martes, 20 de junio de 2017

San Luis Gonzaga


Es el Patrono de la Juventud. Supo dar preferencia a los valores verdaderamente importantes de la vida, dejando a un lado el poder, el honor y el dinero.
El P. Pedro Arrupe, en ese entonces general de la Compañía de Jesús, en el IV centenario del nacimiento de San Luis Gonzaga dijo: “Luis no negoció. No aceptó compromisos. No pudo aceptar las deformaciones hechas a Cristo por el mundo y la sociedad. Si el mundo negó a Cristo, él lo aceptó y lo siguió íntegramente”.
Nacimiento
San Luis Gonzaga nace en Castiglione, el 9 de marzo de 1568. Su padre, don Ferrante, fue el Marqués de Castiglione y su madre, doña Marta, la hija de los Barones de Santena de Chieri (cerca de Turín). El padre, muy orgulloso y altanero. La madre, más bien suave y y piadosa.
Luis es el primogénito y, por lo tanto, el heredero del marquesado. Su nacimiento fue muy difícil y puso en serio peligro la vida de sua madre. Tanto, que debió ser bautizado en el seno materno, antes de haber terminado de nacer.
Después, los marqueses de Castiglione tuvieron otros siete hijos. Solamente dos llegaron a la edad madura. Tres murieron muy niños y dos tuvieron trágica muerte.
Niñez y juventud.
La niñez de Luis fue la propia de todo niño noble de la época feudal. El padre lo miró con orgullo y con esperanzas, por ser su heredero. La madre lo cuidó con esmero y le enseñó a rezar. Los servidores y súbditos lo respetaron y adularon.

Al cumplir Luis los cuatro años de edad, es llevado por su padre al campamento militar de Casatelmaggiore. Allí, a la orilla derecha del río Po, no lejos del bosque de encinas que suministra la madera para las naves, se entrenan 3.000 soldados. Han sido solicitados por Felipe II, para la campaña de Túnez.
El marqués no cabe en sí de orgullo y pasea a su heredero, entre los soldados. Luis viste una pequeña armadura y lleva un arcabuz hecho a su medida. El padre goza al ver al hijo que disfrutando con su papel de caballero.
Luis, efectivamente, siente gusto, hasta llegar a cometer algunas imprudencias. Aprende a decir las palabras soeces de los soldados, sin entender el significado. Nadie, ni su padre, le da importancia. Todos sonríen, complacidos, porque ven en Luis al futuro buen soldado.
Un día, Luis,, en el campamento, dispara su pequeño arcabuz y se quema la cara. Otra vez, esfue más atrevido. Cuando duermen los soldados por el calor de la siesta, roba un poco de pólvora y hace explotar un pesado cañón. El artefacto, al retroceder, por poco lo atrapa bajo las ruedas. Su padre se enfurece al oíir el estallido, pero al enterarse de quién ha sido el culpable, se apacigua y se limita a reprenderlo sin violencia. En el fondo se siente orgulloso de su hijo Luis.
Pero Luis, menos indulgente que su padre, más tarde se echará en cara estas faltas infantiles. Las palabras soeces y el robo de la pólvora serán un día materia de arrepentimiento.
Educación.
Entre 1573 y 1576, don Ferrante se ausenta de Castiglione. En Mesina debe embarcarse con Don Juan de Austria para la campaña de Túnez. Después de la victoria, se dirige a Madrid para participar en la recompensa generosa.
Entretanto, los hijos quedaron al cuidado de doña Marta y del ayo florentino, el fiel Pedro Francisco del Turco. Este hombre recto tuvo un influjo notable en Luis. Cuando le oye decir palabras vulgares le pregunta: “¿Quién te las ha enseñado?”.Sin titubear, Luis contesta: “Los soldados de Casalmaggiore“. El ayo, entonces, le explica que una persona de condición no debe emplear, jamás, palabras soeces. Sumiso, Luis pregunta: “¿Un señor no debe decir estas cosas?”. Pedro Francisco dicejo: “No, de ninguna manera“. Luis termina el diálogo: “Está bien. No las diré más“. Y mantuvo su promesa.
Cambios notables.
Cuando don Ferrante regresaó, en 1576, a Castiglione, por cierto que, encuentra a su hijo primogénito muy cambiado. A Luis, es claro, ya no le interesan los juegos militares. Y eel todavía niño pareceía mostrar ahora una personalidad, en los hechos y en las palabras, superior a la de un jovencito delos ocho años de edad.
Luis, a los ojos paternos, aparece más serio, estudioso, reflexivo y, tal vez, algo más piadoso. En los primeros estudios de latín y en los inicios del castellano, ha aprovechado. La primera impresión de don Ferrante es desilusión, porque le hubiera gustado ver en él las condiciones de un hombre de guerra. Después, el marqués la cambia por una más benigna. No será, tal vez, un gran soldado, pero sí, un excelente gobernante. Queda satisfecho y decide dar al hijo la mejor educación que sea posible. Jamás supo que Luis ha dicho a doña Marta que él podríaá ser el hijo religioso que ella había confesadodicho desear.
Por las cortes feudales de Italia.
