viernes, 30 de junio de 2017

Tengo la certeza de que Dios me escucha siempre


ORAR CON EL CORAZÓN ABIERTO
Meditaciones diarias para un sincero diálogo con Dios

Tengo amigos que me recriminan mi poca participación en los chats de WhatsApp. Lo cierto es que estoy agregado a varias decenas de ellos y los sigo todos con la atención que el tiempo me permite, especialmente los que integran mis amigos en la fe. Pocas veces intervengo pero ayer me detuve especialmente en uno. Un amigo andaluz, amante del buen toreo, el fino, el jamón ibérico y las mujeres elegantes y guapas (sin llegar a más), escribe una experiencia personal y concluye: “Ahora tengo la certeza de que Dios me escucha siempre”. A orado intensamente con fe por algo y Dios ha escuchado su súplica. Alguien le responde con una frase de san Agustín: “La oración es la debilidad de Dios y la fuerza del hombre”.

Profundo siempre el santo de Hipona. Efectivamente, Dios escucha siempre. En mis momentos de aridez espiritual siempre me viene a la mente el tesón espiritual y físico del Señor para recogerse en oración cuando tuvo que superar tantos obstáculos humanos. Para Él ni la tribulación, ni el cansancio, ni el dolor, ni la sequedad constituyeron una traba para dejar de orar. Ese ejemplo del Señor es la constatación de que es necesario rezar siempre, no sólo en los momentos de exaltación y devoción sensible, sino también en esos periodos en los que la aridez y el desconsuelo, el disgusto y la aspereza anidan en nuestro corazón. Y esto, además, se hace necesario hacerlo siempre, todos los días, toda la vida, acontezca lo que acontezca, pase lo que pase, murmure quien murmure, critique quien critique.
No olvidemos que la experiencia de una oración llena de consuelos no tiene porque ser la que más nos acerque a Dios, sino el ejercicio de las virtudes teologales, que puede ser muy intenso y unitivo aunque caminemos a oscuras.
El fin de toda oración no son los impulsos afectivos sino la total y plena adhesión a la voluntad del Padre, que en su bondad acoge nuestras plegarias. Siempre le digo a mis hijos cuando se lamentan de un problema y lo rezan: no le contéis a Dios lo tremendo que es vuestro problema, explicadle claramente a vuestro problema lo grande que es Dios y lo que Él puede hacer para ayudaros.


¡Haz, Señor, que se eleve a Ti mi espíritu y piense en mis culpas con dolor y propósito de la enmienda! ¡Dame, Señor, un corazón alerta para que ningún pensamiento superficial lo distraiga de ti; un corazón recto y noble que impida ser seducido por una pasión indigna; un corazón incorruptible que no se vea contaminado por ninguna tipo de intención mala; un corazón firme que ninguna tribulación pueda quebrar; un corazón libre que ninguna pasión turbia logre vencer! ¡Tú me conoces enteramente Señor; tu sabes de mi presente, de mi pasado y de mi futuro; los tienes delante de Ti, por eso te entrego mis miedos para que los transformes en confianza; mis lágrimas, para que las transformes en oración; mi desánimo, para que lo transformes en fe; mis desconfianzas, para que las transformes en paz del alma; mi rencor, para que lo transformes en serenidad; mis silencios, para que los transformes en adoración y alabanza a Ti! ¡Gloria siempre a Ti, Señor, por lo que haces en mi vida!