El hombre, homo narrans, un ser mimético, que además de su identidad personal efectiva, habita el mundo tejiendo una identidad narrativa a través de una serie de experiencias que de manera inevitable tiene que asumir, interpretar y luego narrar (a sí mismo, o a los demás), engarzándolas además en una gran meta-narración (cultural, histórica, social, religiosa etc.). Cuando estas experiencias son compartidas se ponen a la prueba, pues sufren la tensión de confrontarse ante las interpretaciones de los demás,que no siempre confirman nuestra “versión de los hechos”, sino que pueden herir, falsificar, limitar, purificar, o destruir, etc. nuestra interpretación, ya sea externa o interna, obligándonos a dilatar o a replegar nuestros espacios (mundos) interiores y exteriores (a causa de experiencias afectivas de amor o de odio, de celos o de rivalidades, de deseos o represiones llenas de culpas, etc).
En este proceso los padres en la temprana edad de sus hijos tienen el rol fundamental de educarlos a hacer buen uso de su libertad (ex/ducere = es decir conducirlos hacia, puerto seguro), para que aprendan a tejer sus experiencias en una narrativa que no falsifique la realidad, sino que poco a poco sea capaz de internalizar y aceptar los límites (y el sufrimiento que estos conllevan), integrando lo bueno y rechazando y purificando lo malo para así aprender a amar a los demás. Solo así se puede evitar que “su mundo” luego se absolutice encerrándolos en ellos mismos. Este proceso debe ser paciente y delicado, puesto que cuando la realidad de los demás nos hiere o de-ilusiona, derrumbando expectativas, fantasías o ilusiones (en muchos casos infantiles, aunque buenas), genera un movimiento espontáneo de defensa y de desconfianza que nos lleva a construir “muros de separación”entre el mundo de los demás y el nuestro (como cuando decimos “fulano vive en su mundo”, significando que esa persona vive centrada en sus propios asuntos e intereses). En estos casos, sin embargo, la solución no puede ser la sobreprotección que crea una barricada para proteger el mundo de la persona afectada, ya que el deseo de aminorar el dolor puede acabar por convertirse en un tentativo de contenerlo del todo hasta desparecerlo (o negarlo), lo que impide a la persona amada de realizar los “ritos de pasaje” necesarios para crecer y madurar. La persona que no ha sido corregida, tarde o temprano, se vuelve incapaz de amar incluso a quienes la han amado excesivamente. Aquellos convierten en personas adultas en edad pero con rasgos infantiles en su afectividad.
No es raro encontrar personas que debido a una desmedida