Don Ferrante decideió llevar, al año siguiente, a Luis y a su hermano Rodolfo a la corte de Florencia. Francisco de Médicis es el gran duque, y, su esposa, la archiduquesa Juana de Austria, es hija del emperador. En esa corte, los dos niños Gonzaga aprenderán el idioma toscano, se rozarán con los “grandes” y progresarán en cultura general. Florencia es la capital del arte.
En el viaje visitaron la célebre catedral de Lucca y veneraron las reliquias de la Santa Faz. Poco más de un mes estuvieron en Fiésole.
Florencia.
En Florencia, los Gonzaga establecen, el l de noviembre de 1577, una pequeña corte. Pedro Francisco del Turco es el ayo y el director. Hubo, además, un capellán y varios servidores. Don Ferrante vuelve pronto a Castiglione.
Luis aprovechaó mucho en Florencia. Pedro Francisco del Turco, como florentino, le haceizo conocer toda la ciudad. Con él recorreió todo, pero en especial las iglesias de Santa María del Fiore, la Santísima Anunciata y San Giovannino. La facilidad de Luis en sus estudios del toscano y del arte le deja mucho tiempo libre. Asiste a las carreras de caballos, y recibe clases de esgrima y de baile.
En el gran palacio Pitti, sede de la corte de los Médicis, sus compañeras de juego son Ana, María y Eleonora de Médicis. La primera morirá antes de casarse. La segunda será reina de Francia y abuela de Luis XIV, el rey Sol. La tercera será duquesa de Mantua. El mayor del grupo es don Juan de Médicis, de trece años, hijo natural de Cosme y hermanastro del gran duque Francisco. El gran duque tiene, además, una amante y los cortesanos murmuran.
Una primera reflexión.
Poco a poco, Luis comienza a mostrarse en oposición al ambiente de lujo y ostentación de la corte.
Cuando iba al palacio Pitti, vestido con sus mejores galas, muchas veces se decía: “Encima de los marqueses está el gran duque, sobre el gran duque está el rey, y sobre el rey está el emperador. Pero sobre todos ellos está Dios ante quien todas las grandezas son polvo”.
Luis desea elegir un confesor estable y, por consejos de su ayo Pedro Francisco del Turco, escoge al Rector del Colegio de los jesuitas, el P. Francisco de la Torre. Este fue el primer contacto de Luis Gonzaga con la Compañía de Jesús.
El voto de perpetua virginidad.
Su padre espiritual le da el librito del P. Loarte, jesuita, “Misterios del Rosario“. Luis lo lee y lo relee, meditándolo. Y muy pronto se mueve a imitar la pureza de la Santísima Virgen.
Un día, orando de rodillas, en la iglesia de la Santísima Anunciata, decide hacer una ofrenda heroica.
El P. Virgilio Cepari, confesor de San Luis y su primer biógrafo, nos cuenta así el hecho: “Le vino al pensamiento que sería servicio muy acepto a la Virgen Santísima, si él, por imitar cuanto le fuese posible su pureza, le consagrase desde luego con particular voto su virginidad. Con este pensamiento, estando un día en oración delante de la imagen que llamamos de la Anunciata, a honra de la Virgen, hizo voto a Dios nuestro Señor de perpetua virginidad”.
Mantua.
Por el verano de 1579, don Ferrante llamó a sus hijos de regreso. El había obtenido del emperador, por fin, el ansiado título de príncipe del Sacro Imperio Romano. Y quería que sus hijos estuvieran presentes el día de la investidura del príncipe de Castiglione“. Por otra parte, el duque de Mantua, su pariente, le encargaba la defensa de sus estados. Y además, la corte de Florencia no era la misma al ser elevada a gran duquesa la antigua amante de Francisco de Médicis.
En noviembre de 1579, Luis y Rodolfo se incorporan a la corte del duque de Mantua. Fueron seis meses. El duque Guillermo, el jorobado, y su esposa Leonor, hija del emperador Fernando, han hecho de Mantua una corte floreciente. La duquesa es una mujer piadosa y muy pronto se interesa por Luis. Pero éste no frecuenta mucho el palacio.
La salud de Luis, en Mantua, se resiente. Increíble:, a los 11 años, tuvo cálculos renales. Los escasos conocimientos de los médicos de la época aconsejaron la disminución de los alimentos y beber muy poco líquido. Luis sigue los consejos médicos y prácticamente ayuna durante toda su estadía en Mantua. A los seis meses debe regresar a Castiglione.
Regreso a Castiglione.
El regreso a la casa y la cercanía de doña Marta lo alegraron en gran manera. Recupera la salud y tiene en su madre una confidente de sus luchas y anhelos.
Comienza a enseñar catecismo a los niños de la ciudad, guiado por el texto de San Pedro Canisio, y un día dice a su madre que quiereía ser misionero como Francisco Javier.
En su habitación, pequeña y con la puerta siempre cerrada la puerta, Luis pasa horas leyendo salmos y diciendo sus oraciones acostumbradas. La Biblia, el Catecismo de San Pedro Canisio, las Cartas de San Francisco Javier y las Cartas edificantes de los misioneros jesuitas de la India son su lectura espiritual. Y poco a poco, de la oración vocal va pasando a la meditación y a la contemplación afectiva. Luis es dócil a la gracia de la consolación y, entonces, con mayor afán se da a mayores prácticas espirituales.
San Carlos Borromeo y la Primera Comunión.
