miércoles, 29 de noviembre de 2017

En el Huerto de los Olivos, Nuestro Señor Jesucristo sufrió, rezó y venció



La Agonía en el Huerto, Andrea Mantegna, 1457-1459 – Pintura sobre tablas, Musée des Beaux-arts, Tours (Francia)
La Santa Iglesia, que por el bien de los hombres en esta tierra hace todo con la mayor perfección y desvelo posibles, celebra en la víspera del Viernes Santo la institución de la Sagrada Eucaristía.
Plinio Corrêa de Oliveira
El Jueves Santo fue el día en que Judas salió de noche para vender a Nuestro Señor Jesucristo. Los apóstoles se portaron con cierta tibieza durante la Última Cena, en la cual sin embargo Jesús hizo maravillas como la de instituir la Sagrada Eucaristía: consagró el pan y lo distribuyó a los apóstoles; consagró el vino e igualmente lo distribuyó. Después de la cena se retiró, triste por lo que había sucedido en un ambiente que no correspondía a lo que Él deseaba, pero al mismo tiempo alegre porque su obra se había consumado con la constitución de la Iglesia. Se dirigió junto con los apóstoles al Huerto de los Olivos, a fin de rezar.
Al recordar estos hechos del Jueves Santo, la Iglesia lleva a cabo una celebración impregnada de tristeza. Los paramentos son festivos, pero diversos pormenores denotan el comienzo de una gran tristeza. Terminada la misa, las Sagradas Especies son llevadas a un tabernáculo de madera colocado en lo alto del Monumento —que representa el sepulcro de Nuestro Señor— rodeado de arreglos florales y velas. En el Monumento, se adora a Nuestro Señor realmente presente, pero colocado en un tabernáculo que recuerda la sepultura, donde permanece hasta la celebración de la Pascua. Las sombras de la muerte comienzan a envolverlo.
“¿Qué utilidad hay en mi sangre?”
Al llegar al Huerto de los Olivos, Nuestro Señor dijo a los apóstoles que deseaba rezar. Quedó a solas y los apóstoles se reunieron más adelante.
Comienza entonces la oración de Jesucristo en el huerto; y con ella su agonía, la lucha de Nuestro Señor. Jesús sabía que Judas, el traidor, lo estaba vendiendo. Estaba al par de que los judíos y los esbirros de los romanos vendrían a prenderlo. Sabía que comenzaba su Pasión, con todos los aspectos morales y físicos que sobrevendrían: todas las ingratitudes, todas las maldades, todas las injurias, todas las frialdades, todas las traiciones y perversidades que se cometerían contra Él. Medía los dolores que su Madre experimentaría por aquello. Sentía compasión por las santas mujeres, que sufrirían tanto con su drama. Padecía también considerando los pecados de todos los hombres a lo largo de la historia de la humanidad, que abusarían de su holocausto para alcanzarles la Redención. En medio de estas consideraciones, Nuestro Señor enuncia una queja que consta en las Sagradas Escrituras: “¿Qué utilidad hay en mi sangre?”.
Al considerar la cantidad enorme de personas que pecan, que lo ultrajan, que lo desprecian, brota esta pungente pregunta: ¿por qué sufrir por tales almas? ¿Cuántas se perderán? ¿Por qué esa ingratitud? Y su mirada profética desvenda en el infierno a todos los pecadores empedernidos, ardiendo por una eternidad entera porque no quisieron amarlo.
“Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz”
Jesús en el monte de los Olivos, Maestro de Trebon, 1380-1390 – Pintura sobre tablas, Galería Nacional de Praga (R. Checa)
Pero al mismo tiempo que discierne todo lo que su Cuerpo Sagrado sufrirá, lo acepta por entero para redimir los pecados de la humanidad: Si ese es el precio de la Redención, sufriré todo eso. Sin embargo, el Hombre-Dios, perfectísimo también en su naturaleza humana, comienza a sentir una especie de pavor a medida en que aquello se desarrolla ante sus ojos. La Sagrada Escritura atestigua que Jesús comenzó a sentir espanto, tristeza y angustia (cf. Mc 14, 33; Mt 26, 37).
La marea creciente de esa tristeza fue subiendo, pero su deliberación era firme: hará la voluntad del Padre Eterno. Y de sus labios santísimos brotó como una flor esta oración de una dulzura insondable: “Padre mío, Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz (este dolor); pero si no es posible, sea hecha tu voluntad y no la mía”.

