domingo, 28 de mayo de 2017

                                             

 Un método para orar 

Cualquier método es necesario para los principiantes. Para orar necesitamos, sobre todo en los comienzos, de técnicas, de un método. Confiarse a la buena voluntad y a la suerte, no es el mejor camino. Así se expresa Jean Laplace: “Son muchos los que se dejan engañar por su misma generosidad.  Imaginan que todo puede lograrse a base de buena voluntad, y se lanzan a tumba abierta a la oración, pero sin haber sopesado previamente sus posibilidades y sin el más mínimo sentido del discernimiento”.

Cada maestro no debe olvidar que, aunque todos los caminos y seres humanos son parecidos, cada persona es original, única e irrepetible y que a cada uno los lleva Dios por distinto camino. San Juan de la Cruz afirma:  “…porque a cada una [de las personas] lleva Dios por diferentes caminos, que apenas se hallará un espíritu que en la mitad del modo que lleva convenga con el modo de otro” (L 3, 59).

       Hay muchos métodos de oración, antiguos y modernos. Ninguno es perfecto. A cada orante, según su psicología y cultura, le puede ir uno mejor que otro. No debemos olvidar que el método es un simple instrumento, no un fin. En momentos determinados de la vida pueden servirnos, y en otros podemos prescindir de ellos. Yo presentaré el esquema de la oración carmelitana y hablaré de la preparación.

Esquema de la oración Carmelitana:

       – Partes introductorias: Preparación ( remota, próxima). Lectura (actual, rememorativa).

       –Cuerpo de la oración: meditación (intelectual, imaginaria). Coloquio afectivo. Acción de gracias. Oración de petición.



– Parte final: Epílogo (examen, propósitos y ofrecimiento).                                -

         La preparación: todas las partes de la oración son importantes. La preparación goza de un puesto especial. Lo que no se prepara, se improvisa y, por lo tanto, no puede salir bien. Un deportista no puede rendir si no se ha entrenado bien  y, si no se prepara antes del partido. Un médico no puede acertar con un buen tratamiento si no tiene los conocimientos necesarios. Sin una preparación remota, de una vida de fe y entrega al Señor, la oración puede convertirse en un simple pasatiempo.

        Si la oración es encuentro de amistad, ha de evitarse todo aquello que distancia y rompe la comunión. “Ya sabéis que la primera piedra ha de ser una buena conciencia y con todas vuestras fuerzas libraros aún de pecados veniales y seguir lo más perfecto… sobre ésta asienta bien la oración; sin este cimiento fuerte; todo el edificio va falso” (C 5, 3-4 ).

        Luego está la preparación inmediata o próxima. Conviene relajarse, tranquilizarse, evitar las divagaciones de la mente, abandonar todo lo que perturba la mente y el corazón, antes de ir a la oración. Jerónimo Gracián expone un ejemplo sencillo: “así como el que quiere dar una música primero templa el instrumento para tañer bien y se entona para cantar; y quien quiere ir a cazar, apareja su arco, aljaba y flechas, así el alma, cuando quiere entrar en la oración, es bien que temple la vihuela de conciencia, apareje sus deseos y se prepare para hablar con Dios”.

       Antes de la oración y durante toda la oración, la persona procurará no distraerse, estar atenta y recogida. San Basilio dice que el mejor remedio de todos para la atención y recogimiento que pide la oración mental es una viva consideración de la presencia de Dios, porque aunque en todos tiempos y lugares está presente, más particularmente le debemos considerar en el tiempo de la oración.

        San Juan Crisóstomo lo confirma con estas palabras: “Cuando te pones a orar haz cuenta que entras en la corte celestial a hablar con el rey de la gloria que está sentado en un cielo estrellado cercado de innumerables ángeles y santos que miran con atención cómo le hablan”.

        Al ir a la oración se han de dejar, pues, las distracciones, las preocupaciones, todo aquello que impide que el Espíritu entre y transforme con su presencia a la persona.  



¿De qué te sirve la oración?     