Pero lo más importante para él es la Primera Comunión. San Carlos Borromeo, cardenal arzobispo de Milán, hace la visita pastoral a Castiglione en julio de 1580.
Los marqueses desearon alojar al cardenal en su palacio. Pero San Carlos decide alojar en la casa parroquial. Los dos santos se entendieron muy bien, el uno de 42 años y el otro de 12. La primera entrevista dura dos horas. Luis aprovecha la ocasión para proponer a San Carlos las dificultades que tiene para poder seguir la voluntad de Dios. En cierto momento, el cardenal le habla de la Eucaristía. San Luis le pide entonces hacer su primera Comunión.
El 22 de julio de 1580, el cardenal en solemne Misa pontifical, en presencia de todo el pueblo, le da a Luis la Eucaristía. A partir de entonces, alentado por San Carlos Borromeo, la vida espiritual del futuro Santo empieza a girar en torno a este Sacramento.
En Casal, con su padre.
Desde octubre de 1580 hasta mayo de 1581, Luis debe vivir en Casal, junto a su padre.
Don Ferrante decide distraer al hijo y forzarlo a llevar una vida de mayor contacto social. Luis se resiste y no quiere participar. El marqués se irrita. Luis permanece inconmovible. El muchacho no da argumentos. No discute. Pero permanece firme en su negativa.
En Casal, Luis toma la decisión de hacerse religioso. El tiene, ahora, algo más de trece años, y está en plena adolescencia.
Viaje a España.
En 1581, la emperatriz María, viuda de Maximiliano II y hermana de Felipe II, determinaó viajar desde Praga a Madrid. Para rendirle honores el rey Felipe invita a muchos señores distinguidos a incorporarse a la comitiva. Don Ferrante en la invitación ve una excelente oportunidad para su ambición y futuro. Hay más horizontes en la corte de España que en su pequeño estado. Con rapidez, el marqués y toda su familia se incorporan en Vicenza al cortejo, en el mes de septiembre.
Luis tuvo una agradable sorpresa al conocer al capellán de la emperatriz. Era el jesuita portugués P. Francisco Antonio, quien fuera confesor del mártir jesuita inglés San Edmundo Campion. Ese mismo Padre había aconsejado al joven polaco San Estanislao de Kostka en Viena. Le había dado una carta de recomendación para que fuera admitido en la Compañía.
Luis eEmprende elun largo viaje, por mar y tierra. Con la comitiva imperial y el P. Francisco Antonio, Luis visita Monserrat, de tantos recuerdos ignacianos.
En la corte española.
En marzo de 1582, Luis Gonzaga ya está instalado en la corte más imponente de Europa. Esra todo un adolescente, de 14 años, alto, de buena figura, de ojos negros.
En la corte española, Luis y Rodolfo son nombrados pajes de don Diego, un pequeño de siete años, príncipe de Asturias y heredero del trono. Ser paje del futuro rey de España esra un honor, así lo piensa don Ferrante. Pero a Luis, tal honor no lo preocupa mucho.
En Madrid, con profesores particulares, Luis hace buenos progresos intelectuales: en latín, ciencias biológicas, matemáticas, lengua castellana y filosofía. Incluso, en una visita a la Universidad de Alcalá, es invitado a presentar argumentos en una discusión académica. Lo hace en un buen latín y con particular conocimiento.
Su condición de paje lo obliga a quedar sometido, en este caso, a un niño a quien dobla en edad. Pero el carácter de Luis no siempre lo permitía. En una ocasión, el príncipe don Diego, irritado por un viento frío, gritó con indignación: “Viento, te ordeno que te vayas“. De inmediato Luis le replicó: “Alteza, Ud. puede mandar a los hombres, pero el viento obedece a Dios, al cual también Ud. debe obedecer“.Fue toda una rebeldía. La frase de Luis, circuló en la corte y al mismo Felipe II le gustó cuando llegó a sus oídos.
Y Luis, impertérrito, continúa con sus prácticas espirituales, iniciadas en Castiglione. Pide al P. Fernando Paternó, jesuita, que sea su director espiritual. Y empieza a vivir, en la corte, una vida austera y modesta.
Parecía ser un rebelde, contra la educación impartida a los “grandes”, y que era la misma que él estaba recibiendo. Más de alguno lo criticó con dureza, pero también hubo otros que lo admiraron. Algo había en su modo de proceder que mostraba seriedad y un profundo convencimiento. Los más se acostumbraron a respetarlo.
El príncipe don Diego murió de viruelas el 21 de noviembre de 1582. Luis y Rodolfo debieron acompañar su cortejo a la cripta del Escorial.
Ante el rey Felipe II.
Cuando Felipe II regresa a Madrid, victorioso de su campaña portuguesa, Luis es el escogido para pronunciar el discurso de bienvenida.
En un hermoso y perfecto latín admiró a todos, hasta al rey. ¿Escribió Luis el discurso? ¿Lo ayudaron? ¿Por qué fue tan parco y nada dijo sobre las razones del rey para conquistar la corona vacante de Portugal? ¿Quiso mostrar que no le interesaba la riqueza o el poder?
Discernimiento espiritual.
Luis, en su discernir, poco a poco, fue llegando a la decisión que le parecía lógica: renunciaría a todo y se haría religioso.
Pero, ¿dónde? ¿Cómo saber que Dios quiere ese camino? Con oración, cada día más profunda, empieza a suplicar que el Señor le muestre su voluntad santa.
