martes, 15 de octubre de 2024

ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

 



ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN
SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

por Martin Steiner, OFM

2) El consentimiento a la acción de Dios (II)

Convencidos de deberlo todo a la acción del Espíritu en nosotros, deberíamos tomar una conciencia más viva de nuestra propia incapacidad nativa para el bien: «Así puede conocerse si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: si, cuando el Señor obra por medio de él algo bueno, no por ello se enaltece su carne, pues siempre es opuesta a todo lo bueno, sino más bien, se considera a sus ojos más vil y se estima menor que todos los otros hombres» (Adm 12).

Por tanto, es Dios quien actúa en el hombre para la construcción de su Reino. De aquí se deducen algunas consecuencias prácticas. Dios ha querido, evidentemente, bajo un cierto punto de vista, que nosotros seamos irreemplazables. «¡Dios necesita de los hombres!». Si nosotros no dejamos actuar al Espíritu Santo correspondiendo activamente a su obra en nosotros y por nosotros, no sólo somos inútiles, sino perjudiciales; ocupamos el sitio de otro, quien realizaría la obra de Dios en el puesto que Él a nosotros nos ha confiado, en la responsabilidad que Él nos ha conferido. Sin embargo, bajo otro punto de vista: «Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17,10; 1 R 11,3).

Dios, en su libertad soberana, conserva efectivamente toda la iniciativa en la edificación de su Reino. Es, pues, libre de escoger al obrero que le plazca. Nos ha escogido porque, en su amor, ha querido confiar en nosotros. Hubiera podido escoger a cualquier otro, que hubiera realizado mejor su obra. A nosotros nos toca regocijarnos de toda avanzada del Reino -lo único que cuenta-, estemos nosotros o no en puestos avanzados: «Dichoso aquel siervo que no se enaltece más por el bien que el Señor dice y obra por su medio, que por el que dice y obra por medio de otro» (Adm 17,1). Tener envidia de aquel que parece encargado de responsabilidades más interesantes o cuya acción parece más eficaz, es, en esta perspectiva, una verdadera blasfemia: «Por lo tanto, todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice o hace en él, incurre en un pecado de blasfemia, porque envidia al Altísimo mismo, que es quien dice y hace todo bien» (Adm 8,3).

El que conserva esta conciencia de la primacía de la acción de Dios, adquiere también, por lo mismo, un cierto desapego respecto a la eficacia inmediata. Dios lleva el juego según su plan y según su propio beneplácito. Resuena en la memoria la Admonición 28 de san Francisco: más que intentar exhibirnos y poner de manifiesto todo lo que el Señor nos da para nosotros y para los demás -difícilmente escaparíamos al peligro de querer ser los protagonistas-, conviene dejar al Altísimo el cuidado de manifestar a los demás Sus propias obras en nosotros. Porque el hombre que de veras quiere prestarse a la acción de Dios, entrar en el designio de Dios, se preocupa de la verdad interior de la acción; así como, por el contrario, una vida centrada sobre sí mismo busca más las apariencias que la autenticidad profunda; de este modo, corre siempre el riesgo de caer en la palabrería: «El espíritu de la carne (=quien está centrado sobre sí mismo) quiere y se esfuerza mucho por tener palabras, pero poco por tener obras, y busca no la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres» (1 R 17,11-12).

La acción es, por tanto, un don de Dios al que hay que dar un consentimiento profundo. Así, pues, en la raíz de la acción hay primero, en este sentido, una pasividad, como en el «Fiat» de María en la Anunciación. Debo dejarme conducir, reaccionar ante la acción de Dios, cooperar con ella: «Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito», dice San Pablo (Flp 2,13). Además, todo lo que manifiesta por lo que se ve una exigencia de Dios: la Palabra de Dios, las necesidades de mis hermanos a los que debo estar atento, el servicio que los otros esperan, las órdenes de los superiores, las circunstancias, incluso desfavorables (esas bestias y fieras a las que san Francisco nos quiere sumisos: SalVir 13)..., todo eso me revela en realidad la acción de Dios a la que debo asentir. Es el sentido de una vida en obediencia. Evidentemente, yo no lo puedo por mis propias fuerzas. Aquí interviene la oración: «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, miserables, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada...» (CtaO 50).

Esta perspectiva aporta una nueva iluminación a la doctrina de la Admonición 5 de san Francisco: no podemos gloriarnos de ninguna superioridad de la ciencia, ni de nuestros distintos dones, ni de nuestra acción, aunque tuviera una eficacia casi milagrosa, sino solamente de nuestras flaquezas, «de llevar a cuestas diariamente la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo». Al igual que para Aquél que es el Hijo y que compartió nuestra flaqueza en una obediencia hasta la muerte, nuestra tentativa de obrar en perfecta coincidencia con la acción de Dios, le permite a Dios, paradójicamente, sacar partido de nuestras limitaciones (¡las ha previsto!), aun cuando esta tentativa sea para nosotros necesariamente crucificante.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo, núm. 22 (1979) 117-131]




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