domingo, 25 de junio de 2017

EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA!


El sábado que sigue al segundo domingo después de Pentecostés celebramos, con formulario propio, la memoria (ahora obligatoria) del Inmaculado Corazón de la Virgen María. La única lectura propia es el evangelio, en que Lucas nos dice cómo María “conservaba todas estas cosas en su corazón”.

Pero también se puede hacer como primera la lectura de Judit, como hace el Misal mariano, en la misa votiva con esta invocación.

“La expresión “Corazón de la Virgen” se ha de interpretar en sentido bíblico: designa la persona misma de santa María Virgen, su “ser” íntimo y único, el centro y la fuente de su vida interior, del entendimiento, de la memoria, de la voluntad y del amor: la actitud indivisa con que amó a Dios y a los hermanos y se entregó intensamente a la obra de salvación del Hijo” (Misas marianas n. 28).

Judit 13,17-20; 15,9: “Tú eres el orgullo de nuestra raza”






El episodio de una mujer joven, viuda, que con la ayuda de Dios vence al poderoso general enemigo, Holofernes, poniendo en fuga a su ejército, termina, como no era menos de esperar, en grandes alabanzas a esta piadosa y decidida mujer que ha conseguido lo que no podían los dirigentes de su pueblo.

El mensaje fundamental de toda la historia es la confianza que hay que tener en Dios. El libro de Judit está escrito dos siglos antes de Cristo, cuando hacían falta ánimos para seguir luchando contra las tentaciones paganizantes de Antíoco Epífanes, en tiempo de los Macabeos.

En una conmemoración de la Virgen las palabras que leemos más a gusto hoy son las últimas de la lectura, que sus paisanos dirigen a Judit, y nosotros a la Virgen María: “tú eres la gloria de Jerusalén, tú el honor de Israel, tú el orgullo de nuestra raza”.

Como salmo, es lógico que hagamos nuestra la alabanza que María dirige a Dios en su Magníficat.

Lucas 2,41-51: “Conservaba todo esto en su corazón”

El corazón de la Virgen María tuvo, a lo largo de su vida, muchas cosas sobre las que meditar, desde el anuncio y nacimiento de su Hijo, hasta su muerte y resurrección y la venida del Espíritu.

Aquí nos cuenta el evangelista el episodio de la visita de la familia de Nazaret a Jerusalén, con el adolescente Jesús, que pisa por primera vez el Templo, donde años más tarde será protagonista de tantos hechos y discursos, y que se “pierde” voluntariamente entre los doctores.

Al dolor de la momentánea pérdida del hijo, se añade para María y José el de no entender el lenguaje que Jesús emplea para explicar su actuación. María “conservaba estas cosas en su corazón”.

Este corazón de María, meditativo, atento, abierto a Dios y a los demás, se convierte en modelo para nosotros, los seguidores de Jesús.

Las oraciones de esta misa, al hablar del corazón de la Virgen, dicen que es “mansión para el Hijo” y “santuario del Espíritu Santo”, que es un “corazón limpio y dócil”, que sabía “guardar con fidelidad y meditar continuamente las riquezas de la gracia del Hijo”.

El prefacio (propio sobre todo de los Claretianos, Hijos del Corazón Inmaculado de María), alaba a Dios porque dio a la Virgen María “un corazón sabio y dócil, dispuesto a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la ley de la nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de su Hijo”.

Podemos aprender de la Virgen esta apertura a Dios, esta entereza en la vida, esta profundidad de miras y de entrega. El Corazón de Cristo Jesús, que celebrábamos hace poco, como expresión suprema del amor de Dios a la humanidad, tiene un buen discípulo en el corazón de su Madre. Y debería tenerlo en el nuestro, para que sepamos también nosotros meditar, estar atentos, amar, saber sufrir, entregarnos con generosidad. Es la verdadera sabiduría y la garantía de la felicidad eterna.




Brisa Andina

Caricias para el Alma