
Segundo sábado de septiembre con María en el corazón. María, la Madre amada. No se puede exclamar más alto y más claro. Amo a la Virgen. ¿Cómo no amarla y quererla si es la elegida de Dios, la Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Madre de la divina gracia, Madre amable, Madre admirable, Madre del buen consejo y Madre de misericordia. ¿Cómo no acercarse a Ella y buscarla con constancia para dejarse abrazar por sus santas manos?
María es Madre. La que siempre te acompaña. La que nunca abandona. La que, postrada ante la Santísima Trinidad, ruega por cada uno de sus hijos. La que socorre en las dificultades; la que te solventa tantos problemas y te reconduce cuando te extravías.
María es la Madre que te enseña a decir «Sí». María es la que aceptó el rol de corredentora del género humano aquel día que a los pies de la Cruz asintió cuando Jesús, agonizante, dirigiéndose al discípulo amado, le dijo a Juan: «Ahí tienes a tu madre». Ese día estábamos todos a los pies de la Cruz acogiendo en el corazón a la Madre dolorosa.
Yo amo a María por ser la Madre de Jesús. Por su condición de Inmaculada. Por ser la Madre de los creyentes y de los que no creen. Amo a María porque Ella llevó a Jesús a realizar su primer milagro e intercede para que prosiga haciéndolos cada día. Amo a María porque es la que me enseña a conocer y amar a Jesús, la que me acompaña en mis caminos de cruz y me enseña a recibir su Hijo amado. Amo a María porque me enseña el camino de la humildad y la sencillez. Amo a María porque es escuela de oración, de amor, de serenidad, de perdón y de misericordia. Amo a María por su fidelidad. Amo a María porque es la reina del cielo y de la tierra. Amo a María porque es Iglesia viva iniciada en Pentecostés. Amo a María por su dulce nombre. Podría dar más razones para amar a María, modelo, amiga y guía aunque hoy solo puedo exclamar: ¡Gracias, María, por hacer grandes tus desvelos para que pueda crecer en santidad!
¡Dios te Salve, María, llena eres de gracia, el Señor está contigo! ¡Te ofrezco, María, lo que diga, lo que haga, lo que piense y lo que siente! ¡Se lo ofrezco a Jesús a través de tu Inmaculado Corazón! ¡A través tuyo, Madre buena, le ofrezco a Jesús todas mis intenciones de este día; le ofrezco mis ojos, mis oídos, mi mente y mi corazón; le ofrezco todo mi ser! ¡Gracias, María, por tu amor; gracias porque no te cansas nunca de escuchar mis súplicas! ¡Gracias, María, sabes Madre Mía que te amo; que sea capaz de trasladar también ese amor a los demás! ¡Te amo, María, y quiero imitarte en todas tus virtudes; en tu fe viva y alegre, en tu obediencia sin anteponer tu voluntad, en tu oración esperanzada y constante; en tu amor ardiente a la Trinidad Santísima, en tu paciencia infinita, en tu servicio generoso, en tu amabilidad con el prójimo, en tu sabiduría gloriosa, en tu entrega decidida, en tu aceptación de la voluntad del Padre! ¡Te amo, María, y te confío mi vida y la de los míos porque sé que nunca me abandonas! ¡Te amo, María, refugio de pecadores y salud de los enfermos; tu sabes de mis flaquezas y mis caídas; ayúdame a levantarme cuando estoy herido por el pecado y soy tentado por el demonio que tanto te menosprecia y te odia! ¡Te amo, María, Madre amable, por la experiencia de amor, ternura, misericordia y bondad con la que jalonas mi vida! ¡Inmaculado Corazón de María, en Ti confío!
Oh, María, imploramos su asistencia a la Virgen:
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