El discernimiento termina el 15 de agosto de 1583. El mismo lo contará más tarde. Ese día, mientras oraba ante el altar de Nuestra Señora del Buen Consejo, en la capilla del Colegio imperial de la Compañía de Jesús, sintió que la Virgen María le pedía que entrara en la Compañía de su Hijo.
Para Luis, entonces, todo queda claro. No duda más.
De inmediato cuenta todo a su confesor y director espiritual, el jesuita Fernando Paternó. Animado por él, lo dice a su madre. Doña Marta le da su apoyo y se encarga de decírselo a don Ferrante. Luis tenía entonces quince años y medio de edad.
Dificultades.
Después de esto, vino la guerra total. Don Ferrante explota en ira. Primero le echa la culpa a doña Marta. Después a los jesuitas. A Luis le reprocha con indignación:“¿Piensas pasar el resto de tu vida en una comunidad religiosa? ¡Sal de aquí! Y si no te vas te mando desnudar y azotar”.
Luis con valentía contesta: “Quiera Dios que yo pueda sufrir algo por esto“.Inmediatamente da media vuelta y sale de la habitación.
El marqués llama al P. Paternó y le echa en cara el haber empujado a su hijo primogénito hacia la vida religiosa. El P. Paternó le dice: “Hace sólo cuatro días que supe la determinación de su hijo. Es cierto, me imaginé que iba a llegar a esto, pero nunca lo hablamos”.
Don Ferrante entonces, menos ofuscado, suplica a Luis: “Hijo, por lo menos, pon los ojos en otra Orden religiosa, porque la Compañía de Jesús no admite dignidades”. Luis contesta: Por eso mismo he escogido a la Compañía. Si yo quisiera dignidades no iba a cambiar la certeza del marquesado por otra muy dudosa”.
El marqués pidió después a su pariente, Francisco Gonzaga, General de los franciscanos, de paso por Madrid, que convenciera a Luis de su error. Muy seriamente, tras un largo examen, el franciscano da un apoyo total al joven Luis.
Entonces, don Ferrante, acostumbrado a las batallas peligrosas decide replegarse. Si él llegaba a perder, Luis podría ingresar a la Compañía de Jesús en España, demasiado lejos de Castiglione. Además, Luis podría entusiasmarse, a ejemplos de San Francisco Javier, por las misiones de la India, separada por todo un año de navegación. Las otras Indias, las occidentales, dependientes de la corona española, eran más pavorosas aún y estaban separadas del mundo civilizado por una fosa interminable.
Echa mano, entonces, de toda su autoridad feudal y paterna. Decide regresar con su familia a Castiglione.
El regreso a Italia.
El viaje de regreso se hace por mar. Los Gonzaga viajan en compañía del P. Francisco, el General de los franciscanos. Luis acepta con obediencia filial y se dispone a dar en Italia una batalla sin cuartel.
Llegan a Génova el 28 de julio de 1584 y se trasladan en seguida a Castiglione.
No hubo discusiones, pero Luis con su vida demuestra que su decisión no admite retrocesos.
Por las cortes de Italia.
Unos pocos días después, don Ferrante dispone que Luis y su hermano Rodolfo inicien un viaje por varias cortes de Italia: Mantua, Ferrara, Parma, Pavía, Turín, y a Chieri, la casa de sus tíos maternos. Podría ser éste un buen camino para olvidar la vocación.
En Mantua, Luis vuelve a encontrarse con su tío Guillermo – el duque jorobado – y la duquesa doña Leonor, con quienes había vivido seis meses en 1579. Su primo Vicente, el heredero, se ha casado recientemente con Eleonora de Médicis, la que fuera compañera de Luis en el palacio Pitti. Fueron unas semanas agradables.
En el viaje a Ferrara, la comitiva hace una visita al Noviciado de los jesuitas en Novellara. Un testigo de entonces dijo: “La visita de Luis nos produjo verdadera consolación y nos confirmó fuertemente en nuestra vocación, al saber que el príncipe deseaba entrar en la Compañía, pero que todavía no encontraba ni el camino ni los medios.”.
En Ferrara reina el duque Alfonso II de Este, casado con Margarita Gonzaga, hija del duque de Mantua y prima, por lo tanto, de Luis.
En Parma, Luis saluda al viejo duque Octavio Farnesio. El heredero, Alejandro Farnesio, estaba en Flandes con su esposa Margarita, la hija de Carlos V y gobernadora de los Países Bajos. Luis comparte unos días con el primogénito de Alejandro, el joven Ranucio, quien tenía entonces diecinueve años de edad.
En Pavía, Luis encuentra a Federico Borromeo, cuatro años mayor que él. Una profunda amistad se establece casi de inmediato entre los dos jóvenes. Borromeo conservará siempre un gratísimo recuerdo de las largas conversaciones sostenidas. Después, Federico fue arzobispo de Milán y cardenal. Para la beatificación de Luis, se llenó de gozo y ofreció la colaboración de los tribunales de su diócesis para continuar el proceso de canonización.
A Turín la comitiva llega el 10 de agosto de 1585. Los duques de Saboya recibieron a Luis con gran simpatía, pero éste decide ser huésped del arzobispo Jerónimo de la Róvere, primo de su madre.
