martes, 6 de junio de 2017

EL FARISEO Y EL PUBLICANO – SAN AGUSTÍN



« El publicano… no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo »

 El fariseo decía: «Yo no soy como los demás.» ¿Quiénes son estos ‘demás’ sino todos excepto él? «Yo soy justo, los demás son pecadores; no soy como los demás, ladrones, injustos, adúlteros.» Fíjate que la presencia de un publicano a su lado le ofrece la ocasión de enorgullecerse más todavía. «Yo, yo soy un hombre distinto; él es como los demás. Yo no soy de su especie; gracias a mis obras de justicia no soy un pecador. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo». ¿Qué es lo que le pide a Dios? Buscad en sus palabras, y encontraréis que no pide nada. Subió al templo, digamos que para orar; pero no pide nada a Dios, sólo se alaba. E incluso es demasiado poco para él el no pedir nada a Dios sino alabarse que, por añadidura, insulta al que ora a su lado: ¡es el colmo!


El publicano «en cambio, se quedó atrás», y, sin embargó se acercó a Dios; lo que se reprochaba en su corazón parecían alejarle, pero su amor le acercó a Dios. Este publicano se mantuvo a distancia, pero el Señor se acercó a él para escucharle. «El Señor es sublime, se fija en el humilde», mientras que «de lejos conoce al soberbio», como el fariseo (Sl 137,6). Todo el que se enorgullece, el Señor lo mira desde lejos, pero no lo ignora.

Por el contrario, fijaos en la humildad del publicano. No sólo se mantiene a distancia, sino que ni se atreve a levantar los ojos al cielo. No se atreve a levantar los ojos y buscar una mirada. No se atreve a mirar a lo alto. Pues su conciencia le humilla, pero la esperanza lo levanta. Escuchad más: «Se golpeaba el pecho». Por sí mismo cree que merece un castigo; por eso Dios perdona la culpa a este hombre que confiesa su falta. «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador»: ¡mirad a alguien que ora! ¿De qué extrañarnos que Dios ignore sus faltas puesto que él mismo las reconoce? Se hace su propio juez y Dios defiende su causa. «En verdad os digo» – quien habla es la Verdad, es Dios, es el juez- «este publicano bajó a su casa justificado, y aquél no». Dinos, Señor, ¿por qué? «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia