domingo, 31 de marzo de 2019

Será su hijo querido, que se había perdido

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SERÁ SU HIJO QUERIDO, QUE SE HABÍA PERDIDO

Por Antonio García-Moreno

1.- LIBRES, OPTIMISTAS SIEMPRE. Por fin el pueblo ha llegado a la tierra prometida. Atrás quedaron los largos años de caminar con rumbo perdido por el desierto. También, en el lejano horizonte del tiempo, se perdió la esclavitud y la opresión. Ahora ha cesado su vida de judío errante, ahora el pueblo descansará en la posesión de esa tierra que Dios les ha dado. En la estepa de Jericó, en Guilgal, acamparon los israelitas para celebrar la Pascua, la primera dentro de los confines de la tierra soñada tanto tiempo. El sol va declinando encendido en rojo naranja. El atardecer sereno se llena de canciones rituales. Dios ha liberado a su pueblo y éste le canta agradecido.

La liturgia de nuestra Madre la Iglesia nos va haciendo recordar las diversas etapas de la Historia de la salvación, la historia de los amores de Dios para con su pueblo. Quiere así despertarnos del sueño de nuestro vivir rutinario, quiere actualizar en nosotros esos acontecimientos que nos pertenecen en cierto modo, que son como el pasado de nuestra misma historia, el pasado que prepara el futuro de nuestro presente de hoy.

Se acerca la Pascua, la que realmente nos libra de la más terrible esclavitud, la del pecado. Ante esa liberación que ya estamos pregustando, ha de nacer en nuestro corazón un canto de gratitud, un deseo de pagar con amor tanto amor como Dios nos da.


La tierra generosa dio su fruto. Una siega abundante culminó la siembra de aquellos hombres rudos del desierto. Han comenzado un nuevo género de vida; de pastores se han tornado agricultores. Ya el maná no cae del cielo. Dios ha cerrado esa providencia extraordinaria de los tiempos duros del desierto, para dar paso al orden normal de los acontecimientos.

Pero el hombre seguirá pendiente del cielo, de la dirección del viento, del pasar de las nubes, de la lluvia temprana y de la lluvia tardía, que irán haciendo posible el sencillo milagro de cada cosecha. Y Dios, en su providencia, secundará los planes del hombre. Unas veces con abundancia y otras con escasez. Pero siempre con un gran amor, buscando el bien del hombre, aunque el hombre no lo sepa, o no quiera, comprenderlo.

Y es que un padre actúa a veces de modo incomprensible para sus hijos. Incluso puede dar la impresión que permite su sufrimiento, que no se hace cargo del dolor de su hijo. Y no es así. Todo lo contrario. Sufre en su carne el mismo dolor del hijo, que carne suya es. Pero está persuadido de que sólo a través de ese proceder suyo, es como el hijo logrará su propio bien. Su propia salvación eterna, en el caso de nuestro Padre Dios... Por eso siempre hemos de confiar en la providencia divina. Siempre dar gracias, siempre esperar, siempre estar tranquilos, serenos, optimistas. Dios proveerá. Puedes estar plenamente seguro del Señor, de su inmenso amor y de su poder infinito. Y, pase lo que pase, recobrar pronto la calma.

2.- UNA LLAMADA DE ESPERANZA. La conducta de Jesucristo era motivo de escándalo para los "justos" de su tiempo. Resultaba llamativo que los publicanos y los pecadores se acercaran al Señor. Pero lo era todavía más que el Maestro los acogiera con simpatía y que no tuviera el menor reparo en comer con ellos, y era realmente inadmisible que uno de los Doce elegidos para el Colegio apostólico, fuera precisamente un publicano. Por eso los fariseos y los letrados, la elite de Israel, murmuraban contra Jesús y le rechazaban más y más.

Pero el Redentor no se preocupaba de aquellas críticas. Él había venido a salvar lo que estaba perdido, a curar a los que estaban enfermos, a redimir a los pecadores. De muchas maneras Jesús, a lo largo de su vida pública, explica el porqué de su conducta. Las parábolas que hablan de la misericordia divina son numerosas y emotivas. Pero de entre todas, sobresale por su belleza y ternura la que contemplamos hoy en la liturgia de la Palabra, la del hijo pródigo. En primer lugar, destaca la maldad que supone el pecado. Es pedir la herencia que tanto costó ganar al padre y malgastarla en vicios, derrochar de mala forma la heredad de los mayores, destruir en un momento lo que se edificó al precio de la sangre de Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Como resultado, la soledad y la tristeza, el remordimiento y el desasosiego… El ser un porquero era para un judío abominable, máxime cuando tenía que comer lo mismo que comían aquellos animales, impuros según la Ley. El pecado, en efecto, sumerge al hombre en una situación penosa y sucia, lo hunde en un lodazal de miseria, lo expone al peligro de una condenación eterna.

Comprender esta realidad es la primera condición para salir de esa triste situación. Si perdemos el sentido profundo del pecado, estamos perdidos. Difícilmente se sale de una situación, cuya gravedad no se comprende ni se acepta. Por eso hemos de pararnos a pensar un poco en lo que supone el pecado, tratar de penetrar en su malicia y en sus terribles consecuencias. Eso es lo que hizo el hijo pródigo. Y luego acordarse de la bondad de Dios nuestro Padre. Pensar que el Señor es compasivo y misericordioso, pronto al perdón y al olvido de nuestros pecados. Él nos ama tanto que tiene más deseos de perdonarnos, que nosotros de ser perdonados. Al final, el Padre abraza al hijo perdido, le llena de besos y de lágrimas, le corta esas palabras que durante el camino había ido pensando decir. Para el padre todo volverá a ser igual que antes; ese que ha llegado no será un jornalero como pretende, será su hijo querido, que se había perdido y que ha vuelto a la casa paterna. Todo termina con aires de fiesta, con una llamada al arrepentimiento y a la esperanza.

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