Desde Turín debieron dirigirse a Chieri. El barón Hércules Santena, tío de Luis, vino a encontrarlos y los invita con insistencia a fin de que conozcieran a todos sus parientes, a quienes nunca habían visto. Con modestia, Luis debió tomar parte en el banquete dispuesto en su honor.
Un día terminó el viaje cortesano. Luis y Rodolfo debieron volver a Castiglione. Llegaron contentos. Luis, dispuesto a seguir su batalla. Rodolfo, maravillado por lo mucho que había visto.
Luchas por la vocación.
Sin embargo, don Ferrante no se dio por vencido. Luis, una vez más, insiste. El marqués nuevamente niega su consentimiento. Tal vez cree que, por cansancio, vencerá a Luis.
La lucha dura seis meses. Al principio, un silencio duro. Después, don Ferrante consigue la intervención del duque de Mantua, quien envía a un prelado de su confianza para dialogar con Luis, en Castiglione. A la propuesta de conseguir para él dignidades eclesiásticas, Luis respetuosamente escribe: Estoy muy agradecido a su alteza por el amor que siempre me ha dispensado, pero le ruego que crea que mi elección por la Compañía de Jesús va precisamente dirigida a eliminar para siempre las posibles dignidades y los honores.”.
Luego Después, le toca el turno a Alfonso Gonzaga, señor de Castelgoffredo y hermano de don Ferrante. Don Alfonso no tenía hijos varones, solamente una hija. El feudo sería herencia para Luis.
Interviene también un tercer Gonzaga. El P. Virgilio Cepari no quiso dar su nombre. Sólo dijo de él que tenía gran autoridad. Este personaje fue muy duro. Los argumentos los dirigió en contra de la Compañía de Jesús. Esa Orden estaba y no estaba fuera del mundo. Prefería estar con él, y por eso hacía amistades con los grandes, con los reyes y señores. Intervenía en todo, auún en lo político. Más valía entrar a una Orden más segura, a los benedictinos o los camaldulenses. El golpe fue hábilmente dirigido. Pero Luis se afirmó en lo que tantas veces había pensado: Las Ordenes citadas permiten que un monje sea arrancado de la soledad y sea hecho obispo o cardenal, cuando un rey o un príncipe lo proponen. Eso la Compañía de Jesús no lo permite, a no ser que el mismo Papa obligue.”
Don Ferrante pide ayuda al arcipreste de Castiglione. Sabe bien que Luis lo quiere y admira. Tal vez, dijo Monseñor Pastorio, el camino escogido no es el de Dios. Luis respetuoso, defendió su causa. El arcipreste le dio la razón. Al salir de la entrevista dijo: “El señor Luis es un santo”.
Por último, interviene fray Francisco Panigarola, famosísimo predicador. Más tarde éste dijo: “A mí me obligaron a hacer con este joven el papel del demonio. Y lo hice lo mejor que pude. No logré nada, porque Luis fue más fuerte.”.
Y como nada se avanza, de nuevo hubo un enfrentamiento con el padre. “Qué piensas hacer? “Entrar en la Compañía de Jesús“. Y don Ferrante explota: “Sal del castillo. Apártate de mi vista.”.
Con pena, Luis se retira a la casa de campo, junto a la presa del lago artificial. Allí viven unos frailes recoletos. Luis hace que le lleven la cama y los libros y queda en paz. Come con los frailes y con ellos reza.
A los pocos días, don Ferrante, postrado por la gota, pregunta por Luis. Al saber que no estáaba en el castillo ordena: Que venga en seguida.”.
“¿Cómo te atreviste a dejar el castillo sin mi permiso? Y Luis contesta: “Ud. lo ordenó y yo le obedecí. Don Ferrante dice ahora: Retírate a tu aposento.”
Y Luis se decide entonces por la penitencia y el ayuno, para vencer la resistencia paterna.
Una batalla ganada por Luis.
Un día, los criados le pidieron al marqués que viniera a ver a su hijo. Conducido en una silla, porque la gota le impedía caminar, don Ferrante vio por el ojo de la cerradura cómo su hijo se estaba azotando.
Entonces el marqués acepta rendirse. Con lágrimas, aprueba que se escriba al P. General Claudio Acquaviva para que Luis sea recibido en la Compañía.
“Hago saber a Vuestra Señoría que le entrego lo que más quiero en este mundo y la mayor esperanza que tenía para la conservación de ésta mi casa. En el futuro tendré gran confianza en las oraciones de mi querido hijo y en las suyas”.
El P. Acquaviva respondió que, gozoso, recibiría a Luis en la Compañía y que el noviciado lo haría en Roma y no en Novellaralla.
Estudios en Milán.
Mientras duraron las negociaciones ante el Emperador para renunciar al marquesado, Luis debió ir a Milán, en representación de su padre, a arreglar algunos asuntos pendientes. La misión encomendada duró casi todo el año 1585. Luis, a pesar de sus 17 años, pudo arreglar todo a satisfacción de don Ferrante.
Y al mismo tiempo, como alumno externo, prosiguió los estudios de filosofía en el Colegio de los jesuitas en Santa María de Brera.
La última tentativa.
Apenas don Ferrante recibió los permisos imperiales para traspasar a Rodolfo los derechos del primogénito, se dirigió a Milán. Al verlo llegar de improviso, Luis presintió la tormenta y se armó de valor.
