CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO
POR
JOHN HENRY CARDENAL NEWMAN
SERMÓN PRIMERO
EL TIEMPO DEL ANTICRISTO
Los cristianos de Tesalónica habían supuesto que la venida de Cristo se encontraba cercana. San Pablo les escribe para prevenirlos contra una tal expectativa. No es que él desaprobara su espera de la venida del Señor, todo lo contrario; pero les advierte que un cierto acontecimiento debe precederla, y hasta que esto no suceda, el fin no sobrevendrá. “Que nadie os engañe de ningún modo -dice San Pablo- [puesto que dicho Día no vendrá], excepto que venga primero una apostasía”. Y prosigue excepto que “primero el hombre de pecado sea revelado, el hijo de la perdición.(1)
Mientras el mundo dure, este pasaje de la Escritura será de reverente interés para los cristianos. Es su deber estar siempre expectantes por la Venida de su Señor, indagar los signos de la misma en todo lo que ocurre alrededor suyo, y por sobre todo tener en mente este sobrecogedor signo del cual San Pablo habla a los Tesalonicenses. Así como la primera venida del Señor tuvo su precursor, así también lo tendrá la segunda. EL primero fue “Alguien más que un profeta”(2), San Juan Bautista; el segundo será más que un enemigo de Cristo, será la misma imagen de Satán, el pavoroso aborrecible Anticristo. Acerca de él, tal cual las profecías lo describen, me propongo hablar; y al hacerlo me guiaré exclusivamente por los antiguos Padres de la Iglesia.
Sigo a los antiguos Padres sin pensar que en tal materia ellos tengan el peso de poseen en instancias de doctrina o disciplina. Cuando ellos hablan de doctrinas, se refieren a éstas como del algo universalmente aceptado. Ellos son testigos del hecho de que dichas doctrinas han sido recibidas, no aquí o allá, sino en todas partes. Recibimos aquellas doctrinas que ellos enseñan, no meramente porque las enseñen, sino porque dan testimonio de que todos los cristianos en todas partes las han sostenido. Los consideramos como honestos informantes, mas no como autoridad suficiente en sí mismos, aunque de hecho son también autoridades. Si ellos afirmaran estas mismas doctrinas, pero diciendo: “Estas son nuestras opiniones, las hemos deducido de la Escritura, y son verdaderas”, podríamos bien dudar de recibirlas de sus manos. Podríamos decir que tenemos tanto derecho como ellos a deducir a partir de la Escritura; que las deducciones de la Escritura serían meras opiniones; que si nuestras deducciones concordasen con las de ellos, eso sería una feliz coincidencia, e incrementaría nuestra confianza en ellos; pero que si no, no habría mas remedio, y deberíamos seguir nuestras propias luces: Sin lugar a dudas, ningún hombre tiene derecho a imponer a otros sus propias deducciones en materia de fe. Hay una obligación obvia para el ignorante de someterse a aquellos que estén mejor informados; y también es inconveniente para el joven someterse implícitamente por un tiempo a la enseñanza de sus mayores; pero más allá de esto, la opinión de un hombre no vale más que la de otro. De todos modos, éste no es el caso en lo que respecta a los antiguos Padres. Ellos no hablan de su opinión personal; ellos no dicen “Esto es verdadero porque de hecho es sostenido, y ha sido siempre sostenido por las Iglesias, sin interrupción, desde los Apóstoles hasta nuestros días”. La cuestión es meramente acerca del testimonio; esto es; si acaso ellos tienen a su disposición los medios para saber si eso había sido y fue sostenido; puesto que si esa fue la creencia de tantas Iglesias en forma de independiente y simultánea, en el supuesto de su procedencia desde los Apóstoles, no hay duda de que no se puede ser sino verdadera y apostólica.
Éste es el modo en que ellos Padres hablan en lo que respecta a la doctrina; otro es el caso cuando interpretan las profecías. En esta materia parece que no ha habido tradiciones católicas, formales y distintas, o por lo menos autorizadas; de tal modo que cuando interpretan la Escritura, en la mayor parte de los casos están dando, y profesan estar dando, sus propias opiniones privadas, o anticipaciones vagas, difusas y meramente generales. Esto es lo que debería haberse esperado, puesto que no pertenece al curso ordinario de la divina Providencia el interpretar las profecías antes del suceso. Aquello que los apóstoles revelaron con respecto a lo venidero, fue en general y en privado, a individuos particulares – no fue puesto por escrito, ni destinado a la edificación del cuerpo de Cristo-, y pronto se perdió. Así, unos pocos versículos más abajo del pasaje que he citado, San Pablo dice: “¿Acaso no recordáis que estando todavía con vosotros, os dije estas cosas?”(3), y escribe por medio de insinuaciones y alusiones, sin expresarse abiertamente. Y vemos así mismo que tampoco cuidado tomó en discriminar y autenticar sus intimaciones proféticas que los Tesalonicenses habían adoptado la opinión de que él había dicho que el Día de Cristo era inminente, aunque, en realidad no lo había hecho.