viernes, 26 de mayo de 2017

Competir con Dios.

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¿Queremos que Dios se ocupe de nuestras cosas, nos conceda toda clase de gracias y bendiciones? Entonces compitamos con Dios, porque ya lo ha prometido el Sagrado Corazón de Jesús: que si nos ocupamos de Él y de sus cosas, Él se ocupará de nosotros y de nuestras cosas. ¡Y es promesa de Dios! 

Ya que andamos necesitados de tantas cosas, ¿por qué no competimos con Dios? ¿Por qué no comenzamos a dedicarnos a Dios y a sus cosas? 
Las cosas por las que se interesa el Señor son las almas, son “sus cosas”. Entonces empecemos ahora mismo a trabajar por la salvación de las almas, por darle gloria a Dios. Recemos más, porque con la oración se consiguen gracias y se salvan almas. Ofrezcamos sacrificios porque el dolor es redentor y así se salvan almas. Hagamos apostolado. Y preparémonos a ver cosas grandiosas en nuestras vidas y en las vidas de quienes amamos. Porque en realidad no podemos competir con Dios, puesto que Él no se deja ganar en generosidad por sus criaturas, sino que les devuelve centuplicado lo que ellas hacen por Él y por sus cosas. 

Es un dulce pacto que hacemos con el Señor: Ocuparnos completamente de Él y de sus cosas, y dejemos que Dios se ocupe de todo lo nuestro. Saldremos ganando en todos los aspectos. Hagamos la prueba y, si comprobamos por nosotros mismos que esto funciona, entonces difundamos este secreto, para que sean muchos los que trabajen por la mayor gloria de Dios y bien de las almas, y por ende sean beneficiados con toda clase de favores y bienes. 
Tomemos el ejemplo de los Santos. ¿Sabemos de algún Santo al que le haya faltado la ayuda de Dios, su Providencia? A ninguno le faltó, sino que recibieron generosamente de Dios. Y en el Cielo les esperaba la mejor parte todavía. 
Pongamos a trabajar nuestra fe. A Dios no hay que tentarlo. Pero en este sentido sí que podemos hacer esta santa competencia con Él: ocuparnos con pasión de sus cosas, para que Dios se ocupe de todo lo nuestro.