Esta vez, la táctica del marqués fue la del afecto. Ponderó el daño que se haría a la familia Gonzaga, la decepción de los súbditos de Castiglione que lo admiraban, y el temor por la inexperiencia y ligereza de su hermano Rodolfo. En fin, él, por su avanzada edad y enfermedad, lo necesitaba como ayuda en el gobierno. Con cariño, Luis contestó con una sola frase: “Estoy convencido de que mi vocación a la Compañía de Jesús viene de Dios.”.
El último recurso de don Ferrante fue acudir a la casa de los jesuitas en San Fedele. Allí consiguió que el muy famoso P. Aquiles Gagliardi examinara a fondo la vocación de Luis. Con honestidad, el P. Gagliardi aceptó el encargo y prometió argumentar muy seriamente y con verdadera imparcialidad. Don Ferrante exigió estar presente y el P. Gagliardi estuvo de acuerdo. Más de una hora duró el examen. Luis, con dientes y uñas, se defendió. Incluso citó pasajes de la Biblia y de doctores de la Iglesia. Citó a Santo Tomás. El P. Gagliardi quedó muy asombrado ante los conocimientos de Luis. No podía creer que un joven de corte pudiera saber tantas cosas de la vida religiosa. Al fin dijo: “Tienes la razón. No hay ninguna duda. Yo quedo convencido y edificado.”.
La batalla final.
En el regreso a Castiglione, Luis se detiene en Mantua. Allí hace los Ejercicios espirituales de San Ignacio. En Castiglione, Luis encuentra a don Ferrante nuevamente muy cambiado. Su padre habla de que no será posible entrar en religión sino a los veinticinco años de edad, es decir, hasta la mayoría de edad de Luis. Este no acepta, por supuesto, y ruega al padre con toda el alma. Luis propone esperar dos años, con la condición de ir a vivir a Roma y que don Ferrante dé por escrito el permiso para su ingreso. Don Ferrante se niega rotundamente. El asunto parece estar de nuevo en cero.
Un día, Luis decide encarar a su padre. “Padre, yo dependo de Ud. Yo le digo de veras que Dios me llama a la Compañía. Si Ud. se opone, resiste a la voluntad divina.”.
Ahí don Ferrante se quebró. Y se puso a llorar amargamente. “Hijo, tú me has atravesado el corazón, porque te quiero. Siempre te he querido como tú lo mereces. En tií tenía puestas todas mis esperanzas, y las de mi casa. Pero si Dios te llama, como tú dices, yo no te puedo estorbar. Anda, hijo mío, adonde quieras. Yo te doy el permiso y te bendigo.”. Y de nuevo volvió al llanto.
Luis no esperaba este desenlace tan rápido. Quedó helado y profundamente conmovido. Sólo atinó a decir: “Gracias, padre mío.”. Hubiera querido consolar a don Ferrante. Se abstuvo. En su propio cuarto se postró en tierra y lloró. Dio gracias a Dios y pidió por su padre y por todos los suyos. Al fin, había ganado la gran batalla.
La renuncia al marquesado.
Ante la noticia, los habitantes de Castiglione se conmovieron. “¿Por qué nos dejas?. Nosotros te queremos.”. Luis, sonriendo, siempre respondía lo mismo: “Porque no se puede servir a dos señores. Yo quiero servir al Señor del cielo. Traten Uds. de hacer lo mismo.”.
El 2 de noviembre de 1585, en el palacio de Mantua, en presencia de todos los parientes Gonzaga, Luis firmaó el documento de abdicación de todos sus derechos. Al estampar la firma, dice a su hermano: “¿Quién de los dos es más feliz? ¡Estoy seguro que yo!”. A lo mejor, Rodolfo pensó de manera diversa.
Al banquete ofrecido a los parientes, por el dolido don Ferrante y la dulce doña Marta, Luis asiste vestido con una túnica negra, muy sencilla.
El viaje a Roma.
El día 4 de ese mes, Luis se despide de sus padres. Con su hermano Rodolfo, su amigo Pedro Francisco del Turco y una pequeña comitiva, da comienzo a su viaje hacia Roma. A las orillas del río Po, los hermanos se separan y el grupo de personas cruza el río, en barcazas.
En Ferrara, Luis se detiene para despedirse de los duques. Pasa por Bolonia y después llega a Loreto. Allí pasa todo un día en recogimiento y acción de gracias.
Luis llega a Roma el 19 de noviembre. La primera visita es al Gesù, al P. Claudio Acquaviva. Después siguieron las audiencias con los cardenales, varios de ellos, sus parientes. Visita las siete iglesias tradicionales.
El Papa Sixto.
Sixto V lo recibe con cariño y lo bendice. El Ppapa franciscano le habla de la pobreza. Luis le responde que ha reflexionado mucho y que se siente muy tranquilo. El Papa había nacido pobre y ha recorrido, de buena o de mala gana, la enorme distancia entre la pobreza y el trono de San Pedro. Luis iba por el camino inverso, de la riqueza al total abandono. El Señor los hizo entenderse perfectamente.
Ingreso al Noviciado.
El 25 de noviembre de 1585, San Luis ingresa al Noviciado de San Andrés del Quirinal. “Este es el lugar de mi vida, aquí habitaré, porque yo mismo lo elegí”.
