domingo, 10 de febrero de 2019

La necesidad del obrar de un carisma

Es una realidad concreta el fundamento sacramental de los ministerios y de las funciones de los laicos en la iglesia, el bautismo, la confirmación y, para muchos el sacramento del matrimonio, es un punto esencial de la teología del laicado, vinculado a la estructura sacramental de la Iglesia.

El padre Claudio Bert imponiendo sus manos a enfermos que llegaban a sus misas

Pero debemos agregar ahora que el Espíritu Santo, dador de todo don y principio primero de la vitalidad de la Iglesia, no sólo obra en ella por medio de los sacramentos.
El Espíritu Santo, que, como dice san Pablo, distribuye a cada uno sus dones según su voluntad (cf. 1 Co 12, 11), derrama en el pueblo de Dios una gran riqueza de gracias mediante la oración, la contemplación y la acción y sobre todo en aquellos que sin preguntas aceptan los designios y gracias de Dios para donarse y darse a los hermanos.. Eso son  los carismas.
                                 Un dia de atención en la obra del padre una vez al mes
Muchos laicos son beneficiarios de estos carismas especialmente con miras a su misión eclesial y social. Lo ha afirmado el concilio Vaticano II, remitiéndose a san Pablo: el Espíritu Santo – «distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición con las que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras (de san Pablo): A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad” (1 Co 12, 7)» (Lumen gentium, 12).
San Pablo había destacado la multiplicidad y variedad de los carismas en la Iglesia primitiva: algunos extraordinarios como el don de realizar curaciones, el don de profecía y otros más sencillos, concedidos para el cumplimiento ordinario de las tareas encomendadas en la comunidad (cf. 1 Co 12, 7-10).

A la luz del texto de san Pablo, los carismas han sido considerados a menudo como dones extraordinarios, sobre todo característicos del comienzo de la vida de la Iglesia.
El concilio Vaticano II quiso poner de relieve el hecho de que los carismas son dones que pertenecen a la vida ordinaria de la Iglesia y que no tienen necesariamente un carácter extraordinario o maravilloso. También la exhortación apostólica Christifideles laici habla de los carismas como dones que pueden ser «extraordinarios o simples y sencillos» (n. 24).
Además, es preciso tener presente que muchos carismas no tienen como finalidad primaria o principal la santificación personal de quien los recibe, sino el servicio a los demás y el bien de la Iglesia.
Como nos ha dicho san Pablo y nos ha repetido el Concilio, esos carismas son fruto de la libre elección y generosidad del Espíritu Santo, del que reciben su propiedad de Don primero y sustancial en el ámbito de la vida trinitaria. Dios uno y trino manifiesta de modo especial en los dones su soberana potestad, que no está sometida a ninguna regla anterior, ni a una disciplina particular, ni tampoco a un esquema de intervenciones establecido de una vez para siempre: como dice san Pablo, el Espíritu distribuye a cada uno sus dones «según su voluntad» (1 Co 12, 11).
Es una eterna voluntad de Dios. Por esta soberana libertad y gratuidad, los carismas son concedidos también a los laicos, como lo atestigua la historia de la Iglesia (cf. Christifideles laici, 24).
Ahora bien, es preciso prestar atención también a otro punto de la doctrina de san Pablo y de la Iglesia, que vale tanto para toda especie de ministerio como para los carismas: su diversidad y variedad no pueden ir en perjuicio de la unidad. «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo» (1 Co 12, 4-5). San Pablo pedía que se respetaran esas diversidades, porque no todos pueden querer desempeñar la misma función, contra el plan de Dios y el don del Espíritu, e incluso contra las leyes mas elementales de toda estructura social.
La historia de la Iglesia atestigua que, cuando los carismas son reales, antes o después son reconocidos y pueden ejercitar su función constructiva y unitiva. Función, recordémoslo una vez mas, que la mayor parte de los miembros de la Iglesia, tanto clérigos como laicos, en virtud de carismas silenciosos, desempeña eficazmente cada día por el bien de todos nosotros.
De la Catequesis del Papa Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles,
9 de marzo de 1994.
Publicado por José Luis Puig. Presidente de la Fundación OPSME Obra del padre Claudio Bert

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