viernes, 5 de mayo de 2017

El Corazón de María es el Corazón de la Iglesia I



PROLOGO

Tuve la felicidad de publicar en 1967 mi primer libro aparecido en lengua francesa referido a la Virgen María, Madre de la divina Providencia, quien obtuvo para mí la gracia de escribir y publicar, para la mayor gloria de su Hijo, el primero de una larga serie de volúmenes.

Desde entonces, los temas mariológicos han conocido diversos cambios, debidos especialmente a las enseñanzas del Sumo Pontífice Juan Pablo II. Al momento de reeditar el escrito de 1967, he creído oportuno simplificarlo y completarlo.

El primer anexo, concerniente al uso litúrgico del 1º de enero, que anticipaba, en concreto, un aspecto de la reforma litúrgica querida por el concilio Vaticano II: la vuelta (en el rito latino) a la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, con la conmemoración de la imposición del Nombre de Jesús, ha perdido su razón de ser.


Si bien es cierto que el segundo anexo, que proponía la transformación de la vigilia de la Asunción en festividad de la Dormición de María, como imitación latina de los ritos orientales no fue recogido por la actual reforma litúrgica, nada impide que en un futuro pueda ser aceptado. Nadie está en capacidad de asegurar que la reforma dispuesta por el último Concilio sea la última en la historia de la liturgia. Por lo tanto, el segundo anexo conserva su vigencia.

La presente edición agrega nueve complementos.

La mayor parte de ellos tienen en cuenta la profundización que Juan Pablo II ha querido aportar a las enseñanzas del Magisterio, concernientes al Misterio de María y el culto que le es debido para la gloria de Cristo (1).

Casi todos remiten a extractos del nuevo Misal Mariano, es decir de las cuarenta y seis misas votivas en honor de la Virgen, resultantes de una revisión dispuesta por el Concilio Vaticano II de las misas marianas de los propios diocesanos o religiosos.

La Santa Sede ha querido, en tanto sea posible, al conjunto del rito latino. El Papa Juan Pablo II aprobó este Misal con su autoridad apostólica y ordenó su publicación. (Sigla M.M.)

Además de estos documentos oficiales, he querido insertar, también, en esta última edición algunos extractos de los resultados de mis investigaciones (posteriores a la primera edición) sobre la persona y sobre la misión de María.

En efecto, participé desde 1974 en los trabajos de la Sociedad francesa de Estudios Marianos; he publicado varios estudios en la revista Marianum y otras; he compuesto una decena de artículos (2) para el reciente Diccionario Mariano (Dictionnaire marial) (De CLD, 1991) algunos de los cuales he empleado aquí.(Sigla:DM).

Especialmente, he retomado las ideas fundamentales del artículo sobre el Antiguo Testamento: María a la luz de la literatura sapiencial, para mostrar algunos aspectos de una mariología cósmica y “sophiánica” en el mundo latino, en el contexto del Misterio de la predestinación de la Inmaculada.

Bertrand de Margerie, jesuita

Paris, 15 de setiembre de 1991,

Festividad de Nuestra Señora de los Siete Dolores.

(1) He aprovechado la utilísima recopilación de los textos pontificios publicada por el P. J. Collantes, s.j.:El Corazón de Jesús en la enseñanza de Juan Pablo II (1978-1988), Instituto internacional del Corazón de Jesús, Madrid, 1990.

(2) R. Pannet, G. Bavaud, B. De Margerie, Diccionnaire marial, CLD, 42 avenue des Platanes, 37170 Chambray.



INTRODUCCIÓN

María, signo de la caridad cristiana

1. La constitución dogmática Lumen Gentium nos enseña que la Iglesia católica nunca se ha cansado - y sin duda no lo hará jamás - de reclinarse filialmente sobre el Rostro glorioso de su Madre, para escrutar amorosamente el misterio insondable. Si María, como lo canta la liturgia del rito bizantino, es un “abismo insondable para los ojos de los Ángeles y una cumbre inaccesible para los razonamientos humanos”1 , se comprende que siempre forme parte de la contemplación de la Iglesia y que suscite la reflexión incansablemente renovada de sus teólogos.

En el misterio de María se expresa, de manera maravillosamente privilegiada y única, el amor eterno de las Personas divinas por las personas angélicas y humanas; el amor de Cristo por su Iglesia.