En la Compañía de Jesús encuentra, desde el primer día, lo que tanto había buscado. Paz y libertad. Ciertamente está en lo suyo. Y por ello da sinceras gracias a Dios.
Las cartas de Luis reflejaron esa felicidad. Las que escribe a su madre son verdaderamente admirables. Ella había sido su gran apoyo y una verdadera confidente. Siempre la amó tiernamente.
Su pobre padre, don Ferrante, falleció a los tres meses del ingreso de Luis a la Compañía. Y Luis sabía muy bien lo mucho que había sufrido. “De hoy en adelante podré dar al querido papá, con toda verdad, el nombre de Padre”.
El Noviciado.
En San Andrés del Quirinal, por cierto, el recuerdo del santo novicio Estanislao de Kostka estaba muy presente. Para Luis, la oración junto a su tumba lo llenó siempre de consolación.
Las experiencias propias del noviciado le parecieron excelentes. El mes de Ejercicios fue, sin duda, el mejor tiempo de gracias, extraordinario. El llamado de Dios, confirmado. Sintió gusto, no vergüenza, al pasar por las calles de Roma, con las alforjas al hombro, pidiendo limosna. Sintió consolación al servir a los enfermos – en los hospitales – con trabajos muy humildes. Fue asiduo a los pequeños servicios comunitarios: el aseo de la casa, la atención del comedor y la cocina. En todo procuró ser uno de tantos.
También fue obediente cuando el Maestro de Novicios le prohibió las penitencias y le hizo disminuir el tiempo de oración.
A los tres meses, fue enviado a la Casa del Gesù para ayudar en los oficios sencillos de la comunidad. Allí estuvo dos meses, en la misma casa que habitó San Ignacio.
Nápoles.
Desde el 1 de noviembre de 1586 hasta agosto de 1587, estuvo en Nápoles. Con otros dos novicios fue enviado a cuidar a un Padre enfermo de tuberculosis. En esa ciudad, hizo los cursos de metafísica para completar lo restante de la filosofía. En julio de 1587, sostuvo en público y en presencia de tres cardenales, con verdadero éxito, el examen de toda la Filosofía.
En el Colegio Romano con San Roberto Bellarmino.
De regreso a Roma y terminado el tiempo de noviciado, el 25 de noviembre de 1587, Luis hizo los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia.
Pasa entonces al Colegio Romano, cuna de la Universidad Gregoriana, para los estudios de Teología. Es un alumno sobresaliente. Esto queda demostrado por las repetidas veces que preside actos académicos y defiende en público su tesis de Teología.
La tonsura clerical la recibe, en San Juan de Letrán, el 25 de febrero de 1588. Y en el mes de marzo le son concedidas, allí mismo, las órdenes menores.
En el Colegio Romano, su director espiritual fue otro santo, San Roberto Bellarmino. San Roberto, más que guiarlo, lo acompañó todo el resto de su vida.
Misión ante su familia.
En el tercer año de Teología, Luis debe viajar a Castiglione y a Milán. Doña Marta había suplicado, y obtenido de los Superiores de la Compañía, su presencia. Su hermano Rodolfo tenía problemas. Había un pleito por la herencia del marquesado de Solferino. También un matrimonio secreto.
Ambos asuntos fueron solucionados por Luis con gran prudencia. El duque de Mantua se atuvo a entregar el feudo de Solferino a Rodolfo, después de escuchar al joven jesuita. El joven marqués de Castiglione debió hacer público su matrimonio. Las razones por diferencias sociales no tenían valor para Luis. Así lo expuso y convenció a su hermano. La madre, doña Marta, quedó plenamente satisfecha y la paz volvió a la familia Gonzaga.
Para Luis, el arreglar asuntos políticos y familiares fue un verdadero sacrificio. Pero el mejor fruto, fue haber podido conversar largamente con su madre a quien tanto admiraba. Con el fin de darle gusto, predicó ante todo el pueblo el domingo de quincuagésima. Pasó con ella y sus familiares su cumpleaños. En Castiglione cumplió los veintidós años. A los tres días inició el viaje de regreso.
De nuevo en Roma.
En Milán debió detenerse casi dos meses. En el Colegio de Brera, su oficio fue servir a la mesa y preparar el comedor de la comunidad.
A principios de mayo es llamado a regresar al Colegio Romano. Viaja a caballo con un grupo de unos diez jesuitas. En el camino encuentra a muchos pobres, porque ese año ha sido de malas cosechas. Luis queda ciertamente muy conmovido. Ayuda con lo poco que tiene y atiende a todos con caridad.
De esos días es la famosa frase de Luis. Un jesuita, al ver tanta pobreza, le dijo: “Gran favor nos ha hecho Dios al permitir que no naciéramos con tanta necesidad y pobreza”. La respuesta de Luis le salió de lo más profundo: Es cierto. Pero mayor favor fue el no haber nacido en tierras musulmanas”.
Regresar a Roma fue para Luis llegar a la patria. Más de una vez lo había dicho: “Si tenemos una patria en la tierra, yo no conozco otra sino Roma, donde nací para Cristo”.
Presentimientos.
En octubre, comenzó Luis el cuarto año de teología. El Sacerdocio estaba muy cerca, ese mismo año. Pero él empezó a hablar, con mayor frecuencia, de la muerte. ¿La esperaba verdaderamente? ¿De veras la creía cercana? ¿Lo había sentido en la oración?
