ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN
SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO
por Martin Steiner, OFM
2) El consentimiento a la acción de Dios (y III)
San Francisco, en la línea del Evangelio de san Juan, hace ver que nuestra docilidad activa y enérgica a la acción de Dios, nos hace conformes a la imagen del propio Hijo de Dios y consuma así en nosotros la filiación divina: es hijo del Padre aquel que realiza la obra incesante del Padre. «Sobre todos aquellos y aquellas que obren así y perseveren hasta el fin, se posará el Espíritu del Señor (al igual, pues, que sobre su Hijo), y hará en ellos habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a Jesucristo. Y hermanos somos cuando cumplimos la voluntad del Padre, que está en el cielo» (2CtaF 47-52). Aquí reside el secreto último de nuestra eficacia.
Francisco añade luego que este secreto es mariano también, si se nos permite la expresión. Así como se le concedió a María, por el poder del Espíritu Santo, prolongar, con su aceptación activa, el nacimiento eterno del Verbo en un nacimiento temporal que ha hecho del Verbo de Dios nuestro hermano, del mismo modo nuestro esfuerzo por acoger la acción del Espíritu de Dios y de cooperar con ella, nos da a nosotros, por este mismo poder del Espíritu Santo, prolongar el movimiento de la Encarnación, permitiéndole a Cristo que nazca en el corazón de los hombres. Él edifica el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. «Somos madres -prosigue Francisco-, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor (¡activo!) y por una conciencia pura y sincera; lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros» (2CtaF 53). A partir de aquí se comprende plenamente por qué para un hijo o una hija de san Francisco debe contar una sola cosa: «Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,8-9).
Para Francisco, el hombre nunca es el actor último de lo que realiza. La tradición franciscana implica ciertamente un «voluntarismo» característico que se origina indudablemente en el modo heroico con que Francisco respondió a las finezas de Dios. Pero se trata precisamente de una respuesta y de una cooperación (recuérdese una vez más la afirmación que acompasa el Testamento: «El Señor me dio... Y el Señor me condujo... Y el Señor me dio...»). Viceversa, el hombre, para Francisco, no es tampoco el actor último del mal. Cuando el hombre obra mal, se deja conducir por el Adversario y se inspira en esos dos satélites del demonio que Francisco llama «el espíritu de la carne» y «el espíritu del mundo» (o también «la prudencia de la carne» y «la prudencia del mundo»). Para Francisco, Satanás es un ser bien vivo y activo. Él está en el origen de la acción que, lejos de coincidir con la obra de Dios, desvía de Dios el corazón del hombre y centra al hombre sobre sí mismo y sus intereses.
En realidad, Satanás lo ciega y se apodera de él. Se trata, pues, de permanecer vigilantes: «Y guardémonos mucho de la malicia y astucia de Satanás, que quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón vueltos a Dios. Y, acechando en torno, desea apoderarse del corazón del hombre, so pretexto de alguna merced o favor, y ahogar la palabra y los preceptos del Señor borrándolos de la memoria, y quiere cegar, por medio de negocios y cuidados seculares, el corazón del hombre, y habitar en él... Por eso, pues, todos los hermanos estemos muy vigilantes, no sea que, so pretexto de alguna merced, o quehacer, o favor, perdamos o apartemos del Señor nuestra mente y corazón» (1 R 22,19-20.25). Sabemos, por lo demás, que incluso aquel que obra bien, pero se atribuye a sí mismo su acción, ha cedido ya a las sugestiones del demonio (cf. Adm 2,3-4).
Así pues, para Francisco, que está en la más pura línea joanea, nuestras obras realizan por sí mismas un discernimiento, un «juicio»: ellas manifiestan si estamos en la luz o en las tinieblas, cegados. Prueban de quién somos hijos: del Padre celestial, cuyas obras realizamos, o del demonio. «Todos aquellos que no llevan vida en penitencia ni reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo (¡observemos este enlace entre Eucaristía y vida de penitencia!); y que ponen por obra vicios y pecados; y que caminan tras la mala concupiscencia y los malos deseos y no guardan lo que prometieron; y que sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales, con los cuidados y afanes de este siglo y con las preocupaciones de esta vida, engañados por el diablo, cuyos hijos son y cuyas obras hacen, son unos ciegos, pues no ven a quien es la luz verdadera, nuestro Señor Jesucristo» (2CtaF 63-66).
Somos, pues, hijos de nuestras obras. Pero como el origen verdadero de éstas no está en nosotros, nuestra acción manifiesta en realidad de quién somos hijos: del Padre de las Luces, cuya voluntad cumplimos, o del padre de la mentira, que nos engaña para hacernos cumplir sus deseos (Jn 8,44). ¿No nos permitiría la contemplación tener el indispensable discernimiento, que nos estableciese en la luz y nos permitiese evitar que el Adversario nos ciegue para sumergirnos en sus tinieblas? ¿No consistiría efectivamente todo el problema en ver a Dios que obra, para intentar entrar en su acción, con energía y humildad a la vez?
[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo, núm. 22 (1979) 117-13
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