Todos los misterios, todas las situaciones, todos los actos, todas las palabras, todas las decisiones libres, todos los privilegios* de María, en la economía de la salvación, expresan la ardiente caridad de su Corazón traspasado y glorioso  por las sociedades humanas, angélica y divina y por la Iglesia, de la que es miembro y madre. Esta misma caridad es el más perfecto reflejo puramente creado del Amor increado.

Desearíamos, pues, enfocar la totalidad del misterio mariano desde la perspectiva del Corazón de María y de su difusión eclesial. Esperamos, de esta manera, hacer fructificar - al menos en parte - las admirables intuiciones que tuvo Scheeben en el siglo XIX:

“En María, el corazón es el centro vital de la persona: la representa como tal en su carácter personal de Madre; corazón que es órgano de la maternidad corporal como de la maternidad espiritual. Toda la posición y la actividad de María se resumen en la noción del Corazón místico del Cuerpo místico de Cristo”2 .

Scheeben fue replicado, indudablemente de manera inconsciente en nuestro siglo, por el teólogo ortodoxo ruso V. Iljin quien expresaba así el alcance eclesial de su fe personal en la Inmaculada Concepción:

“María es el Corazón de la Iglesia. En la confesión de su pureza radical y original, es decir de su indivisibilidad, de su “tsélomoudriia” (castidad y también todo sabiduría) está contenida el testimonio de la unidad ya realizada de la Iglesia, y la prenda de su realización exterior y empírica; es decir, de la entrada en la Iglesia de la cantidad prefijada de elegidos”3 .

Consideraremos, entonces, al Corazón de María como corazón maternal de la Iglesia; primero en el dogma y en el culto mariano, apoyándonos sobres las inacabables enseñanzas de la Biblia y de los Padres, bajo la guarda vigilante del Magisterio, cuya expresión privilegiada es la liturgia. Luego, en una segunda parte, examinaremos de manera especial los problemas teológicos y las ventajas ecuménicas y pastorales vinculadas a la afirmación: el Corazón Inmaculado de María es miembro eminente y Corazón del Cuerpo Místico de Cristo.



Capítulo I

El Corazón de María y la Comprensión del Dogma Mariano

2. Noción del Corazón de María - Entendemos la expresión “Corazón de María” el corazón de carne de la Santísima Virgen, como símbolo, expresión y asiento del doble amor, espiritual y sensible, por Dios y por los hombres, y, también, como el asiento de todas las virtudes - adquiridas e infusas -, de todos los carismas y de todos los dones de la Madre de Dios (cf. nuestro § 10).

El Corazón de María expresa y simboliza, pues, un amor que es, a la vez creado, redimido y corredentor, humano y sobrenatural, inmaculado, virginal, nupcial 4 , maternal y glorificado frente a las Personas divinas, angélicas y humanas. Diremos siguiendo a Scheeben - que se inspira en Santo Tomás de Aquino5 , que el Corazón de María es el centro vital de su persona, el resumen sintético de la personalidad de la Madre de Dios 5bis. Es decir, que esta expresión incluye, además, una referencia a todos los actos de libertad de María, y a la historia de su existencia terrestre. Su significado es inseparablemente esencial y “existencial”6 , pero de una irreductible originalidad: ¿cuál amor humano, totalmente y exclusivamente humano, ha sido a la vez inmaculado y rescatado, virginal y nupcial, virginal y maternal? ¿Cuál otro amor puramente humano ha sido elevado a los confines de la unión hipostática?

3. El Corazón inmaculado de María - La gracia de la Inmaculada Concepción significa “plenitud de Redención en aquella que debía acoger al Redendor”7 , o en otros términos, plenitud inicial de amor infuso y habitual (no necesariamente actual) creado en aquella que debía acoger al Amor increado. Desde el primer instante de su existencia terrestre, el Corazón de María, preservado de todos los gérmenes de odio demoníaco o de rebelión, fue invadido por el don infuso del amor sobrenatural, de una caridad tal que su imaginación y su sensibilidad le fueron perfectamente sumisas, y que su primer acto de libertad, opción decisiva respecto del fin último8  fue un acto de puro amor y de perfecto consentimiento a la gracia que obraba en ella. En este amor creado vivían las Tres personas divinas por la gracia santificante poseída a un punto tal que, considerando el dinamismo de toda la primera gracia recibida por María, Pío XII dijo con razón:

“La santidad del Hijo  excedía y sobrepasaba inconcebiblemente la santidad de la Madre; pero el aumento de su santidad (la de María) sobrepasa tan de lejos toda otra santidad creada, que se esconde en  inaccesibles cumbres de esplendor delante de las miradas deslumbradas de los santos y de los ángeles”9