lunes, 1 de mayo de 2017

Contemplación de Jesús evangelizador (y III)


Corazón Eucarístico de Jesús3 abril 2017


Jesús es el Evangelizador y el Evangelio mismo. Ha venido para predicar y enseñar, como el verdadero y gran Profeta que surgió entre nosotros, como Palabra que es pronunciada en lenguaje humano para que lo acojamos y entendamos.


Evangeliza Jesús con su vida, que interpela y contrasta con la existencia llena de pecado. Su amor es un amor que evangeliza porque revela un origen distinto, sobrenatural, y se entrega sin límites ni condiciones mostrando que el amor está abierto al sacrificio y que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. 

Su perdón es un perdón sincero que permite a la persona comenzar de nuevo. Reconoce la gravedad del pecado, no lo disimula ni le resta importancia, y al perdonar, invita a una existencia nueva, a un cambio. Incluso perdona, en la misma cruz, a sus verdugos, exculpándolos por su ignorancia ante la crucifixión de su Redentor.


Ha venido para hacer la voluntad del Padre que lo envió. Ese es su alimento, hacer la voluntad del Padre, porque desde que entró en el mundo, tomó un cuerpo, y dijo: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". Se abre a la voluntad de su Padre y la hace suya; quiere lo que quiere el Padre.

Evangeliza porque su deseo es que todos se salven, queden redimidos del pecado y de la muerte, entren en el Reino por la fe y la conversión, respondan personalmente al amor de Dios. Desconoce la ideología, rechaza expresamente el materialismo, y renuncia a cualquier intepretación terrena del Reino de Dios y de su salvación porque su Reino no es de este mundo.

Halla fuerzas y consuelo, luz y aliento, en su Corazón con la oración asidua. Se retira y ora de noche a solas en el monte, o al alba, antes de amanecer, se aparta de sus discípulos para poder tratar con el Padre. Necesita de la oración antes de cualquier otra cosa... y los apóstoles quedan impactados de la importancia que le da a esta oración privada y cordial con el Padre. Además reza los salmos en los momentos prescritos de la jornada, acude a la sinagoga los sábados para escuchar las Escrituras santas, celebra la Pascua con la Cena pascual. Su vida está vuelta por completo al Padre. Sólo así evangelizará.

Evangeliza a tiempo y a destiempo, con distinto método y diferente pedagogía. 

Es capaz de provocar sabrosos diálogos conduciendo al interlocutor al reconocimiento de Dios y la salvación: Andrés y Juan, la Samaritana, Nicodemo... 

A los doce, elegidos después de orar en el monte, los instruye en privado y les revela los misterios del Reino y su misma convivencia con ellos es educadora, enseñándoles a cada momento e incluso explicándoles las parábolas con detalle. 

Finalmente, una predicación abierta, amplia, dirigida a todos, para evangelizar a todos: el sermón de la montaña, las parábolas...

El Reino de Dios se ha hecho presente en la historia en la persona del mismo Cristo. Esta proximidad del Reino es expresada por las curaciones a ciegos, leprosos, paralíticos, signos de la salvación física, moral y espiritual de Dios. También expulsa al demonio en los endemoniados, porque tiene poder sobre el mal y lo derrotará en la cruz. A la muerte la ha vencido también, resucitando (más bien revivificando) a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naím y a Lázaro; así evangeliza mostrando que Dios es Dios de vivos y la muerte tiene las horas contadas ya, hasta su propia resurrección.

Jesús evangeliza con su libertad absoluta, su autoridad moral, la certeza de su Persona. No tiene donde reclinar la cabeza, confiando en la Providencia. Camina de aldea en aldea anunciando el Reino de Dios. Provoca la adhesión personal a Él llamando al seguimiento. Goza de la amistad y del encuentro. Observa cuanto le rodea, toma ejemplos de la vida concreta, mostrando cómo es un espíritu agudo y contemplativo y sabe cómo emplear un lenguaje sencillo para enseñar los grandes misterios de la salvación. Es incansable. Lo supedita todo a su misión evangelizadora. Provoca el hambre de Dios y lo buscan para oírle, multitudes que incluso se pisaban, para escuchar la Palabra.

Los hombres jamás encontraron a alguien así. 

Su mirada, sus gestos, su palabra, su misma Presencia despertaba lo más noble del corazón y reconocían en Él a quien buscaba el corazón. Él era la respuesta a sus deseos más profundos. Él conquistaba y en quienes lo oían nacía una certeza: Éste es el Hijo de Dios.

Provocaba crisis con su predicación, dejando al descubierto la verdad de los corazones. Muchos lo abandonaban, escandalizados porque era fácil aplaudir si hablaba de ciertas cosas y daba de comer, pero difícil y duro cuando entra en las realidades últimas, como la Eucaristía y la cruz, que no están dispuestos a aceptar. ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

Jesús, en su humanidad, estaba lleno de Dios, viviendo de Dios y dedicando tiempo al Padre; y fruto de esa vida, se vuelca en el bien del hombre, y en ese bien que es conducirlo a Dios. Muestra un amor verdadero y una misericordia entrañable.

Éste es el verdadero evangelizador, el Maestro, el Señor.

Verlo así, globalmente considerado, es una perspectiva completa para que aprendamos nosotros a ser evangelizadores con su estilo y con su Corazón.