¿Dios no es omnipotente? Si para Dios todo es posible, ¿por qué decir “si es posible”? Nos encontramos frente a un misterio. Por su naturaleza divina Jesucristo era Dios, y todo lo podía perfectamente; sin embargo, en su alma humana, ante el pavor de lo que vendría, formuló el pedido: “Si es posible, aparta de mí este cáliz, pero que sea hecha tu voluntad”. Una súplica como quien dice: “Si no es posible, incluso ante la enormidad del sufrimiento, yo voy a enfrentarlo”. Apareció entonces un ángel y le dio a beber un cáliz con algo que lo consoló, y le dio fuerzas extraordinarias de alma y de cuerpo. Entonces Jesús se recompuso totalmente, listo para enfrentar el sacrificio.
Nótese la naturaleza de esa prueba y la fuerza de tal consolación: un varón —el Hombre-Dios— sufrió tanto que sudó sangre. La medicina explica la razón de aquel sudor: en ciertas tensiones muy fuertes, los vasos capilares revientan y la sangre atraviesa la piel, lo que revela un estado extremo de aflicción. Jesús comenzaba en el huerto a verter la sangre redentora, y fue consolado por el ángel para ir al encuentro del supremo sacrificio en la Cruz.
“¿No habéis podido velar una hora conmigo?”
Aún en el huerto, carga un dolor más. Buscó a los apóstoles, para tener un consuelo en aquella hora dolorosa, pero los encontró durmiendo, y se quejó: “¿No habéis podido velar una hora conmigo?” (Mt. 26, 40). O sea, los apóstoles se encontraban en un pavoroso estado de tibieza e indiferencia. Dormían en aquella hora de agonía; hora que todos los santos de la Iglesia contemplaron y contemplarán con veneración hasta el fin del mundo. Los apóstoles dormían y el Divino Maestro permaneció solo en aquella lucha.
Llegó el momento en que los esbirros se aproximaron para capturarlo. Nuestro Señor se levanta altanero y va al encuentro de la turba. Aparece Judas, el asqueroso, que con su hálito fétido da el beso de la traición. Escena bien representada en una famosa pintura de Giotto, en la cual Judas aparece con mirada vacilante, sucio, besando al Hombre-Dios.
Detrás del traidor están los soldados romanos, que indagan quién era Jesús de Nazaret. Nuestro Señor los enfrenta y dice: “Ego sum!” (¡Yo soy!). Pero lo dijo con tanta grandeza y tanta fuerza, que todos cayeron con el rosto a tierra. De pie, como un guerrero que ganó una batalla, Jesús va al encuentro de los acontecimientos de la Pasión.
Lucha contra sí mismo, una batalla que no cesa jamás
En la lucha que trabó en el huerto, Jesús venció la primera fase del sufrimiento que debía padecer para obtener la Redención del género humano. Esta batalla es aquella que, en la vida espiritual de cada uno, corresponde a la lucha contra sí mismo. Caso ella no sea vencida, no se conseguirá vencer ninguna de las otras.
Cabe aquí un comentario: esta es, de hecho, la primera batalla, pero debe ser sostenida durante toda la vida y se prolongará hasta el momento en que nuestra alma se separe del cuerpo. La Iglesia nos enseña que esa batalla no cesa jamás: es la batalla del hombre contra sí mismo, sus malas inclinaciones, sus defectos fruto del pecado original. Ningún hombre es un verdadero batallador si no se vence a sí mismo, si no vence las tentaciones que lo arrastran a practicar el pecado. El hombre puede ganar una guerra, pero si pierde la batalla de su vida, ¡es un comediante y no un batallador!
Sin embargo, ¡qué diferencia entre la batalla de Nuestro Señor Jesucristo y la nuestra! En su interior se trababa una batalla de perfecciones. Pero dentro de nosotros, ¡cuánta infidelidad, cuánta suciedad, cuánta imperfección, cuánta raíz profunda de pecado, cuántas abominaciones que se levantan como un hormiguero constante, intentando dominar nuestra alma! Contra todo ello, es necesario luchar sin tregua. Es la primera batalla, porque es previa y está en la raíz de todas las otras que vamos a trabar todos los días y a todo momento a lo largo de la vida. Batallando contra nosotros mismos, o sea, perseverando, mejorando, santificándonos.
