Publicada: 30 de abril de 2018 a las 03:02 PM PDT
Necesarias para ser afectivamente libre
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| foto. Comunidad LEDNICA 2000 |
Me gusta abrazar cada mañana la vida que poseo. Levantarme con la esperanza dibujada en el alma. Esperándolo todo sin temer nada. ¿Por qué a veces tengo tantos miedos que me quitan la paz?
Empiezo un nuevo camino con el corazón alegre. Prodigando sonrisas. Sin agobiarme por lo que ha de venir. Sin temer los contratiempos que a veces tanto me asustan.
Me cuesta mucho que me cambien los planes trazados. No confío tanto en mi Dios como a veces digo. A la hora de la verdad me vuelvo cobarde, sujeto yo las riendas de mi vida.
Como dice el padre José Kentenich: “Son sólo muy pocos los que pueden rezar con el Señor, desde el fondo de su corazón, las palabras del Señor: – Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Son sólo muy pocos los que, en cada situación de la vida, pueden repetir: – Dios lo quiere: así sea. Nada sucede por casualidad, todo viene de su bondad. Dios es Padre, Dios es bueno; bueno es todo lo que Él hace. Son sólo muy pocos los que pueden rezar con Nicolás de Flüe: – ¡Señor mío y Dios mío! ¡Aparta de mí todo lo que me separe de ti! ¡Dame todo lo que me lleve a ti!”[1].
Quizás no esté yo entre esos pocos con corazón confiado. Tal vez no tenga yo esa mirada de los niños. Y me den miedo las circunstancias adversas, la muerte prematura, el abandono inesperado, el futuro incierto.
Me gusta empezar un nuevo día sin miedo en mis pasos, sin temer sobresaltos. Me gustan las personas que sonríen desde que amanece hasta que el día muere.
