Al cardenal Bellarmino y al P. Virgilio Cepari les dijo: “Yo sepulté ya a mis muertos. Es hora de pensar en la otra vida”.
La peste en la Ciudad Eterna.
Al comenzar el año 1591, en Roma se desata la peste. Las grandes muchedumbres habían abandonado los campos. Por las malas cosechas y el hambre, llegaron a la ciudad. Muy pronto los hospitales estuvieron llenos. Roma no estaba preparada. Demasiada pobreza y falta de higiene.
Los jesuitas colaboran con las autoridades. Junto a la curia generalicia, improvisan una pequeña hospedería para un centenar de mendigos. Hay que alimentar a los hambrientos, vestir a los pobres, atender a los enfermos. Los Padres y estudiantes del Colegio Romano, Luis con ellos, todos los días, con alforjas, recorren las calles, solicitando ayuda.
En el hospital de la Consolación, Luis pasa las horas junto a las camas de los más necesitados. El ministro del Colegio, el P. Nicolás Fabrini, atestiguará más tarde:
Daba horror ver a tantos que se estaban muriendo. Andaban desnudos por el hospital y se caían muertos por los rincones y por las escaleras, con un olor insoportable. Yo vi a Luis servir con alegría a los enfermos, desnudándolos, metiéndolos en la cama, lavándoles los pies, arreglándolos, dándoles de comer, preparándolos para la confesión y animándolos a la esperanza. Luis no se separaba de los más enfermos y de peor aspecto”.
Al caer el día, Luis regresa al Colegio cada vez más fatigado. Y cuando su compañero jesuita Tiberio Biondi contrae la peste, Luis dice: “De buen grado me cambiaría por él“. Cuando le preguntaron por qué, dijo: “Porque ahora estoy preparado y más tarde no lo sé”.
Mártir de la caridad.
Los superiores trataron de alejar a Luis de los enfermos contagiosos. La medida llegó tarde. El 3 de marzo, cuando iba al hospital de la Consolación, encontró a un apestado que, inconsciente, yacía en medio de la calle. Lo abrazó, lo echó a los hombros y a pie lo llevó a la Consolación. Allí lo atendió. Ese mismo día empezó la fiebre y el malestar.
A San Roberto Bellarmino le dijo que iba a morir y le preguntó si era malo desear la muerte. El confesor preguntó: “¿Por qué deseas morir?”. Luis contestó: “Para unirme con Dios“. Estuvo una semana entre la vida y la muerte. Quiso morir en el suelo, pero el P. Provincial lo prohibió.
Luis, después de la crisis, se recuperó, pero conservó una fiebre constante y dificultades respiratorias. Fueron tres meses de un lento extinguirse. Con amor, escribió a doña Marta una preciosa carta de despedida y, humildemente, le pidió su bendición maternal. Las visitas de sus amigos jesuitas fueron su mayor consuelo. Y muchos lloraron al verlo en ese estado.
La muerte.
En la tarde del día 20, el Papa Gregorio XIV le envía su bendición e indulgencia plenaria. Luis se consuela y se cubre el rostro lleno de confusión. Hacia las diez de la noche pide nuevamente el Viático. Recibida la Eucaristía, se despide de todos y de un modo especial del P. Provincial, del Rector del Colegio Romano, de San Roberto Bellarmino y del P. Virgilio Cepari.
En la madrugada del 21 de junio de 1591, rodeado de sus compañeros jesuitas, expira serenamente. Tiene 23 años y, unos pocos meses.
Glorificación.
Todos tienen conciencia de que han vivido con un santo. San Roberto Bellarmino obtiene del P. General, Claudio Acquaviva, la facultad de sepultar el cuerpo en la iglesia, atendidos los méritos que tiene para llegar a ser un día canonizado”.
La Iglesia autoriza el culto privado, equivalente a la beatificación, para Castiglione y los demás señoríos de los Gonzaga, en 1604, conjuntamente con Estanislao de Kostka para Polonia. La madre de Luis, doña Marta, pudo verlo en los altares.
Fue canonizado en 1726 con San Estanislao de Kostka. La Iglesia lo declaró Patrono de la Juventud.
Patrono de los enfermos de Sida.
El P. Peter Hans Kolvenbach, en el IV centenario de la muerte de San Luis Gonzaga, escribió a toda la Compañía de Jesús: “Lo que ha constituido la verdadera grandeza de Luis Gonzaga es que, siendo hijo de una Casa ilustre, emparentado con príncipes, cardenales y papas, rebelde contra su ambiente, al que perteneció por fuerza, fue un auténtico hijo de San Ignacio y discípulo, gozoso y fiel, del Rey verdadero. Luis aceptó todas las consecuencias de esta adhesión, no sólo cambiando su estilo de vida que parecía intocable, sino asumiendo radicalmente una vida de pobre, con Cristo pobre y siempre rodeado de pobres. Y acabó dando su vida por los pobres, ayudando a los apestados, abandonados, en las calles de Roma. No puede extrañnar, por tanto, el que hoy día, en muchos países, las víctimas del Sida hayan reconocido espontáneamente en él a su intercesor y que se propague cada vez más la imagen de Luis Gonzaga llevando en hombros las víctimas de la peste de nuestros tiempos“.