Debemos considerar de frente el sufrimiento
Si está claro que ésta es la primera batalla, se puede hacer la pregunta: ¿Cómo debe ser trabada? La respuesta nos la dio Nuestro Señor en el Huerto de las Olivos: Nunca huir, nunca dejar de mirar el sufrimiento que se nos presenta. Si huye, el hombre habrá perdido la mitad de la batalla. Si ahora no se encara el sufrimiento, mañana no se lo enfrentará. En una guerra, el soldado sale de su trinchera y va a atacar al adversario con el fusil en ristre . Si avanza sin el ánimo de mirar al enemigo (porque, si lo enfrenta, perdería el valor), en breve dejará caer el fusil y huirá. Sólo tendrá el valor de avanzar, si tiene el valor de mirar al frente.
Del mismo modo, en nuestra vida nunca debemos cerrar los ojos ante las pruebas que surgen en nuestros caminos. Cuando aparezcan, por más duras que sean, es necesario verlas de frente y por entero. Sin embargo, para enfrentarlas, es necesario sobre todo recurrir a la protección de la Santísima Madre de Dios y nuestra.
Así, para cumplir los Mandamientos divinos —venciendo la batalla para mantener la castidad, la batalla contra el amor propio, contra el orgullo, contra la vanidad, etc.— debemos medir bien el combate arduo que todo esto representa. No podemos cerrar los ojos ante las dificultades.
Podemos sentir miedo al considerar cuán dura será la batalla, pero para vencerla, sigamos el ejemplo que Nuestro Señor nos dio en el huerto: No cerró los ojos, vio todo de frente. Tuvo miedo, en la perspectiva de lo que sucedería, ¿qué hizo entonces? Pidió humildemente que, si fuera posible, se apartara de Él aquel sufrimiento. Pero ofreció lo que sucedería, y que se hiciera la voluntad del Padre. ¡Pidió fuerzas, las recibió y venció!
Nuestro Señor fue víctima inocente, nosotros somos víctimas culpables
¡Nuestro Divino Redentor se levanta como un gigante, como un sol! Si nos resulta sumamente aflictivo pensar en Jesús gimiendo a solas en su agonía en el huerto, y no tenemos el valor de velar con Él, es necesario no olvidar que cada uno de nosotros estuvo en aquel momento presente en su pensamiento. Durante la agonía en el huerto, como que desfiló por su mente cada uno de los hombres. Por lo tanto, cada uno de nosotros. Él nos tuvo presentes en espíritu y nuestros defectos le hicieron sufrir. Cosa terrible de la cual no nos debemos olvidar, y que nos incita a rezar: “¡Dios mío, ten compasión de mí, por vuestra gran misericordia!”.
Esa compasión, la debemos pedir en vista de la cuota de sufrimiento que causamos a Nuestro Señor aquella noche en el huerto. Pues hicimos que su tristeza fuese más triste, hicimos que su agonía fuese más dolorosa, no lo ayudamos a cargar aquel fardo. ¡Oh Madre de Misericordia, obtén que seamos perdonado! Hicimos que Él sufriera aún más, por eso merecemos sufrir. Somos víctimas culpables, mientras que Él fue la víctima inocente que sufrió por nosotros.
Debemos responder como Nuestro Señor: “Ego sum!”
El beso de Judas, Giotto di Bondone, 1304-06 – Fresco, Capilla Scrovegni, Padua (Italia)
Si nos sentimos débiles frente a la perspectiva del sufrimiento, no nos sorprendamos, porque representa una batalla superior a la fuerza de cualquier hombre. Pero pidamos fuerzas a la Santísima Virgen, pues Ella desea que reconozcamos nuestra incapacidad, y por su intercesión lo conseguiremos todo. ¡Ánimo, pues, y sigamos adelante en esta batalla, por más terrible que ella sea! Días más, días menos, nos levantaremos como Nuestro Señor se levantó, fue al encuentro del peligro y venció. Si el peligro nos preguntara “¿Eres tú a quien busco?”, debemos responder como Nuestro Señor: “Ego sum!” 
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Se podría objetar: el enemigo no va a caer con el rostro a tierra con nuestra respuesta. Respondo: recordemos a los mártires de la antigüedad. Ellos dijeron “Ego sum”, y tampoco el mundo pagano cayó por tierra ante ellos. Los emperadores romanos rieron; la cohorte de payasos y bandidos que los rodeaban también rieron; la arena entera se divertía mientras los mártires eran devorados por las fieras. Realmente, ellos murieron sin llegar a ver la caída del mundo pagano. Sin embargo, el Imperio Romano se desmoronó, siglos después cayó con el rostro al suelo frente a la cruz. ¡La cruz venció! 

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