miércoles, 30 de enero de 2019

Sufrir acoso durante la adolescencia puede afectar de por vida pues según un estudio científico puede provocar cambios físicos en el cerebro y aumentar la probabilidad de trastornos mentales



En los últimos años la sociedad ha mostrado una mayor sensibilización respecto al fenómeno del acoso. Si bien es cierto que no solo se produce en los centros educativos, sí que son el lugar donde potencialmente existe un mayor riesgo de que sucedan estas situaciones de abuso ya que es allí donde los niños pasan más horas cada día.

A partir de la adolescencia, con la generalización del uso de los móviles y las redes sociales, este tema adquiere una complejidad tal, que en muchos casos, ni padres, ni educadores logran cortar este tipo de relaciones tóxicas. Educar en la corresponsabilidad y la implicación de las familias es la mejor manera de prevenir situaciones de acoso.

Un estudio del King’s College de Londres, en el Reino Unido pone de manifiesto que las consecuencias del bullying no son solo psicológicas, sino también físicas. Este trabajo explica que una exposición continua al acoso durante la adolescencia puede provocar cambios físicos en el cerebro y aumentar la probabilidad de sufrir una enfermedad mental. “Está demostrado que el entorno y el ambiente influyen en nuestro sistema nervioso y en el desarrollo de nuestro cerebro”, apunta María José Acebes, neuropsicóloga y profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Las situaciones de abuso y maltrato, “y en el acoso escolar se dan ambas”, explica Acebes, “generan una disminución del volumen del cuerpo calloso, una estructura que conecta los hemisferios cerebrales fundamental para el funcionamiento adecuado del cerebro”. Algo que puede afectar a la facultad de resolución de problemas y a la habilidad para gestionar emociones.


Una de las principales conclusiones que los padres y los profesores deben extraer de este informe es la importancia del acompañamiento y tratamiento, en los casos en que sea necesario, para que las víctimas de acoso superen este trance sin que queden secuelas.

Los investigadores del Reino Unido midieron áreas del cerebro de adolescentes cuando tenían 14 y 19 años. De estos últimos, aquellos que habían sufrido acoso escolar crónico presentaron una disminución de determinadas áreas cerebrales, algo que los investigadores asociaron a unos mayores índices de ansiedad. “Por suerte”, explica Acebes, “a esta edad el sistema nervioso es muy plástico y se puede modular. El cerebro está en desarrollo hasta la edad adulta, por lo que es posible desaprender lo aprendido”, especifica.

La manada legitimiza el acoso
En España se registraron un total de 5.500 casos de acoso escolar entre 2012 y 2017, según datos del Ministerio de Educación, la Policía Nacional, la Guardia Civil y varios cuerpos de policía local. Solo en 2017 se contabilizaron hasta 1.054 casos, una cifra superior a la de cualquiera de los cinco años anteriores.

Además, las situaciones de acoso en adolescentes se han recrudecido especialmente. Según el III Estudio sobre acoso escolar y ciberbullying elaborado por la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña, en 2017 las agresiones fueron más violentas y prolongadas en el tiempo respecto al año anterior.

La forma de bullying más común en la pubertad es la grupal: los adolescentes, cuando actúan en manada, se legitimizan. José Ramón Ubieto, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC y autor de Bullying. Una falsa salida para los adolescentes (Ned, 2016), explica que “a esta edad todo se hace en pandilla: el botellón, las primeras experiencias sexuales… y el acoso también es más fácil si se hace en grupo”. El bullying en estas edades tiene los rasgos propios de esta etapa, explica el profesor: “Todos los adolescentes se sienten acosados; es su estado natural. Sienten presión por su cuerpo, por su sexualidad, por las relaciones familiares o sociales… Están buscando definirse, y este acoso lo trasladan a la víctima, que se convierte en el chivo expiatorio”.

Por otro lado, las redes sociales ayudan al grupo a exhibirse. “Esta tendencia también se debe a una condición propia de la adolescencia: el miedo a ser invisible, a pasar desapercibido. La exposición en las redes refuerza el grupo y victimiza aún más al acosado”, explica Ubieto.

Buscar la responsabilidad de todos, sin convertir a los estudiantes en delatores, ni judicializar las escuelas es la mejor forma de enfrentarnos a este tipo de situaciones, que encierran mucho sufrimiento. Nadie debe mirar para otro lado, ni en el patio, ni en los hogares, donde el mensaje debería dejar de ser, “no te metas en líos” para insistir más en “si ves que alguien sufre, díselo a un adulto” o “no permitáis que nadie se quede solo o que unos humillen a otros”.

En este sentido, recientemente, la Comunidad de Madrid ha presentado un decreto para regular la convivencia en los centros educativos en el que se señala como falta grave que un alumno conozca una situación de acoso y no lo comunique. Además, obliga al centro a “informar a la Fiscalía o al organismo correspondiente en función de la gravedad de los hechos”.

Sin embargo, José Ramón Ubieto, califica de “disparate” tratar de imponer a profesores y alumnos el papel de “acusadores”. Los alumnos tienen un papel determinante a la hora de prevenir y frenar el acoso escolar, “pero en este caso el problema se resuelve en el propio centro y no se traslada a los tribunales”, puntualiza.

De hecho, los planes que están consiguiendo frenar el acoso escolar proponen medidas que no pasan ni por obligar a los alumnos a ejercer de chivatos ni por recurrir a los tribunales. Programas como el KiVa, un método de prevención puesto en marcha en aulas de Finlandia y cuyos resultados han sido alabados por la comunidad educativa internacional, ponen el foco en tres figuras: la víctima, los acosadores y los testigos. Este plan actúa sobre los alumnos para que su actitud no sea la de meros espectadores, sino que se conviertan en el apoyo de la víctima.

Por otro lado, en España, el programa TEI (tutoría entre iguales), que ya se implanta en muchos colegios, también ofrece buenos resultados, “siempre hablando en términos de prevención”, tal y como explica el profesor de la UOC. El TEI propone que todos los alumnos de primer curso de la ESO tengan un compañero en tercero que los ayude y actúe como su ángel de la guarda.

Ubieto remarca otras modalidades de intervención que favorecen la corresponsabilidad de los alumnos, como los grupos de conversación o de teatro, “lugares en los que se abordan estas problemáticas y se pactan compromisos posteriores”.

Además, para la profesora José María Acebes también es fundamental el papel de la familia. “No es que los padres (ni tampoco la escuela) tengan la culpa de que exista el acoso, pero la maduración cerebral de los niños viene condicionada por el aprendizaje de la conducta prosocial, que primero empieza en la familia y después continúa en la escuela”, indica.

No hay comentarios. :

Publicar un comentario