de piedad, señal de unidad, vínculo de caridad, convite Pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura» (Concilio Vaticano II).

Don de Entendimiento



 DON DE ENTENDIMIENTO

“Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento” (Is 11, 1-2), “Los llenó de ciencia y entendimiento, y les enseñó el bien y el mal. (Eclo 17, 6) «Que el sabio no presuma de su saber, ni el fuerte de su fuerza, ni el rico de su riqueza. Quien presuma, presuma de esto: de tener entendimiento y conocerme, de saber que yo soy el Señor (Jr 9, 22-23).

“El Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios»” (Mc 12, 32-33). “Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24, 44-45).

UNA DESTREZA

Entre las destrezas y dones que nos muestran algunas personas, está el arte de escribir, de plasmar la vida en papel, derramar el anhelo, el dolor, la esperanza o la búsqueda. Dicen que es más expresiva la lectura de un texto que su reproducción visual. El arte de valorar cada palabra en su significado más propio, en una Composición rítmica y sonora, nos fascina y si se emplea para expresar el alma aún es más atrayente, como nos lo demuestran tantos textos poéticos y místicos. Uno no es tan diestro en escribir, pero quien lo hace sabe que es un modo de alteridad liberadora. Como le sucedió a Armando Valladares en la cárcel, y a san Juan de

la Cruz.

UNA EXPERIENCIA: LE CRECERÁS LAS ALAS

Le crecerán alas algún día/ a mi silla de ruedas/ podré volar sobre los parques/ alfombrados de niños y violetas. 

Será mi silla un sueño alado/ sin la obsesión enajenante de las rejas/ y podrá escalar el arco iris/ y descender por la montaña quieta.

Será mi silla un sueño sin pupila/ una golondrina metálica sin tierra.

(Armando Valladares)

UNA SÚPLICA

Espíritu Santo: Tú eres nuestro consuelo, don de Dios altísimo, fuente viva, fuego, caridad y espiritual unción.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo,brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Santísimo Sacramento

 


Santísimo Sacramento


Señor mío Jesucristo,
que por el amor que tienes a los hombres
estas de noche y de día en este Sacramento lleno de piedad y de amor, esperando , llamando y recibiendo a cuantos vienen a visitarte,
yo creo que estas presente en el Santísimo Sacramento del Altar,

Te adoro desde el abismo de mi nada
y Te doy gracias por todos los regalos que me has dado,
especialmente por haberme dado en este Sacramento
Tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad,
por haberme dado como abogada a Tu Santísima Madre,
la Virgen Maria,
por haberme llamado a visitarte es este momento.

Adoro a Tu Amantísimo Corazón
y deseo adorarlo por tres motivos.
primero, en agradecimiento de esta tan preciosa dádiva,
segundo, para desagraviarte de todas las injurias que recibes de Tus enemigos en este Sacramento y
tercero porque deseo en esta visita
adorarte en todos los lugares de la tierra,
aún en la red, donde estás ahora ante mi oculto y mas abandonado.

Jesús mío, Te amo con todo mi corazón,
perdona todas las veces que Te he ofendido en el pasado
a Tu infinita bondad.

Propongo ayudada de Tu gracia,
enmendarme en el futuro,
y ahora miserable como soy,
me consagro toda a Vos,
te doy y entrego toda mi voluntad,
mis afectos, mis deseos y todo cuanto me pertenece.

De hoy en adelante, haz Señor de mi y de mis cosas
todos lo que Te agrada.

Lo que yo quiero y Te pido es tu amor,
la perfecta obediencia a Tu Santísima voluntad
y la perseverancia final.

Te pido por las almas del Purgatorio,
especialmente las mas devotas del Santísimo Sacramento y de Tu Madre.

En fin mi amado,
uno todos mis afectos y deseos con los de Tu Amorosimo Corazón
y así unidos los ofrezco a Tu Eterno Padre
y te pido en Tu Nombre que por Tu amor los acepte
y mire benigmamente.

Bendice Amado mio a todos los que lean este acto de Adoración.

Amén.


domingo, 1 de agosto de 2021 Santo Evangelio 1 de Agosto 2021

 


Texto del Evangelio (Jn 6,24-35): 

En aquel tiempo, cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello».

Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?». Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado». Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: ‘Pan del cielo les dio a comer’». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».



«Señor, danos siempre de ese pan (…) Yo soy el pan de la vida»


+ Rev. D. Joaquim FONT i Gassol

(Igualada, Barcelona, España)

Hoy vemos diferentes actitudes en las personas que buscan a Jesús: unos han comido el pan material, otros piden un signo cuando el Señor acaba de hacer uno muy grande, otros se han apresurado para encontrarlo y hacen de buena fe -podríamos decir- una comunión espiritual: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,34).

Jesús debía estar muy contento del esfuerzo en buscarlo y seguirlo. Aleccionaba a todos y los interpelaba de varios modos. A unos les dice: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna» (Jn 6,27). Quienes preguntan: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» (Jn 6,28) tendrán un consejo concreto en aquella sinagoga de Cafarnaúm, donde el Señor promete la Sagrada Comunión: «Creed».

Tú y yo, que intentamos meternos en las páginas de este Evangelio, ¿vemos reflejada nuestra actitud? A nosotros, que queremos revivir esta escena, ¿qué expresiones nos punzan más? ¿Somos prontos en el esfuerzo de buscar a Jesús después de tantas gracias, doctrina, ejemplos y lecciones que hemos recibido? ¿Sabemos hacer una buena comunión espiritual: ‘Señor danos siempre de este pan, que calma toda nuestra hambre’?

El mejor atajo para hallar a Jesús es ir a María. Ella es la Madre de Familia que reparte el pan blanco para los hijos en el calor del hogar paterno. La Madre de la Iglesia que quiere alimentar a sus hijos para que crezcan, tengan fuerzas, estén contentos, lleven a cabo una labor santa y sean comunicativos. San Ambrosio, en su tratado sobre los misterios, escribe: «Y el sacramento que realizamos es el cuerpo nacido de la Virgen María. ¿Acaso puedes pedir aquí el orden de la naturaleza en el cuerpo de Cristo, si el mismo Jesús nació de María por encima de las leyes naturales?».

La Iglesia, madre y maestra, nos enseña que la Sagrada Eucaristía es «sacramento de piedad, señal de unidad, vínculo de caridad, convite Pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura» (Concilio Vaticano II).