     Un hombre bebía y oraba para dejar de beber. Sin embargo seguía con el mismo vicio. Un día le dijo la esposa: “Si no dejas de beber, no ores, porque es un insulto a Dios”. Aquellas palabras se le grabaron profundamente. Siguió orando, pero empezó a buscar ayuda profesional y a poner todo de su parte. Y con el tiempo dejó de beber.

Jesús insistió en la práctica de la oración: Pedid y recibiréis; velad y orad para no entrar en tentación; vigilad todo el tiempo en oración; orad por los enemigos, y  por los que os calumnian y persiguen; rogad para que el Padre envíe operarios a sus mieses.

      Tanto los evangelios como san Pablo nos hablan de la necesidad de la oración. El Señor nos manda  que oremos sin cesar, con insistencia, con vigilancia, con perseverancia: conviene orar y no desfallecer; vigilad todo tiempo en oración; vigilad y orad para no entrar en tentación. Lo mismo aconseja Pablo. Perseverad en la oración, dice a los Colosenses; orad sin tregua, a los Tesalonicenses; orad en todo tiempo con fervor con toda suerte de oraciones y plegarias, a los Efesios; sed asiduos en la oración, a los Romanos.

Muchos cristianos oran cuando necesitan la oración para resolver algún problema, y dejan de orar cuando lo han resuelto. Hay que orar no porque se guste o no se guste, porque apetezca o no, sino por una convicción de fe.

El camino de la oración supone el camino de la conversión y la búsqueda de la justicia y del amor. La oración cristiana se apoya en la experiencia de Dios en la vida y en la acción y lleva al compromiso con los hermanos. La oración es eficaz (Lc 11, 9-13), nos hace redentores con Jesús.

     En el libro de la Sabiduría  (7, 7-14) ésta se presenta como fruto de la oración. “Rogué y me fue dada la prudencia, supliqué y vino a mí el espíritu de sabiduría” (Sab 7, 7). La sabiduría consiste en saber vivir y conducirse según los valores más nobles del ser humano. Es la capacidad para orientar la vida según la voluntad de Dios. Es el tesoro más grande que una persona puede tener (Sab 7, 11)

A Martín Luther King le sirvió la oración para no abandonar la lucha por su pueblo, para sacar fuerzas para seguir amando. Así lo cuenta él:

   “Tras una jornada de mucho trabajo me acosté tarde. Mi mujer dormía ya y cuando yo estaba a punto de dormirme sonó el teléfono. Una voz colérica me dijo: `Escucha negro, estamos hartos de ti. Antes de una semana lamentarás haber venido a Montgomery`. Colgué pero ya no tenía sueño; me pareció que todos mis temores se agolpaban. Salté de la cama y me puse a dar vueltas por la habitación. Terminé en la cocina donde me preparé una taza de café. Entonces estuve a punto de abandonar. Intentaba encontrar un medio de desaparecer sin que pareciese cobarde. En este estado de agotamiento, cuando mi valor estaba a punto de desaparecer, decidí hablar con Dios de mi problema. Con la cabeza entre las manos me incliné sobre la mesa de la cocina y me puse a rezar en voz alta. Lo que le dije a Dios aquella noche permanece  todavía vivo en mi memoria. “Vine aquí por lo que yo creía justo, pero ahora tengo miedo; las gentes llegan a mí para que los guíe, pero si yo voy delante sin fuerzas y  sin valor también vacilarán ellas. Estoy al límite de mis fuerzas y no me queda nada; he llegado al punto en el que solo no puedo hacer nada”. En este momento sentí como ninguna otra vez la presencia divina. Era como si pudiese escuchar la seguridad de una voz interior que me decía: “¡En pie a favor de la justicia!  ¡Adelante por la verdad! ¡Dios estará a tu lado!” Tan pronto como perdí mis temores, mi incertidumbre desapareció, y estuve dispuesto a afrontar cualquier cosa. “La situación exterior no había cambiado, pero Dios me concedió la calma interior”.

     La oración es un intercambio de amor, un vaciarse para llenarse de Dios.  En la oración cuenta la intención, lo que se lleva en el corazón. Lope de Vega lo expresó así:

                                                “Si no llevas intención

                                                y casto y limpio deseo,

                                              ¿de qué te sirve la oración?” 


