jueves, 15 de junio de 2017

Devoción al Sagrado Corazón de Jesús “Nuestro amor reparador y la Eucaristía se unen”

Devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Nuestro amor reparador y la Eucaristía se unen

P. Silverio Chávez

El amor al Sagrado Corazón de Jesús  nos identifica y nos mueve a participar los domingos en la Eucaristía. La Eucaristía es la fuente y el culmen de nuestra vida cristiana es en ella celebramos el amor de Cristo por su Padre y por nosotros, amor que le llevo a ofrecerse como sacrificio expiatorio  al Padre y a derramar su sangre hasta la última gota, cuando su costado fue traspasado por la lanza del soldado.

Si es el amor lo que nos mueve a ofrecer al Padre celestial, por manos de María santísima, el sacrificio que Cristo ofreció en la cruz; es el amor lo que nos impulsa a dar gloria al Padre honrando y desagraviando a su Hijo, por los Ultrajes que recibe continuamente en el santísimo Sacramento del Altar; el amor es lo que nos motiva a impregnar todas nuestras actividades diarias con un espíritu de amor y expiación ya a ofrecerlas con la Eucaristía, para reparar nuestros pecados y los que se comenten en el mundo; es el amor lo que nos une espiritualmente a Cristo, presente en su tabernáculo, para hacerle guardia y desagraviarlo.

Gracias al sacrificio de Cristo, anticipado en la Ultima Cena, se ha realizado una Alianza nueva y eterna por la que son expiados los pecados de todos los hombres (cfr. Lc 22, 14-20) es una Alianza que Cristo encomienda a su Esposa, la Iglesia para que la renueve en memoria suya.

Nosotros, como Iglesia y como guardias de honor, en virtud de nuestro sacerdocio bautismal, somos participes de esa Alianza, de manera que al celebrar el Sacrificio de la Eucaristía.  Estamos celebrando el sacrificio expiatorio ofrecido al Padre, y es por Cristo, con Él y en Él como hacemos efectiva la expiación de nuestros pecados y los del mundo entero.asi que nosotros también podemos con Cristo ofrecernos en la patena del altar como sacrificio agradable al Padre porque hacia la Eucaristía toda nuestra vida espiritual brota como su fuente y a ella tiende como a su fin, de manera que todo lo que pensemos y deseemos, hagamos y hablemos, todos nuestros gozos y todas nuestras penas, nuestros placeres lícitos y dolores, nuestra hora de guardia y actos de piedad, en una palabra, todo lo podemos ofrecer como un culto de amor y expiación.