jueves, 17 de octubre de 2024

ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

 



ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN
SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

por Martin Steiner, OFM

1) El deber de la atención

Francisco conoce la ligereza del hombre. Si no lleva cuidado, el hombre no alcanza la profundidad de su vida y, consiguientemente, no la vive en plenitud. Bajo la agitación superficial, bajo apariencias tal vez brillantes, puede estar adormecido en profundidad, ciego a las verdaderas realidades. De aquí que Francisco no se canse de exhortar a abrir los ojos interiores, a estar despiertos. Unos cuantos textos bastarán como ilustración.

- En lugar de vivir superficialmente, hay que conservar una conciencia viva de la dignidad en que Dios nos ha constituido: «Repara, ¡oh hombre!, en cuán grande excelencia te ha constituido el Señor Dios, pues te creó y formó a imagen de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu» (Adm 5,1). Obsérvese la interpretación inmediatamente cristológica de la imagen y semejanza divinas que constituyen la dignidad del hombre, interpretación bastante rara en la tradición; es típica del cristocentrismo de Francisco.

- Particularmente grave sería la actitud del sacerdote que administra la Eucaristía con rutina, olvidado de la grandeza de su vocación y de las exigencias que ella lleva consigo. Francisco le recuerda el carácter sublime de la Eucaristía y añade: Abrid los ojos, « considerad vuestra dignidad, hermanos sacerdotes, y sed santos, porque Él es santo. Y así como os ha honrado el Señor Dios, por razón de este ministerio, por encima de todos, así también vosotros, por encima de todos, amadle, reverenciadle y honradle. Miseria grande y miserable flaqueza que, teniéndolo así presente, os podáis preocupar de cosa alguna de este mundo» (CtaO 23-25).

Así, todo hombre, y el sacerdote por encima de todos, deben permanecer atentos a su dignidad: ¡que permanezcan despiertos al sentido de la relación con Cristo! De aquí deriva su grandeza, tanto la de su vocación como la de su acción. Ahora bien, esto supone un amor al Señor siempre en vilo. De donde una nueva serie de llamamientos a la atención:

- «Reparemos todos los hermanos en el buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz» (Adm 6,1): sigue la exhortación a caminar sobre sus huellas con obras, como verdaderas ovejas suyas.

- «Prestemos atención todos los hermanos a lo que dice el Señor: Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian, pues nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo al que le entregaba y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron» (1 R 22,1-2).

- A propósito de la Eucaristía: «Mirad, hermanos, la humildad de Dios» (CtaO 28); no la celebréis, pues, sin prestar atención a esa «humildad sublime y humilde sublimidad»; sigue la invitación a entrar con todo nuestro ser en el sacrificio en el que Cristo se nos entrega.

La atención a Cristo se concentra por parte de Francisco en la pasión y en la Eucaristía. A lo que puede añadirse muy bien la encarnación: ¿no comienza Francisco su carta a todos los fieles por una evocación admirable de la encarnación para que la tengan presente todos sus «corresponsales»?

Pero esta atención positiva a Cristo y a nuestra relación con él, fuente de nuestra dignidad, no es fácil. De aquí la preocupación de Francisco ante las astucias del Adversario. Por todos los medios procura éste impedirnos ver a Cristo y distraernos de lo esencial (2CtaF 63-66).

Se podría alargar la lista de las exhortaciones en las que Francisco dice a sus hermanos: «Considerad», abrid pues los ojos, no os dejéis cegar; y: «Prestad atención», «Reparad», no os durmáis. Baste por el momento citar algunos ejemplos.

- «El Señor manda en el Evangelio: Miradguardaos de toda malicia y avaricia; y también: Precaveos de la solicitud de este siglo y de las preocupaciones de esta vida» (1 R 8,1-2); es la introducción al capítulo sobre la prohibición del dinero. Porque «el diablo quiere cegar a quienes lo codician y estiman más que a las piedras» (ibid. 4).

- A propósito de los misioneros: «Recuerden que se dieron y abandonaron sus cuerpos al Señor Jesucristo»; «Dice el Señor... no les cojáis miedo, y no tengáis miedo a los que matan el cuerpo y después de esto no tienen más que hacer. Mirad, no os turbéis. Pues en vuestra paciencia poseeréis vuestras almas» (1 R 16,10.18-20).

- A todos los hermanos: « Recuerden lo que dice el Señor: estad precavidos, no sea que vuestros corazones se emboten con la crápula y la embriaguez y en las preocupaciones de esta vida, y os sobrevenga aquel repentino día» (1 R 9,14).

La atención centrada en el fin último también es indispensable. Francisco lo recuerda «a las autoridades de los pueblos», en la perspectiva del juicio riguroso de Dios: «Considerad y ved que el día de la muerte se acerca...». Esta atención es esencial, aunque no se fije su consideración exclusivamente en la posibilidad de la condenación: ¿no es necesario vivir de manera que no se tenga que lamentar el haber carecido de amor?

Así, Francisco no se cansa de luchar contra la superficialidad, de insistir sobre la atención, sobre la vigilancia.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo, núm. 22 (1979) 117-131]


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