Eficacia de la oración        
     Un monje, cuenta Tony de Mello,  se encontró una piedra preciosa y se la regaló a un viajero. Éste después de algún tiempo volvió donde el monje, le devolvió la joya y le suplicó: “Ahora te ruego que me des algo de mucho más valor que esta joya, valiosa como es. Dame, por favor, lo que te permitió dármela a mí”.

       En la oración encontramos luz y fuerza para descubrir los tesoros y para regalarlos. En la oración encontramos  fuerza para gastar y entregar la vida.

      San Juan de la Cruz afirma que “quien huye de la oración, huye de todo lo bueno” (Dichos de luz, 185 ).

       Santa Teresa supo por experiencia los resultados de la oración. Sin ella no encontraba la vida, ni camino, ni paz ni alegría. Es puerta  y camino para ir a Dios. “La oración es principio para alcanzar todas las virtudes y cosas (en la) que nos va la vida comenzarla todos los cristianos” ( C 16, 3 ). Y en otro lugar: “Para ir a Dios, creedme, y no os engañe nadie en mostraros otro camino sino el de la oración” ( C 21, 6 ).

      La oración nos lleva a amar y respetar a la tierra y a los otros. “Simplemente, estoy convencido de que sólo la persona de oración puede evitar que estas realidades buenas lleguen a ser ídolos malos. Sólo ella puede orientarlos al respeto del ser humano y al respeto de la tierra. De ahí la utilidad social y hasta cósmica de lo que aparentemente es la inutilidad misma. La oración es una reserva de silencio donde rehacer las energías; el silencio es armonía y plenitud. El hombre de oración es como el árbol. Influye en el ambiente”(Barreau).

      La oración sirve para crecer, alcanzar virtudes, para sufrir, para arrancar los vicios. Así se expresa san Buenaventura:

“Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, sé hombre de oración.

      Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, sé hombre de oración.

     Si quieres mortificar tu propia voluntad con todas sus aficiones y deseos, sé hombre de oración.

     Si quieres vivir alegremente, y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, sé hombre de oración.

     Si quieres alejar de tu ánima las moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, sé hombre de oración...

      Finalmente, si quieres desarraigar del ánima todos los vicios y plantar en su lugar las plantas de las virtudes, sé hombre de oración. Porque en ella se recibe  unción y gracias del Espíritu Santo, la cual enseña al hombre todas las cosas”.

       ¡Cuánto bien ha hecho la oración!, ¡Cómo ha cambiado a las personas!. “¡Oh cuántas danzas ha hecho la poderosa mano de Dios con este suave y eficaz y celestial remedio de la oración! ¡Oh con cuánta facilidad ha hecho dejar los deleites mundanos y convertidlos en divinos!

      ¡Cuán frecuentemente ha hecho soltar de las manos rentas, estados, dignidades y señoríos  que el hombre tenía pegado a su corazón!” (Diego de Guzmán).

       La oración nos ayuda en nuestro caminar, por el día y por la noche, mientras duran lo días de esta vida intranquila, hasta que las sombras desaparezcan. Y en ésta búsqueda se pide la realización del encuentro. “Señor, concede a todos los que Te buscan, que Te encuentren, y a todos los que ya Te han encontrado, que Te busquen de nuevo, hasta que todo nuestro buscar y encontrar sea cumplido en tu presencia” (Hermann Bezzel).

      La oración brota desde una necesidad, desde un deseo, desde una frustración. Así se expresaba Cervantes en el Quijote: “Abrid camino, señores míos, dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas, ni ciudades de los enemigos que quisieran acometerlas.

       Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido.

       Vuestras mercedes se queden con Dios, y queden con Dios, y digan al Duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano: quiero decir, que sin blanca entré en este gobierno, y sin ella salgo, bien al revés de cómo suelen salir los gobernadores de otras ínsulas”.

       La oración, como tantas cosas en la vida, no se puede saborear ni ver los resultados hasta que no se toma en serio. Por eso quien dude de su eficacia, que la pruebe.

Padre Eusebio Gómez Navarro O.C.D